Fronteras – Juan José Téllez

En San Petersburgo, en donde apenas llegó una nube de humo un domingo de agosto, no se han notado apenas los incendios que devastaron buena parte del país, pero allí hace tiempo que ardió el Estado, del todo a la nada como en un péndulo escalofriante. Del proteccionismo de la URSS a la liquidación de los servicios públicos, los últimos diecisiete años de vida en Rusia provocan que como algunos personajes de Tolstoi más de uno se pregunte cómo calentará su casa el próximo invierno.

Una sanidad pública depauperada, un sector turístico que intenta despegar a trancas y a barrancas, con la pobreza asomando sus orejas por entre los centros comerciales que todavía se benefician de un cierto proteccionismo estatal frente a los competidores extranjeros como Zara, a la que no se lo pusieron fácil a la hora de abrir su primera tienda en la antigua capital imperial de todas las rusias.

Por  sus calles se aprecia una pobreza digna pero también una patente desesperanza colectiva.  Remotos pero competentes clubes de jazz, en una ciudad en la que resulta difícil encontrar taxis y negociar su precio. A mansalva, el turismo sexual atrae a numerosos finlandeses mientras los viajeros asiáticos toman el palacio de invierno como si fueran bolcheviques: Lenin permanece inalterable frente a la Estación Finlandia y en el nombre que aún conserva la provincia.

La corrupción latente bien merecería una nueva novela de John Le Carré: el sampeterburgués Putin ha montado una red clientelar con sus viejos amigos de juventud, disparando los rumores en esta hermosa ciudad cuya construcción costó hace dos siglos cien mil muertos y que ahora vive, en gran medida, entre la envidia y el miedo. Ahora quiere jugar a Eiffel construyendo de extranjis una torre kistch que quizá provoque que la Unesco le retire el título de patrimonio de la humanidad.

Pero lo peor son las llamas que este verano acechó a buena parte del país como un símbolo de su política administrativa y económica. La privatización del servicio de guardabosques, por ejemplo, costó 70.000 empleos y podría ser una de las causas de la invencible extensión del fuego. Hoy por hoy, Rusia tan sólo cuenta con 22.000 bomberos sin demasiados medios ni recursos técnicos. El nuevo código de bosques ha descentralizado en teoría su gestión pero lo que ha provocado es que los magnates de la madera y del papel se beneficien de 800 millones de hectáreas pobladas de árboles en peligro de extinción. Se calcula que alrededor de 300.000 han resultado calcinadas bajo los incendios que llenaron Moscú de una humareda irrespirable.

En un país trufado de instalaciones nucleares cercadas por las llamas, quienes conocen algunos de los confines afectados, como es el caso de las regiones del Oeste, próximas a Ucrania, describen como en numerosas poblaciones, ya no existen siquiera compañías de bomberos porque nadie las financia y los depósitos anti-incendios se encuentran prácticamente abandonados. Más de cincuenta muertos arrojó el balance de dichos siniestros. Y lo peor estriba en pensar que pudieron ser muchos más.

Del puño de hierro de una dictadura centralizada, Rusia ha pasado al supuesto guante de seda de un régimen personalista, el de Vladimir Putin, que busca perpetuarse en el poder y que, incluso sobre las cenizas, no evita hacer campaña para las próximas presidenciales. Hace años, Bertolt Brecht citaba una vieja parábola de Gautama El Buda que, al acercarse a una casa que ardía, observó que sus habitantes seguían dentro. Les animó a escapar pero ellos le preguntaban si hacía frío afuera o si caerían en las brasas al salir de las ascuas. Así, los rusos. ¿Hasta cuándo seguirá aguantando dicho pueblo noble a un puñado de gángsters que no sólo juegan con su día a día sino que malbaratan su pobre democracia y trafican con aquel viejo sueño de libertad que fue capaz de seguir tenazmente vivo al otro lado del telón de acero? Quizá presentía todo ello Ana Ajmatova (1899-1966) cuando escribió: “No eres el que alguna vez conocí/ ni para esto re rescaté después/ de aquel fango ensangrentado”.