Fronteras – Juan José Téllez

Flores colocadas por manifestantes tunecinos en el cañón del arma de un soldado durante una manifestación contra el nuevo gobierno compuesto por políticos de la vieja guardia del partido de Ben Alí. 20 de enero de 2011. (AP Photo/Christophe Ena)

Un año después de la eclosión de las llamadas “primaveras árabes”, el politólogo, sociólogo y filósofo francés, Sami Naïr (Tiemcé, Argelia, 1946) ha publicado La lección tunecina. Cómo la revolución de la dignidad ha derrocado al poder mafioso. Y es que, a su juicio, el poder político de Túnez se había equiparado a ese tipo de organizaciones criminales: “El clan de la familia de Ben Ali se habían apoderado de todo el poder y pensaban que podían gobernar a través de sus intereses privados”, asegura. Así lo explica en su libro el director del Centro Mediterráneo Andalusí (CMA) de la Universidad Pablo Olavide quien ayer jueves presentaba esta obra en Sevilla, en un acto organizado por Attac y presentado por el economista Juan Torres, afecto a dicho grupo y a dicha circunscripción universitaria. A la hora de explicar lo ocurrido en Túnez y en otros países norteafricanos, Nair insiste en el concepto de “karama” (dignidad en árabe).

Editado por Galaxia Gutemberg, la obra de Naïr se basa en entrevistas personales con los principales protagonistas de la revolución tunecina, hace balance de la primera revolución democrática de la historia árabe y plantea los principales objetivos para un futuro próximo: “Los tunecinos están a punto de comenzar un nuevo tramo de su historia –asevera Naïr–, una nueva era que marcará la identidad de los pueblos árabe-musulmanes. Por fin han podido palpar un futuro democrático y republicano estas sociedades [...]. Hace falta, desde luego, más tiempo para ayudarnos a valorar los efectos de tal cesura histórica. Pero ya nada volverá a ser igual, y los árabes que a partir de ahora luchen por la democracia y la ciudadanía deberán recordar siempre la valentía de tantos jóvenes tunecinos anónimos”.

Manifestantes tunecinos cantan consignas contra el presidente Zine El Abidine Ben Ali en Túnez. 14 de enero de 2011. (AP Photo/Christophe Ena, File)

“En el libro –declara– intento explicar lo que era el poder de Ben Alí, un régimen mafioso muy original, parecido al de Sukharto en la Indonesia de los años 80 o al poder de Noriega. A raíz de los problemas internos, el Ejército se volvió contra él. Francia, sin embargo, se aprestó a respaldarlo mientras Estados Unidos, desde el año 2000, era consciente de que el régimen no podía mantenerse en pie. Túnez es un espacio muy importante para Estados Unidos, su principal base de espionaje en el Magreb y, en ese contexto, la Embajada de Estados Unidos se convirtió en el principal partido de la oposición en Túnez. Cada semana, acudían a su cena los intelectuales y los activistas que daban cuentan de lo que estaba ocurriendo en ese telón de fondo social. Así, Túnez se convirtió en la primera revolución totalmente democrática en el Magreb que no se desarrolla contra una potencia colonialista sino contra su propio gobierno. Y todo ello como respuesta a un problema sencillo, aparentemente nimio, como fue la bofetada de un policía a un chico. De ahí, la importancia que ha tenido en esta revolución el concepto árabe de “karama”, la dignidad”.

“Las revueltas se diferencian en cuanto a la naturaleza específica de cada país, la correlación de fuerzas, el papel del ejército o de la sociedad civil. Lo que une a todas esas experiencias es la retórica de la movilización, que exige libertad de expresión, desarrollo social y transparencia. El 14 de enero de 2011 cuando se marchó de Túnez el dictador Ben Alí la gente no tenía claro que era una revolución. Las capas populares que habían pagado duramente la crisis económica, los sectores más pobres, se unen a los jóvenes diplomados en paro, a los sindicatos que a nivel interno se constituyeron en vanguardia de la revuelta. Es muy importante reseñar el poder de la juventud en estos conflictos. Hay miles de jóvenes en el Magreb intelectualmente capacitados, una élite que conoce al menos tres idiomas y que no encuentran un trabajo a la medida de sus conocimientos. Ese era el caso de Mohamed Bouazizi, el joven diplomado que vendía fruta en el mercado, que se sintió humillado por esa bofetada, por ese abuso de autoridad y decidió quemarse a lo bonzo. Su muerte dio pie a las revueltas”.

La primavera de los jazmines

A juicio de Naïr, una compleja trama de explicaciones puede ayudarnos a dibujar el origen de la llamada primavera de los jazmines: “La inmensa mayoría de las clases medias se habían visto empobrecidas durante los últimos años. De ahí que estemos hablando de una revolución democrática, pero también de una revolución social. El poder no tenía a nadie para defenderlo. El Ejército tunecino no había sido desarrollado desde los tiempos de Burghiba mientras que el de Egipto supone una fuerza económica, social y política y tiene el monopolio de la violencia en el país. La mayor parte de los altos diputados son militares, los soldados cuentan con mayores privilegios que el resto de la población y las empresas militares en Egipto tienen mayor fuerza que las privadas. Además, el Ejército egipcio cuenta con una relación muy especial con Estados Unidos, que le aporta un billón de dólares cada año. Barack Obama llegó al convencimiento de que era necesario acabar con la familia Mubarak y eso se ha llevado a cabo con el apoyo de los Hermanos Musulmanes, el partido islamista. El caso de Libia también es diferente. Los dos únicos estados creados por Naciones Unidas fueron Israel y Libia. Cuando Gadafi se hizo con el poder, prometió acabar con el tribalismo pero finalmente lo utilizó en función de sus intereses. El régimen de Gadafi no era una dictadura militar en el sentido clásico de la palabra. Destruyó el Estado para crear la jamiairiya, la asamblea del pueblo pero en la que decidía él y su familia. Con el dinero del petróleo, compraba a todos los grupos sociales. Era una tiranía en el sentido griego, en el que definiera Tuscídides, bajo un poder omnipotente, sabio, que perdió la razón en los años 80 y comenzó a sufrir un proceso de neronización. Cuando estalló la revolución, también fue a través de las luchas intertribales. Y, ahora, si el caos se desarrolla, la ONU tendrá que interponerse”.

“Los Estados Unidos están a la vez fuera y dentro del juego –describe Naïr–. Su ejército controla la región al tiempo que Israel se convierte en punta de lanza de sus intereses. También tienen otro aliado importantísimo en la zona, Arabia Saudí, un país que va a entrar también en crisis y que acoge a 170.000 soldados americanos, una circunstancia que por cierto provocó la realidad de Al Qaeda. Estados Unidos cuenta con apoyo en Marruecos y va a tenerlo en Túnez pero la administración estadounidense ha demostrado que sigue estando en contra de la reivindicación palestina y Palestina es algo tan sagrado para los árabes como el Corán. Y sigue siendo humillado por Estados Unidos y por los israelíes”.

“El islamismo es un frankestein sin control”

A pesar del papel que ha jugado en esta serie de acontecimientos en la cornisa norte de África, Estados Unidos no controla la situación. Al menos, desde la perspectiva de Sami Naïr, quien pondera sin embargo su buena relación “con algunos islamistas como los Hermanos Musulmanes en Egipto, o con Al Nahda, el partido que ha resultado vencedor en las elecciones de Túnez”.

“Tradicionalmente se venía pensando que el paradigma de la estabilidad consistía en apoyar a los regímenes dictatoriales más que a las revoluciones sociales. Desde la perspectiva europea o estadounidense estaban en juego nuestros intereses energéticos. Ahora, se está apostando cada vez más por un acuerdo entre los militares y los islamistas, las fuerzas clave en la región. Pero no va a funcionar porque no se puede controlar a los islamistas. El islamismo es un frankestein creado artificialmente pero que ha escapado totalmente a cualquier control. Pero no creo que en el Magreb tengamos nunca un islamismo como el de Afganistán, porque con independencia de que un partido islamista gane las elecciones, en Túnez ha quedado clara la importancia de los otros partidos, laicos y democráticos. Los islamistas en el Magreb o en Egipto tendrán que moderar sus posiciones. El proceso a seguir puede ser similar al que, en su día, caracterizó a la democracia cristiana en Europa. Hay que tener conciencia de que el islam asumió el papel de ideología política de resistencia, tanto durante la dominación colonial francesa o inglesa como frente a las dictaduras. El islam es el refugio identitario de esas sociedades. Bajo una tiranía, el único espacio en el que se podía hablar y criticar al régimen era el de las mezquitas. Túnez es el único país del mundo árabe en el que se separa la religión de la política, desde su propia Constitución. Las mujeres, de hecho, cuentan con derechos más desarrollados. En su día, al promulgarse el estatuto de familia de 1959, contaban incluso con mayores derechos que las mujeres europeas. De ahí el papel protagonista que han asumido las mujeres tunecinas, especialmente las abogadas, en la rebelión contra Ben Alí”.

La Europa de los tecnócratas

Mientras todo ello ocurre en la orilla sur del mediterráneo, en la vieja Europa la crisis tensa la cuerda, que se parte siempre por la parte más débil. Hay quien quiere todavía ponerle zancadillas a “La Europa mestiza”, el concepto que hace años acuñara Naïr. De ahí, la emergencia de los discursos xenófobos y racistas que llegan a conseguir suficiente refrendo como para instalarse en diversos parlamentos de países miembros.

“El proceso de formación de una Europa mestiza se basa en un proceso demográfico e histórico inevitable –objeta Naïr–. Las previsiones demográficas, junto con las de la física, son las más científicas que existen. En un siglo, habrá tres mil millones de habitantes en Africa, en un contexto de desarrollo caótico que no creo que pueda corregirse en los próximos cincuenta años. Esa gente no puede quedarse sin más ahí, por muchas barreras que ponga Europa en el Mediterráneo o, en el caso de Estados Unidos con América Latina, en la frontera de México. Nada puede resistir el empuje demográfico. Paralelamente a todo ello, los movimientos xenófobos y de extrema derecha se van a desarrollar de manera muy fuerte en Europa. Bajo los efectos de la crisis, el único partido que crece y que ha cuadruplicado su militancia es el neofascista. Aquí, en España, tras la victoria del PP también puede crecer la extrema derecha”.

Desde la conferencia de Barcelona, a lo largo de las últimas décadas, la orilla sur del Mediterráneo se ha empobrecido exponencialmente mientras, al menos hasta 2008, ocurría justo lo contrario en la orilla norte. Ahora, sin embargo, sólo parece que tengamos ojos para la crisis europea: “La Unión Europea tenía dos salidas posibles, la keynesiana, la izquierdista, que habría supuesto la promoción de las obras públicas, el estímulo al consumo y la devaluación de la moneda para hacer competitivas las exportaciones, o la que se ha seguid por parte del eje franco-alemán, con la reducción del déficit y con ajustes en todos los sectores, incluso en aquellos que no los necesitaban. Ya es tarde para plantear por qué los gobiernos socialistas de España, Portugal y Francia no plantearon una alternativa a la política marcada por el eje franco-alemán y a los planes de estabilidad concebidos por funcionarios inelegibles, por los tecnócratas de Bruselas”.

(6) Comentarios

  1. [...] Sami Näir: “Túnez es muy importante para Estados Unidos” [...]

  2. guanabacoa

    Tunez, se la trae al fresco a los Estados Unidos, pero a quien si le importa, y mucho, es a Israel, por lo tanto los Estados Unidos lo que hacen es seguir el dictado de Israel.

  3. Antonia

    Cuanta preocupación de Estados Unidos por la democracía en Tunez, Iran, Irak, Libia y Siria. ¿ Porqué no ponen el mismo interés en Arabia Saudí y Quatar para que sean demócratas? ¿ Y China? Asco de Estados Unidos, Israel y Europa

  4. [...] “Tradicionalmente se venía pensando que el paradigma de la estabilidad consistía en apoyar a los… [...]

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