Fronteras – Juan José Téllez

Si se supone que España es un país aconfesional, ¿por qué apenas tiene trascendencia el hecho de que más de un millón y medio de personas que viven entre nosotros, celebren este jueves el fin del ramadán? La religión católica es mayoritaria, claro, y todas sus celebraciones reciben la atención tumultuosa de la sociedad toda, de los poderes públicos y de los medios de comunicación.
Nadie parece dispuesto a pedir suplementos especiales en los periódicos para la fiesta del cordero ni que las televisiones transmitan las peregrinaciones a la Meca con el mismo entusiasmo que las alocuciones de Benedicto XVI desde la Plaza de San Pedro. Pero ya resulta algo más que una anécdota la presencia islámica en nuestro país, con un número altísimo de españoles que eligieron el Corán y cuya cifra se estima similar a la de los inmigrantes que practican dicha religión.
Actualmente, a escala europea, el número de musulmanes se estima en once millones, de los que más de cuatro millones viven en Francia y en su mayoría son magrebíes. Luego, Alemania con 2.500.000, en su inmensa mayoría de procedencia turca. En el Reino Unido, la cifra se aproxima cada vez más a los dos millones, medio millón de los cuales procederían de India y Pakistán.
Junto a la paulatina llegada a Europa de musulmanes procedentes de Asia y de Africa, como consecuencia de los procesos de independencia y de las migraciones políticas o económicas, numerosos europeos han abrazado la fe islámica, desde Cat Stevens a Roger Garaudy. Se trata de un proceso largo que ha terminado dibujando un Islam rico en matices que contempla desde unas características propias nacida de ese mestizaje de procedencias y que defienden en gran medida los jóvenes deseosos de romper sus ataduras con los países de origen de sus padres, a la poderosa línea salafista que algunos identifican erróneamente, en su conjunto, con el fanatismo violento que también existe como ha quedado sangrientamente demostrado en Londres o en Madrid.
Pero en su inmensa mayoría, buscan la paz, que a fin de cuentas es lo que significa Islam. Sin embargo, como el miedo guarda la viña, difícilmente la opinión pública termina distinguiendo entre unos y otros, por lo que no resulta raro que no sólo en Suiza se prohíban los minaretes de las mezquitas sino que en España tengan serias dificultades a la hora de abrirlas: los vecinos de Sevilla, por ejemplo, llevan diez años impidiendo que esto ocurra a pesar de que en dicha ciudad cuenta con numerosas mezquitas clandestinas, abiertas en garajes o en locales precarios sin ningún tipo de control respecto a sus imanes y las predicas del viernes.
Como eternos ciudadanos de segunda, no sólo ellos pierden. También quienes creemos firmemente en un Estado laico en donde todas las creencias se encuentren y se desencuentren a las claras del día. Lo contrario –el tapujo, la marginación, el ghetto, la mordaza—sencillamente terminará convirtiéndose en una peligrosa arma de relojería.