Fronteras – Juan José Téllez

A Pilar Palomino, delegada de Cruz Roja en Haití, la conocí cuando apenas era una niña en su casa familiar de Puente Mayorga, frente a Gibraltar. Nacida en La Línea, hizo una ingeniería como su padre –Rafael, socialista de antigua hornada–, pero se dedicó de lleno al ámbito de la cooperación, lo que le llevó a Haití hace dos años y medio. Sobrevivió al terremoto cuando estaba intentando ayudar a resolver los problemas derivados de las graves inundaciones que habían asolado previamente al país.

Y desde el primer momento, supo que el país más pobre de América Latina se enfrentaba a problemas más serios que los que podría depararle la madre naturaleza: su falta de cohesión política y económica, la fuga de cerebros, la carencia de infraestructuras y la ausencia de un plan definido para que más allá de las tragedias habituales, más pronto que tarde, aquella valiente y pionera república de negros pudiera salir de una vez por todas de la espiral de la pobreza.

Desde el primer momento, Pilar Palomino se ha esforzado en atender a los medios de comunicación que le han solicitado datos y opiniones. Y ha dicho lo que tenía que decir: que la tardanza en los desescombros, la basura que sigue inundando las calles, la carencia de letrinas y otros servicios higiénicos básicos podría sumar mayores muertes a las del seísmo propiamente dicho. Y así fue: 222.570 personas supone el recuento de víctimas de aquel movimiento de tierras del 12 de enero de 2010. Pero desde octubre, ya van 3.600 muertos por el cólera, una cifra que podría incrementarse en los próximos meses.

Después de un año, afirmaba ayer mismo, la población de Haití necesita “soluciones definitivas”. Su discurso suele estar lejos de la asepsia habitual de algunos de los responsables de las ONGs más poderosas. Pero es que ante la magnitud de lo ocurrido en esa parte de la isla donde Cristóbal Colón avistó por primera vez tierra americana, ha logrado sumar voluntades y obviar diferencias.

Las principales ONG han criticado claramente la falta de liderazgo y acción por parte del Gobierno de Haití, que un año después del terremoto que asoló el país no comenzó las tareas de desescombro y reconstrucción de viviendas para la población. Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, Acción Contra el Hambre o Ayuda en Acción, entre otras, destacaron que la ineficacia del Ejecutivo haitiano y la inestabilidad política dificulta y retrasa su trabajo. Es ese equipo gubernamental cogido con pinzas quien decide lógicamente qué viviendas pueden construirse o rehabilitarse. Pero lo hace con cuentagotas. Pilar pone el ejemplo de Léogâne, destruida al 80 por ciento por el movimiento sísmico y aún en ruinas porque las autoridades aún no han decidido qué hacer con ella. Los datos que maneja son clamorosos: más de 800.000 personas siguen viviendo en más de mil campamentos para desplazados.

Como Murphy existe, tal vez no habría que echar en saco roto otra reivindicación que Pilar Palomino viene reclamando desde hace un año: “Un plan de reconstrucción integral es un requisito clave para acometer la reconstrucción y el desarrollo de Puerto Príncipe y Haití, y sería deseable una descentralización del país a ciudades secundarias, descongestionando la ciudad de Puerto Príncipe. Los retos de carácter logístico son un factor muy determinante en Haití. Como consecuencia del terremoto, el puerto y el aeropuerto se vieron muy afectados, habiéndose ralentizado por tanto la entrada de la ayuda durante las primeras semanas. Además, el hecho de que el desastre haya tenido lugar en la zona más poblada del país, un entorno urbano, y en concreto en una capital de las características de Puerto Príncipe, complica enormemente la respuesta. Las soluciones técnicas son muy complejas en un entorno como el de Puerto Príncipe, donde la densidad de población es altísima, y donde, en muchos casos, no existe espacio físico para la implementación de los proyectos”.

En la balanza positiva de esa tragedia, cabe citar la apabullante respuesta solidaria de medio mundo en los momentos iniciales, aunque luego el interés internacional se ha diluido y su ayuda también. Desde República Dominicana, a pesar de los crecientes brotes de racismo hacia los inmigrantes haitianos, se arbitró una ejemplar apertura de fronteras a la ayuda humanitaria por lo que su presidente, Juan Pablo Duarte, ha recibido serias críticas por parte de los sectores más intransigentes del país. Al menos, los niños han vuelto a las aulas. Viéndoles, me recuerda a aquella Pilar Palomino que era una niña frente a Gibraltar, cuando todavía ignoraba que el destino iba a llevarla al mayor polvorín humanitario de comienzos del siglo XXI.