Fronteras – Juan José Téllez

Abraham Sefarty

A la edad de 84 años y en Marrakech, acaba de dimitir de la vida Abraham Serfaty, aquel “rebelde, judío y marroquí” como lo definió Mikhaël El Baz en su libro El insumiso (2011), que escribieron a dúo. En otros tiempos, llegó a pasar 17 años cautivo en las mazmorras de Hassan II hasta que salió en libertad gracias a la presión internacional y a pesar de que nunca se humilló para pedir perdón. Nacido en Casablanca el 12 de enero de 1926, estudió ingeniería de minas en París y se incorporó con 23 años, al Partido Comunista de Marruecos y a la lucha contra la colonización francesa, lo que le llevó a conocer por primera vez la cárcel. Detenido en 1974, Serfaty fue condenado a prisión perpetua hasta su exilio forzoso en 1991, no sin antes gritar “Viva la República”, desde el banquillo de los acusados. También allí defendió una salida democrática para el Sáhara, a cuya causa dedicaría su ensayo

“Los fundamentos históricos de la lucha nacional del pueblo saharaui entre 1955 y 1976”, convertido en un clásico. Todos estos trabajos fueron incluidos en su libro En las prisiones del Rey. Escritos de Kenitra sobre Marruecos (Editions Sociales, París 1992).

En 1999, Mohamed VI permitió el regreso a Marruecos de Abraham Serfaty, que permanecía exiliado en Francia. Fue entonces, mientras se movía en silla de ruedas cuando empezaba a alentar en él una cierta esperanza de cambios en su país: “Marruecos vive ahora un desarrollo tremendo –me decía entonces–. En estas descenas de años había un potencial acumulado, a pesar de la dictadura que vivíamos del mahzen y quizá dado también las luchas de las fuerzas democráticas. En estos años, desde mi punto de vista, se ha desarrollado la sociedad civil y noto un cierto atraso de la escena política. Ahora, con el empuje que da el Rey desde arriba para abajo y esta vitalidad de la sociedad civil, estamos en una vía muy positiva de construir la democracia en Marruecos”.

Pero él ya intuía que las intenciones del nuevo monarca marroquí, chocaban desde el principio con las de otros dos sectores de la sociedad de su país. De un lado, el ‘mahzén’, el grupo de poder que rodeó a Hasán II, un búnker antidemocrático que sigue queriendo mantener cuotas de poder que nunca estuvieron refrendadas por las urnas. Y de otro lado, los integristas islámicos, reunidos en torno a Justicia y Caridad, u otras formaciones al margen del sistema.

Portada de uno de los libros de Sefarty

“Es difícil sostener el credo islamista al margen del Rey, cuando tenemos a un Rey que es al mismo tiempo comendador de los creyentes en el terreno de la justicia social. Lo más difícil es lo que queda del mahzén. A nivel del poder central ya no queda nada. Pero el mahzén, en el pasado y en estos años, está vivo en muchas capas del país. En la costumbre de muchas administraciones, por ejemplo, de pequeños mandatarios del Estado que todavía son del mahzén. Incluso la vida económica, está sujeta a estas pautas. Muchos patrones están todavía en la Edad Media y los sindicatos parecen sólo acostumbrados al enfrentamiento social con este tipo de patrones. Pero hay signos de modernidad. Es muy importante y muy positivo de notar que en estos años el papel de las élites, de los cuadros, gente que tiene cuarenta o cuarenta y cinco años que mantenían una actitud moderna a pesar del mahzén y han venido el trabajo bajo la denominación del mahzen pero se quedaron no solamente modernos sino con la voluntad de construir el Marruecos de hoy, que sea modernos y democrático. Hay núcleos de progreso en el país que son muy positivos”.

Partidario de recobrar la memoria de la represión, rastrear a los desaparecidos y hacerle justicia a los torturados, él fue el primero en denunciar el infierno de la cárcel de Tasmamart y los campos de concentración al sur del Atlas donde había centenares de marroquíes y de saharauis cautivos. Por aquel entonces, seguía mostrándose a favor de la autodeterminación del Sáhara, pero con algunos matices propios de la época: “Estoy a favor de la autodeterminación si se ofrece al pueblo no sólo las dos soluciones, de la integración de un lado y la independencia de otro. Sino también lo que se llama ahora la tercera vía, una vía negociada entre el POLISARIO y Marruecos, una clase de autonomía, con su autogestión propia pero con ligazón especial a Marruecos, con la autoridad de Mohamed VI. En el juzgado de Casablanca, tuve el honor de decir viva la República Saharahi, la República marroquí, viva la unión de ambos pueblos. La república marroquí puede que se conquiste en el siglo XXI, lo importante es una democracia como la española. Puede haber un acuerdo entre la república saharaui y el reino de Marruecos bajo una fórmula similar a la commonwealth. Lo dije en El País en noviembre de 1994. No es una decisión oportunista”.

Pero, sobre todo, seguía soñando con un mundo en el que el Estrecho dejara de ser una fosa común: “Hay que acabar con eso y para acabar con eso, hay que apostar por el desarrollo de Marruecos y de los pueblos de Africa. Del desarrollo de Marruecos dará esperanza a estos jóvenes que vienen a morir en el Estrecho, para que su porvenir sea en un Marruecos libre y de desarrollo social y económico. Entonces, ya no habrá muertos en el Estrecho. Para ello, lo principal es el esfuerzo del pueblo marroquí, del Rey Mohamed VI y de la ayuda de la Unión Europea en general y de España en particular y de la región más relacionada con estos muertos, el norte de Marruecos”.