Fronteras – Juan José Téllez

Los sin techo en España ya no son anécdotas: se llaman treinta mil, según han computado los voluntarios que intentan socorrerles. Pero pueden ser más: los censos que hasta ahora se han realizado responden tan sólo a un puñado de ciudades y no a todas las localidades del país. En ciudades de mediano porte, como Cádiz, ya son 90. En las grandes áreas metropolitanas, ni se sabe.

Algunos de ellos, sin portal de Belén, terminan muriendo en un banco o en la cabina de un cajero automático. De frío o de olvido, de alcohol de quemar o de cualquier paraíso artificial que echarle a su desesperación. Cierto que algunos no quieren que se les ayude, pero eso no es suficiente pretexto para no prestarles auxilio. O, al menos, intentarlo. A veces, la policía sólo se les acerca para invitarles a tomar el sol en un lugar distinto al alféizar de los escaparates comerciales.

Les suelen atender en los comedores sociales, esa sopa más solidaria que boba a la que cada vez acuden con más frecuencia la gente que no hace mucho soñaba con ser clase media. La crisis es una cola ante un plato de comida.

Indigentes, les llaman. Invisibles se sienten. Algunos de ellos han leído la Constitución y saben que es un libro que promete trabajo y vivienda. Pero también conocen la diferencia entre el verbo prometer y el verbo comprometerse. La agencia Moody´s no entiende de presupuestos de protección social ni de salud pública.

Sin nada, como diría Federico, hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Una manta y un caldo que en la noche quizá les acerquen un puñado de voluntarios. Una ducha pública y un albergue que sólo puede guardarles durante tres días consecutivos. ¿Cuántos días dura la condena a la exclusión? Cadena perpetua, casi siempre.

“Es difícil encontrar un trabajo –me dice Vicente—y sobre todo es difícil mantenerlo. No suelen darnos un salario suficiente. ¿Cómo voy a pagar una habitación? Y si no duermo bastante, porque tengo que hacerlo en plena calle, no puedo trabajar bien al otro día”.

Otros no quieren hacerlo. Nos contemplan desde un orgullo rebelde, aunque un tanto inútil. Esa mirada también es el Tercer Mundo. Quizá es que nos escuchan denunciar, sin conocer a ciencia cierta de lo que estamos hablando, la precariedad en la red de alojamientos, la escasez de plazas en los centros existentes, la falta de espacios de intimidad, habitáculos insuficientes, mal dotados y con apenas recursos para algo más que la simple y esporádica subsistencia. A veces, leen las editoriales de los periódicos y se carcajean cuando hablan de austeridad. Ni su imagen ni sus palabras suelen aparecer en los papeles, en los discursos, en el retrato robot de nuestros días.

Acaba 2010, el Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social. Casi nadie lo ha sabido. Los nuevos Herodes de este tiempo nuevo que se parece tanto a los viejos tiempos quizá hayan ordenado no darles cobijo. Quizá terminemos felicitando las pascuas con la estampa de un clochard bajo un puente o con una piqueta entrando a saco en un barrio de chabolas.