Fronteras – Juan José Téllez

Marruecos vota en referéndum una Constitución o una Carta Otorgada. Pero vota algo. Y la iniciativa ha partido de la propia Casa Real a partir de las protestas populares y multitudinarias del 20 de febrero y semanas consecutivas. La primavera marroquí tiene forma de urna y eso no es malo. Otra cosa estriba en los contenidos constitucionales acordados por una comisión hecha a la medida del poder marroquí, tanto de Palacio como del omnipresente majzén. No se le pueden pedir peras al olmo.

La campaña previa al referéndum del 1 de julio ha ido adquiriendo intensidad en la medida en que una oposición plural y heterodoxa ha logrado acuñar su mensaje abstencionista en las calles o en la red y los partidos, sindicatos e instituciones partidarias de la reforma constitucional han incrementado sus caravanas, sus mítines de última hora orquestados desde el gobierno civil de las wilayas o sus llamadas al voto que incluso incluyó por primera vez la posibilidad de ejercerlo a través de los establecimientos consulares o incluso en los puertos de Algeciras y de Almería por donde circulan en estos días miles de emigrantes marroquíes en Europa que pretenden pasar sus vacaciones estivales en casa. Incluso los imanes de las mezquitas, en su mayoría controlados por las autoridades salvo algunas llamativas excepciones, aprovecharon los rezos del viernes para llamar a la participación: “Este proyecto incluye todos los beneficios que necesita nuestra sociedad para organizar su vida cotidiana, que seguirá así apegada a los fundamentos religiosos”, predicaron en todas las mezquitas justo una semana antes del referéndum.. La consulta alcanza a 13 millones de personas incluyendo a quienes visten uniformes del Ejército y de las fuerzas de seguridad. El propio Rey anunció que votaría y que votaría sí a un nuevo modelo de Constitución que recorte sensiblemente sus poderes incluso su consideración sagrada, aunque mantenga a través del artículo 19 la condición islámica de Comendador de los Creyentes, algo que para algunos puede suponer incluso un freno para los yihadistas y que para otros importa muy poco, tanto para los integristas radicales violentos o no, como para el resto de la ciudadanía. En rigor, su inviolabilidad legal será similar a la del Rey de España.

La flamante Constitución saldrá adelante sí o sí. Hay dos claves a tener en cuenta: el dato de la abstención y si el recuento será verdaderamente fiable. El clima político se palpa de diferentes formas en el Marruecos rural, cada vez más desértico, y en las ciudades. No ha faltado el apedreamiento de los opositores a manos de esquiroles o partidarios de la reforma propuesta, quizá por aquello de que la letra con sangre entra. En la mayoría de las grandes urbes, bajo un espectacular despliegue policial que teme sin duda atentados como el de la reciente matanza de la Jemaa El Fna en Marraquech, se han convocados movilizaciones a favor y en contra de este proyecto constitucional. Las aulas universitarias o se han vaciado o se han llenado de acciones políticas en su mayoría partidarias de reformas mucho más profundas de las que promueve Mohamed VI, que pretende aproximarse a la monarquía parlamentaria pero nadando y guardando la ropa al mismo tiempo.

¿Cuáles son las líneas maestras de la reforma? Mayor poder para el ejecutivo, que podrá incluso disolver el Parlamento asumiendo facultades que hasta ahora estaban reservadas a la Corona, incrementando también las potestades parlamentarias y fomentando la creación de un Consejo Superior del Poder Judicial, presidido eso sí por el monarca. De los ministerios de soberanía, cuya designación le está reservada gobierne quien gobierne, Mohamed VI sólo se reserva el de Defensa, con el nombramiento directo del ministro y del jefe de los servicios secretos, así como el de Asuntos Religiosos. No se trata de un Estado laico sino que el Islam se prefigura como religión oficial del mismo y aunque el artículo 41 de la nueva Constitución establece que el rey “es el garante de la libertad de la práctica religiosa” y existe libertad de culto, sigue sin recogerse la libertad de conciencia, lo que impide en la práctica que un musulmán pueda cambiar de religión.

El rey tendrá que nombrar como primer ministro al candidato del partido más votado: hasta ahora, podía designar a quien creyese conveniente con independencia de los resultados electorales. Sin embargo, el monarca se reserva la potestad de conocer previamente los acuerdos de gobierno, para sancionarlos antes de que sean ejecutados. Incluyendo, por supuesto, la designación de ministros y altos cargos.

La Constitución acepta que la lengua bereber, el amazigh, sea oficial, apuesta por la diversidad identitaria al aceptar textualmente “el componente hebreo” de la sociedad marroquí y abre una puerta para la creación de una suerte de estado de las autonomías en donde tenga cabida un trato especial para el Sáhara Occidental, pero muy lejos de las reivindicaciones del POLISARIO o del espíritu inicial del acuerdo de paz auspiciado por Naciones Unidas y que reclamaba, a comienzos de los 90, un referéndum de autodeterminación. Esta Carta Otorgada pretende consagrar la igualdad entre hombres y mujeres, así como la protección de los derechos humanos universalmente reconocidos: a pesar de la reforma de la mudawana, todavía queda mucho por hacer en el primero de dichos ámbitos y las denuncias de las ONGs y de los observadores internacionales sobre la violación constante de derechos civiles y humanos en Marruecos daría para llenar varias bibliotecas.

El rey seguirá conservando como Jefe del Estado y al igual que en el caso español la jefatura de los ejércitos y presidirá un Consejo Superior de Seguridad, con presencia del poder legislativo, ejecutivo y judicial, cuya misión estriba textualmente en “gestionar los asuntos de seguridad internos, estructurales e imprevistos”.

Mohamed VI  también seguirá designando a los gobernadores que en teoría dependen del ministerio del Interior cuyas plenas competencias ya se le escaparán a partir de ahora. Esa reserva de poder político es una de las cuestiones que mayores protestas suscita entre la disidencia, en especial dentro del Movimiento 20 de Febrero que teóricamente moviliza a 60.000 personas aunque tampoco sea fácil de contrastar dicha cifra y que califican a esta consulta como una auténtica “mascarada”.¿De qué servirán los cambios si no hay transparencia electoral?, se preguntan. A favor de la abstención, se posiciona  Justicia y Caridad, los integristas radicales cuyo portavoz Fathallah Arsalan insisten en que “la Constitución refuerza las prerrogativas absolutas del rey”. Sin embargo, dicha postura resulta compartida por formaciones que nada guardan relación con el grupo que crease el jeque Yassin. De hecho, el boicot constitucional también forma parte de la agenda política del Congreso Nacional Unificado, el Partido de la Vanguardia Democrática y Social, la Vía Democrática y el Partido de la Izquierda Unificada, así como por el sindicato Confederación Democrática del Trabajo (CDT). A favor del boicot, Tánger vivió espectaculares manifestaciones, cuyos promotores llegan a cifrar en doscientos mil asistentes, muy por encima de las cotas de Casablanca y de otras poblaciones donde durante la jornada del referéndum también se vivieron, según denuncia el movimiento 20 de Febrero, intentos de soborno a los trabajadores para que acudiesen a los colegios electorales.

La oposición convencional acata sin embargo la consulta y la nueva Constitución, desde las distintas formaciones socialistas tradicionales, al partido nacionalista Istiqlal, o el Partido de la Justicia y del Desarrollo, con fuerte presencia en grandes ciudades y que ya fuera creado en tiempos de Hasán II como formación integrista modera para frenar a la semiclandestina organización Justicia y Caridad. Sin embargo, en este proceso muchos ven la mano del joven y cada vez más poderoso Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), liderado por Fuad Ali El Himma, que se presenta como “el amigo del rey” y que logró una clara victoria en las elecciones municipales de 2009, al hacerse con 6.015 concejalías y 1.155.000 votos, alrededor del 18,72 % del total de los sufragios, seguido a gran distancia por el Istiqlal, la Agrupación Nacional de Independientes y la Unión Socialista de Fuerzas Populares.

Atención a El Himma, de apenas 48 años de edad, compañero de aula de Mohamed VI en el Colegio Real, que ha creado un partido de la nada y no sólo ha logrado atomizar a la oposición sino venderse como una formación que, por un lado asume la tradición marroquí de los tecnócratas y notables afines a Palacio, sino que también hereda el espíritu reformista de la UCD española. Con anterioridad a las últimas municipales, dicha formación se alimentó de tránsfugas de distintas formaciones y de unos recursos excepcionales, le presentan como la gran opción de los tecnócratas que no sólo convence al majzén sino a las emergentes clases medias que, en gran medida, también son actores protagonistas de esta reforma constitucional.

Justo la cara opuesta, probablemente a Vía Democrática, un partido minoritario, que se reclama todavía marxista leninista, laico, republicano y que, al menos durante la campaña del referéndum, ha tenido por primera vez la posibilidad de acceder a espacios televisivos pero de escasa duración aunque su relevancia haya sido optimizada a través de la red. Via Democrática, de hecho, reclama “la elección de una Asamblea constituyente para la elaboración de una Constitución democrática que reencarna la voluntad del pueblo marroquí como autoridad soberana y fuente de todos los poderes, que rompa con el actual régimen autoritario y unipersonal”, así como 2el desmantelamiento y la disolución de todos los aparatos de represión responsables de crímenes políticos y el enjuiciamiento de sus autores”, que desde luego, hoy no toca. Como tampoco toca otra de sus reivindicaciones, la del “procesamiento de todos los responsables de delitos económicos relacionados con la corrupción, expolio y saqueo de las riquezas del país, así como la confiscación de todos sus bienes y propiedades”.

Tan lento a la hora de ir afrontando las reformas que anunciara diez años atrás cuando llegó al trono, Mohamed VI ha sido especialmente rápido en anunciar el cambio constitucional, crear a dedo una comisión que la redacte sin ningún tipo de participación de la sociedad civil y auspiciar una brevísima campaña previa a la consulta, apenas diez días para difundir el contenido de 180 artículos a una población que registra todavía niveles de analfabetismo próximos al 50 por ciento.

Cualquiera que sepa leer sabrá que, a pesar de algunas reformas de cierta importancia, el Rey seguirá siendo algo más que un árbitro y un garante de las libertades en Marruecos.


Confirmado: la zona de exclusión aérea de Libia, avalada por la resolución 1973 de Naciones Unidas, se está convirtiendo en un pretexto formidable para derrocar al impresentable coronel Muamar El Gadafi por parte de las potencias que apoyan este despliegue, en una maniobra de injerencia que dejará malparada tanto al régimen de Trípoli como a quienes seguimos confiando a duras penas en la ONU. Ya no se trata de establecer un pasillo para evitar una masacre, sino que se intenta que uno de los bandos en liza machaque al otro. Y que gane la facción que, hoy por hoy, podría favorecer a los intereses occidentales, esto es, la de los rebeldes entre quienes quizá se cuentan algunos de los que han recibido entrenamiento y fondos de la CIA desde la crisis del Golfo de Sirte, en los años ochenta. Claro que, paradojas de la vida, hasta esa turbamulta del Consejo Nacional de Transición, podría llegar la blanca mano de nieve de Al Qaeda.

En esa formidable ceremonia de la confusión, se decía que el papel de las bases de Rota y Morón iba a ser secundario y que se iba a limitar al soporte logístico a las unidades aeronavales que participan en la Operación Odisea al Amanecer. Pero desde hace unos días tenemos definitivamente claro que el flanco sur de la Península y, en especial, la provincia de Cádiz vuelve a estar abiertamente en guerra, no sólo por los dispositivos bélicos de ambos enclaves sino por la utilización de la base de Gibraltar con estos mismos fines.

El Peñón ya no sólo da cobijo a unidades de la Royal Navy sino de la US Navy, la marina norteamericana, una práctica habitual que según los oráculos de Wikileaks el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero intentó modificar para que no se reprodujeran escándalos similares al de la insólita reparación del submarino nuclear británico HMS Tireless en el puerto del Peñón, entre mayo de 2000 y mayo de 2001.

Hace unos días, el submarino estadounidense USS Florida, que participa desde hace varias semanas en este operativo contra Libia, efectuó una escala para avituallarse en la Roca. Submarino de propulsión nuclear como el “Tireless”, dicen que no lleva armamento atómico. Habría que comprobarlo. En cualquier caso, sus misiles Tomahawk son de aúpa. Qué tiempos aquellos cuando, durante la crisis del golfo de Sirte en los 80, se decía que los misiles de Libia podían llegar a Gibraltar o a Rota. Y al resto de quienes les rodeamos.

Desde que, hace diez años, zarpara el “Tireless” –Incansable sería su traducción al español aunque los gaditanos le llamaban el Jartible–,  en Gibraltar han atracado 32 submarinos británicos y estadounidenses de propulsión nuclear. Los ha contado Verdemar. Al contrario que a comienzos de esta escalofriante década los socialistas, ahora, protestan con la boca chica. Pero poco.

En la operación Odisea al Amanecer, las bases de Rota y de Morón están sirviendo de puente con las bases que están llevando el peso de la operación, como son las italianas de Sigonella (en Sicilia), Decimomannuo (Cerdeña) o la de Aviano (al norte de Italia y que pasa por ser la sede de la fuerza aérea norteamericana en Europa), aunque también está interviniendo activamente la base de Malta.

El Gobierno español, sin embargo, se aprestó a ofrecer las instalaciones de Rota y Morón como enclaves auxiliares para este dispositivo. Por lo que sabemos hasta la fecha, están operando en funciones de soporte logístico, con un creciente trasiego de aviones Galaxy, los formidables aparatos de transporte que usa el Ejército norteamericano. Pero también han hecho escala en Rota y en Morón una treintena de tanqueros KC-10 –que no sólo cumplen con misiones de reabastecimiento sino que su enorme bodega puede servir para transportar pallets a gran distancia—así como algunas unidades Boeing dotadas con el sistema de vigilancia Awacs (acrónimo, en inglés, de sistema de aerotransporte de advertencia y control), con su típica bóveda superior que alberga un radar y que suelen utilizarse para la coordinación de ataques aéreos.

A todo ello, cabe sumar las propias unidades españolas, como los Harrier de la Novena Escuadrilla de Aeronaves adscrita al portaaviones Príncipe de Asturias, que tiene base en Rota y que se encuentra activada desde la incorporación de los aliados a esta insólita contienda. Desde allí partió en las primeras horas de la Operación la Fragata Méndez Núñez que, junto con el submarino Tramontana, suponen hasta ahora las mayores aportaciones de unidades bélicas españolas en el área de conflicto, junto con varios cazas F-18, un CN-235 de patrulla marítima y un Boeing 707 de reabastecimiento en vuelo. El sumergible, con base en Cartagena, partió desde El Ferrol pero fue en Rota donde se aprovisionó. En esta última dársena, permanecen atracadas las unidades del Grupo de Acción Naval 2, con el Príncipe de Asturias, y el grupo de buque de asalto Galicia y Castilla, así como varias fragatas de la clase Santa María.

La base de Gibraltar cumple con similares misiones pero se encuentra operada fundamentalmente por unidades de la Royal Navy y de la Royal Air Force, ambas adscritas a las fuerzas armadas británicas. Sin embargo, la presencia del USS Florida confirma que Estados Unidos utiliza indistintamente esta base y la de Rota para el reabastecimiento y soporte logístico de sus unidades.

El USS Florida SSGN-728 porta misiles crucero tipo Tomahawk (TLAM), sin ojivas nucleares pero de gran poder de destrucción. Pero sigue siendo un submarino de propulsión nuclear. Junto a sus gemelos USS Ohio, USS Michigan y USS Georgia fueron botados como SSBN, submarinos nucleares portadores de misiles balísticos. En 2002 iniciaron el proceso de conversión a SSGN, es decir, submarinos nucleares portadores  de misiles guiados. Dicha modificación implicó que 22 de los 24 tubos que
albergaban los misiles balísticos Trident se modificaran para portar 7 tubos de lanzamiento vertical (VLS) de misiles de crucero Tomahawk cada uno de ellos, lo que permite la capacidad de transportar hasta 154 misiles. Los dos tubos restantes se habilitaron para permitir la entrada y salida a superficie de comandos especiales tipo Navy SEALS.

Pero no es el único submarino nuclear estadounidense que ha recalado en Gibraltar durante esta operación militar. A finales de marzo, ya lo hizo el USS Providence, armado también con ese mismo tipo de misiles y que opera en el grupo naval del portaaviones USS Enterprise. Si Verdemar, asociación adscrita a Ecologistas en Acción, calcula que cada año atracan entre 3 o 4 sumergibles atómicos en Gibraltar, durante 2011 nos vamos a salir de cuentas.

Lo curioso es que, según ha trascendido a partir de los informes de Wikileaks, España intentó a partir de 2006 que la Armada de Estados Unidos dejara de utilizar Gibraltar para operaciones de reavituallamiento, a fin de que no se reprodujera la alarma social que, cinco años antes, había motivado el chapucero arreglo de una avería en los canales de refrigeración del reactor nuclear del “Tireless”.

“El malestar social podría evitarse sencillamente desplazando los buques a Cádiz. Las visitas serían más discretas y evitarían polémicas innecesarias”, sugirió por entonces José Pons, director general de Exteriores para Europa y América del Norte, ante el embajador de Estados Unidos en España, Eduardo Aguirre. Esto es, no se pretendía tanto proteger a la población civil sino que esta no se enterase del riesgo que corría ante el trasiego de este tipo de sumergibles. Como los propios ecologistas reconocen, es mucho más complejo detectar la presencia de submarinos de esta índole en Rota que en Gibraltar, ya que las instalaciones portuarias del Peñón son visibles desde distintos puntos geográficos.

Estados Unidos, sin embargo, se limitó a marear la perdiz ante la sugerencia española. Tras el escándalo de los vuelos secretos de la CIA, España había regulado exhaustivamente la utilización de su espacio aéreo, pero también había establecido cautelas en cuanto a su entorno marítimo, al tiempo que exigía información sobre las operaciones que llevaban a unidades extranjeras hasta nuestros puertos: “EE UU ha tomado nota sobre la preferencia de España para que los submarinos de propulsión nuclear fondeen en Rota en vez de en Gibraltar. Pero si el Gobierno se extralimita al solicitar información, Gibraltar volverá a convertirse en la alternativa más atractiva”, fue, según Wikileaks, la respuesta del embajador Aguirre a las peticiones españolas.

A pesar de ello, un telegrama enviado el 3 de julio de 2008 y que recoge el material secreto difundido por Wikileaks, venía a revelar que el 93% de los buques con bandera estadounidense atraca en puertos españoles y sólo el 7% utiliza las instalaciones de Gibraltar aunque el Gobierno británico es mucho más flexible a la hora de conceder autorizaciones de atraque.

“La base de nuestra política exterior será agradecer a España su disponibilidad portuaria, solidarizarnos con las preocupaciones nacionales y ser inflexibles a la hora de defender nuestro derecho a visitar Gibraltar”, sostenía Aguirre como líneas maestras de su posición diplomática. Y así sigue siendo. Estados Unidos no cuenta con dos bases sino con tres en esta compleja encrucijada del mundo.


Perogrullo escribe recto con renglones torcidos. Tiene sobrada razón el consejo de la Liga Árabe al solicitar a la ONU la convocatoria de una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad para resolver la imposición de una zona de exclusión aérea sobre la Franja de Gaza a fin de proteger a los civiles de los ataques de la aviación israelí. O sea, se trata del mismo supuesto que decidió la imposición de la zona de exclusión sobre Libia, que supuso la práctica aniquilación de la aviación tribal que permanecía leal al coronel Gadafi y que limitó seriamente las acciones de guerra aunque no pudo evitar que hubiera nuevamente víctimas civiles bajo fuego amigo, enemigo o medio pensionista.

Unas mujeres palestinas se protegen del gas lacrimógeno disparado por las tropas israelíes durante unos enfrentamientos en Awarta, cerce del West Bank de Nablus, el domingo 10 de abril. (Nasser Ishtayeh / AP)

Muchos de quienes aplaudimos dicha decisión del Consejo de Seguridad, temíamos que la resolución fuera utilizada como coartada para una invasión terrestre que, por fortuna, hasta ahora no se ha producido aunque todos los indicios apuntan a que la acción militar ha excedido considerablemente lo previsto. Pero también algunos de quienes aceptamos dicha solución, por más que prefiriésemos otras vías diplomáticas y no violentas que no parecían viables, recordamos que esa misma zona de exclusión podría haber evitado más de mil cuatrocientas muertes palestinas durante el desarrollo de la Operación Plomo Fundido sobre la franja de Gaza a partir de diciembre de 2009.

Otra veintena de víctimas mortales llevan la firma de la aviación israelí en esa misma zona, en represalia por los ataques con cohetes lanzados desde la Franja y que ocasionaron diversos impactos al otro lado del muro, como el obús antitanque que hizo blanco contra un autobús escolar hiriendo de gravedad a un adolescente israelí. ¿Por qué no entra Naciones Unidas a mediar de esa forma en este conflicto tal como ocurre en el otro? ¿O por qué no actúa del mismo modo en Bahréin?

Quienes intentamos defender a la ONU de su progresivo descrédito, solemos entender que dicha institución es lo único que nos separa de la ley de la selva. Pero para consolidar su poder de árbitro sobre el nuevo orden mundial, debe intentar responder a una cierta coherencia que evite su paulatino desprestigio.

El texto aprobado por el Consejo árabe celebrado en El Cairo durante el pasado fin de semana condenó, por ello, el “doble rasero” ante el contencioso palestino-israelí y demandó al Consejo de Seguridad y al Cuarteto de Madrid -Estados Unidos, Unión Europea, ONU y Rusia- que asuman sus responsabilidades y detengan la “agresión y continuas masacres” de Israel. Además, de otros brindis al sol, como la pretensión de que se juzgue a todos los criminales de guerra israelíes, un supuesto ante el que la comunidad internacional se encoge de hombros desde hace mucho.

No parece viable que el Consejo de Seguridad, en el que Israel y sus lobbies gozan de un formidable poder de persuasión, apruebe siquiera una zona de exclusión similar a la de Libia. ¿Quién iba a desarrollar la misión, una OTAN igualmente sometida a los deseos de sus aliados de Tel Aviv, o una Europa que todavía confunde al igual que la propaganda sionista la vergüenza por el holocausto con la aceptación sumisa del expansionismo de Israel? Aquí, al más pintado nos quieren apuntar a un bombardeo: de repente, en la guerra mediática que nos aflige, reclamar el fin del bloqueo de Gaza significa apoyar al grupo terrorista Hamás, un reduccionismo idiota que recientemente pude sufrir en mis propias carnes a raiz de apoyar la segunda expedición marítima Rumbo a Gaza que tendrá lugar esta primavera.

Cierto es que Gaza no es un paraíso, que abundan las divisiones sociales, que hay un sector privilegiado y diversas organizaciones que, más allá de la política, intentan sacar provecho entre las ruinas de ese formidable campo de concentración a cielo abierto. ¿Qué opción les queda? Que hay integristas, claro. ¿No los hay, acaso, en Israel? Probablemente, en el seno de Hamás –que ganó las últimas elecciones por cierto– sigue existiendo un amplio sector que pretenda medidas contundentes contra Israel; lo mismo que en algunos tea parties del Likud, dicho sea de paso. ¿Que hay corrupción en Al Fatah? ¿No la hay en los partidos democráticos de medio mundo? ¿Por qué se le exige a los machacados palestinos un plus añadido de calidad democrática respecto al resto del mundo?

No parece tampoco probable a corto plazo que se levante el bloqueo sobre la Franja y se proceda a la apertura de los pasos fronterizos actualmente cegados. Pero esta nueva fase de hostilidades se viene produciendo en la región justo cuando el presidente palestino, Mahmud Abbas, ha promovido una iniciativa política que busca terminar con la división política entre su propio partido, Al Fatah, que controla Cisjordania, y el Movimiento de Resistencia Islámica Hamás, que ostenta el poder en la Franja de Gaza. Y es que lo que parece ser el propósito último de estas acciones estriba en acabar con dicho gobierno al precio que sea, aunque haya otros mil cuatrocientos muertos sin zona de exclusión que intente protegerles.

Estoy convencido de que, con el mismo aplomo que reivindicó la soberanía de Gibraltar durante la reciente visita del Príncipe Carlos a España, el príncipe Felipe demandará durante su viaje a Israel una solución pacífica al conflicto. O, al menos, que los muertos no los pongan los de siempre: la población civil de uno y de otro signo, que no suelen tener representante alguno en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.


A Pilar Palomino, delegada de Cruz Roja en Haití, la conocí cuando apenas era una niña en su casa familiar de Puente Mayorga, frente a Gibraltar. Nacida en La Línea, hizo una ingeniería como su padre –Rafael, socialista de antigua hornada–, pero se dedicó de lleno al ámbito de la cooperación, lo que le llevó a Haití hace dos años y medio. Sobrevivió al terremoto cuando estaba intentando ayudar a resolver los problemas derivados de las graves inundaciones que habían asolado previamente al país.

Y desde el primer momento, supo que el país más pobre de América Latina se enfrentaba a problemas más serios que los que podría depararle la madre naturaleza: su falta de cohesión política y económica, la fuga de cerebros, la carencia de infraestructuras y la ausencia de un plan definido para que más allá de las tragedias habituales, más pronto que tarde, aquella valiente y pionera república de negros pudiera salir de una vez por todas de la espiral de la pobreza.

Desde el primer momento, Pilar Palomino se ha esforzado en atender a los medios de comunicación que le han solicitado datos y opiniones. Y ha dicho lo que tenía que decir: que la tardanza en los desescombros, la basura que sigue inundando las calles, la carencia de letrinas y otros servicios higiénicos básicos podría sumar mayores muertes a las del seísmo propiamente dicho. Y así fue: 222.570 personas supone el recuento de víctimas de aquel movimiento de tierras del 12 de enero de 2010. Pero desde octubre, ya van 3.600 muertos por el cólera, una cifra que podría incrementarse en los próximos meses.

Después de un año, afirmaba ayer mismo, la población de Haití necesita “soluciones definitivas”. Su discurso suele estar lejos de la asepsia habitual de algunos de los responsables de las ONGs más poderosas. Pero es que ante la magnitud de lo ocurrido en esa parte de la isla donde Cristóbal Colón avistó por primera vez tierra americana, ha logrado sumar voluntades y obviar diferencias.

Las principales ONG han criticado claramente la falta de liderazgo y acción por parte del Gobierno de Haití, que un año después del terremoto que asoló el país no comenzó las tareas de desescombro y reconstrucción de viviendas para la población. Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, Acción Contra el Hambre o Ayuda en Acción, entre otras, destacaron que la ineficacia del Ejecutivo haitiano y la inestabilidad política dificulta y retrasa su trabajo. Es ese equipo gubernamental cogido con pinzas quien decide lógicamente qué viviendas pueden construirse o rehabilitarse. Pero lo hace con cuentagotas. Pilar pone el ejemplo de Léogâne, destruida al 80 por ciento por el movimiento sísmico y aún en ruinas porque las autoridades aún no han decidido qué hacer con ella. Los datos que maneja son clamorosos: más de 800.000 personas siguen viviendo en más de mil campamentos para desplazados.

Como Murphy existe, tal vez no habría que echar en saco roto otra reivindicación que Pilar Palomino viene reclamando desde hace un año: “Un plan de reconstrucción integral es un requisito clave para acometer la reconstrucción y el desarrollo de Puerto Príncipe y Haití, y sería deseable una descentralización del país a ciudades secundarias, descongestionando la ciudad de Puerto Príncipe. Los retos de carácter logístico son un factor muy determinante en Haití. Como consecuencia del terremoto, el puerto y el aeropuerto se vieron muy afectados, habiéndose ralentizado por tanto la entrada de la ayuda durante las primeras semanas. Además, el hecho de que el desastre haya tenido lugar en la zona más poblada del país, un entorno urbano, y en concreto en una capital de las características de Puerto Príncipe, complica enormemente la respuesta. Las soluciones técnicas son muy complejas en un entorno como el de Puerto Príncipe, donde la densidad de población es altísima, y donde, en muchos casos, no existe espacio físico para la implementación de los proyectos”.

En la balanza positiva de esa tragedia, cabe citar la apabullante respuesta solidaria de medio mundo en los momentos iniciales, aunque luego el interés internacional se ha diluido y su ayuda también. Desde República Dominicana, a pesar de los crecientes brotes de racismo hacia los inmigrantes haitianos, se arbitró una ejemplar apertura de fronteras a la ayuda humanitaria por lo que su presidente, Juan Pablo Duarte, ha recibido serias críticas por parte de los sectores más intransigentes del país. Al menos, los niños han vuelto a las aulas. Viéndoles, me recuerda a aquella Pilar Palomino que era una niña frente a Gibraltar, cuando todavía ignoraba que el destino iba a llevarla al mayor polvorín humanitario de comienzos del siglo XXI.


Abraham Sefarty

A la edad de 84 años y en Marrakech, acaba de dimitir de la vida Abraham Serfaty, aquel “rebelde, judío y marroquí” como lo definió Mikhaël El Baz en su libro El insumiso (2011), que escribieron a dúo. En otros tiempos, llegó a pasar 17 años cautivo en las mazmorras de Hassan II hasta que salió en libertad gracias a la presión internacional y a pesar de que nunca se humilló para pedir perdón. Nacido en Casablanca el 12 de enero de 1926, estudió ingeniería de minas en París y se incorporó con 23 años, al Partido Comunista de Marruecos y a la lucha contra la colonización francesa, lo que le llevó a conocer por primera vez la cárcel. Detenido en 1974, Serfaty fue condenado a prisión perpetua hasta su exilio forzoso en 1991, no sin antes gritar “Viva la República”, desde el banquillo de los acusados. También allí defendió una salida democrática para el Sáhara, a cuya causa dedicaría su ensayo

“Los fundamentos históricos de la lucha nacional del pueblo saharaui entre 1955 y 1976”, convertido en un clásico. Todos estos trabajos fueron incluidos en su libro En las prisiones del Rey. Escritos de Kenitra sobre Marruecos (Editions Sociales, París 1992).

En 1999, Mohamed VI permitió el regreso a Marruecos de Abraham Serfaty, que permanecía exiliado en Francia. Fue entonces, mientras se movía en silla de ruedas cuando empezaba a alentar en él una cierta esperanza de cambios en su país: “Marruecos vive ahora un desarrollo tremendo –me decía entonces–. En estas descenas de años había un potencial acumulado, a pesar de la dictadura que vivíamos del mahzen y quizá dado también las luchas de las fuerzas democráticas. En estos años, desde mi punto de vista, se ha desarrollado la sociedad civil y noto un cierto atraso de la escena política. Ahora, con el empuje que da el Rey desde arriba para abajo y esta vitalidad de la sociedad civil, estamos en una vía muy positiva de construir la democracia en Marruecos”.

Pero él ya intuía que las intenciones del nuevo monarca marroquí, chocaban desde el principio con las de otros dos sectores de la sociedad de su país. De un lado, el ‘mahzén’, el grupo de poder que rodeó a Hasán II, un búnker antidemocrático que sigue queriendo mantener cuotas de poder que nunca estuvieron refrendadas por las urnas. Y de otro lado, los integristas islámicos, reunidos en torno a Justicia y Caridad, u otras formaciones al margen del sistema.

Portada de uno de los libros de Sefarty

“Es difícil sostener el credo islamista al margen del Rey, cuando tenemos a un Rey que es al mismo tiempo comendador de los creyentes en el terreno de la justicia social. Lo más difícil es lo que queda del mahzén. A nivel del poder central ya no queda nada. Pero el mahzén, en el pasado y en estos años, está vivo en muchas capas del país. En la costumbre de muchas administraciones, por ejemplo, de pequeños mandatarios del Estado que todavía son del mahzén. Incluso la vida económica, está sujeta a estas pautas. Muchos patrones están todavía en la Edad Media y los sindicatos parecen sólo acostumbrados al enfrentamiento social con este tipo de patrones. Pero hay signos de modernidad. Es muy importante y muy positivo de notar que en estos años el papel de las élites, de los cuadros, gente que tiene cuarenta o cuarenta y cinco años que mantenían una actitud moderna a pesar del mahzén y han venido el trabajo bajo la denominación del mahzen pero se quedaron no solamente modernos sino con la voluntad de construir el Marruecos de hoy, que sea modernos y democrático. Hay núcleos de progreso en el país que son muy positivos”.

Partidario de recobrar la memoria de la represión, rastrear a los desaparecidos y hacerle justicia a los torturados, él fue el primero en denunciar el infierno de la cárcel de Tasmamart y los campos de concentración al sur del Atlas donde había centenares de marroquíes y de saharauis cautivos. Por aquel entonces, seguía mostrándose a favor de la autodeterminación del Sáhara, pero con algunos matices propios de la época: “Estoy a favor de la autodeterminación si se ofrece al pueblo no sólo las dos soluciones, de la integración de un lado y la independencia de otro. Sino también lo que se llama ahora la tercera vía, una vía negociada entre el POLISARIO y Marruecos, una clase de autonomía, con su autogestión propia pero con ligazón especial a Marruecos, con la autoridad de Mohamed VI. En el juzgado de Casablanca, tuve el honor de decir viva la República Saharahi, la República marroquí, viva la unión de ambos pueblos. La república marroquí puede que se conquiste en el siglo XXI, lo importante es una democracia como la española. Puede haber un acuerdo entre la república saharaui y el reino de Marruecos bajo una fórmula similar a la commonwealth. Lo dije en El País en noviembre de 1994. No es una decisión oportunista”.

Pero, sobre todo, seguía soñando con un mundo en el que el Estrecho dejara de ser una fosa común: “Hay que acabar con eso y para acabar con eso, hay que apostar por el desarrollo de Marruecos y de los pueblos de Africa. Del desarrollo de Marruecos dará esperanza a estos jóvenes que vienen a morir en el Estrecho, para que su porvenir sea en un Marruecos libre y de desarrollo social y económico. Entonces, ya no habrá muertos en el Estrecho. Para ello, lo principal es el esfuerzo del pueblo marroquí, del Rey Mohamed VI y de la ayuda de la Unión Europea en general y de España en particular y de la región más relacionada con estos muertos, el norte de Marruecos”.


    A lo largo del mes de noviembre, la Península Ibérica vivirá una serie de movilizaciones contra la OTAN, con motivo de la cumbre de dicha organización que tendrá lugar en Lisboa los próximos días 19 y 20. Con posterioridad, la Base de Morón utilizada habitualmente por la aviación militar de los Estados Unidos será escenario de otra movilización, poco después de que ya se haya cerrado con la administración norteamericana un Expediente de Regulación de Empleo que afectará a más de 170 empleados civiles.

    En dicho contexto, el pasado domingo día 7 de noviembre, se celebró la Marcha a Rota, que alcanzó su vigésimo quinta edición y que reclama el desmantelamiento de este tipo de instalaciones. A su término, una comitiva se aproximó a la entrada del gigantesco acuartelamiento aeronaval para hacerle entrega del discurso que había sido leído al fin de aquella manifestación que reunió a más de dos mil personas.

    Al otro lado del filtro lateral de la Base, el cabo educadísimo no daba crédito. En vez de encontrarse con la caricatura del pacifismo estereotipado, se dio de bruces con Nieves García Benito, una escritora que se le identificó con las siguientes palabras: “Mi hijo rescataba gente en el mar y murió por ello. Hay muchas formas de servir a un país construyendo la paz”, evocó a su hijo, un geógrafo que figuró entre los tripulantes de un helicóptero de Salvamento Marítimo fatalmente accidentado en aguas de Almería durante el pasado mes de enero. Miró a los ojos al soldado y le pidió que le prometiera que entregaría el documento a la máxima autoridad de la Base. El no sólo le dijo que si, sino que le dio el pésame.

    La marcha a Rota, sin embargo, vino a coincidir con llegada a las dársenas del buque Juan Carlos I y con la despedida del Almirante Jefe de la Base Naval, el contralmirante José María Pelluz Alcantud, que no se retira por la presión de los pacifistas sino que, sencillamente, pasa a la reserva.

    Antes, también desde la tribuna, tuve ocasión de leer las palabras que siguen:

    Porque no queremos que la muerte armada sea el horizonte cotidiano de nuestra casa.

    Porque no queremos que sobre nuestros sueños vuelen aviones cargados de presos secretos hacia las mazmorras sin ley donde se tortura a los derechos humanos.

    Porque tampoco deseamos que la metralla que aniquila poblaciones civiles de lugares remotos viaje sobre las alas que anidan junto a nuestro playa o naveguen a bordo de tiburones de metal a los que hemos dado asilo en nuestras aguas.

    Porque no deseamos ser cómplices ni vecinos de esa forma de terror que lleva puesto el pasamontañas de la guerra.

    Por eso estamos aquí y por eso estuvimos más de veinticuatro veces antes. Armados de razón y desarmados de ira. Armados de paciencia y heridos de rabia. Muertos de miedo y muertos de vergüenza.

    Emprendimos esta larga marcha a favor de la vida y en contra de la eterna edad de los metales, cuando el mundo se dividía en bloques y los imperios repartían su ambición de poder hasta que el más fuerte, el de los becerros de oro y el crimen de la opulencia, derribó telones de acero y banderas de revoluciones cansadas.

    Por el camino, hubo quemaduras de NAPALM y aldeas destrozadas, tiranos alimentados por dólares o rublos, compraventa de armas y de esclavos, pequeñas ofensivas que provocaban grandes desastres fieramente humanos.

    Fue entonces cuando Estados Unidos, en lugar del Plan Marshall que reconstruía a Europa, le compró al salvador de España un puñado de tierras en distintos confines de la Península para izar la bandera de las barras y estrellas sobre un país que ya era un largo valle de lágrimas.

    Fue entonces cuando nos metieron en la OTAN, ya en plena democracia según dicen, sin aguiluchos sobre los estandartes pero con los buitres de siempre rondando desde mucho tiempo atrás esta antigua encrucijada de camino a la que llamamos Península Ibérica, que ojalá se convirtiera desde Lisboa a Morón, durante este mes de noviembre, en aquella balsa de piedra que soñó José Saramago, quien ya no puede acompañarnos en la aventura de echar a nadar nuestros mejores sueños.

    Y fue entonces también, veinticinco marchas atrás, cuando empezamos a acudir hasta las puertas de la base, ya tocase elecciones o intentos de golpes de Estado, ya prometiesen el cambio o el así sí de la entrada en la Alianza Atlántica.

    Nos dijeron por aquellos tiempos que España se desnuclearizaría. Ahora, veinticinco marchas después, seguimos sin saber qué ingenios nucleares cruzan nuestro aire o arriban a estos puertos. Ahora, veinticinco años después, los mismos que pregonaban que habríamos de estar en la OTAN para fabricar la paz, nos quieren hacer creer que la energía nuclear es la más segura de todas las energías.

    Nos dijeron entonces que España no entraría en la estructura militar de la OTAN. Habríamos de preguntarnos entonces, por ejemplo, qué hace España y sus soldados en aquella Afganistán en donde en otros momentos Estados Unidos le pagaba a Bin Laden para hacerle la guerra a la Unión Soviética.

    Nos ofrecieron promesas como los conquistadores brindan baratijas. Y lo siguieron haciendo con el correr de los años, cuando desde Torrejón y Zaragoza, desde Rota y Morón o Gibraltar, bajo bandera del Reino Unido, se apuntaban las miras telescópicas de las guerras de las galaxias contra Libia o contra Irak, o contra cualquiera que se moviese, fuese un déspota o no lo fuese, de la foto fija del pensamiento único y de la avaricia diversa.

    Cambiaban los mapas y cambiaban los bandos, pero nosotros sabemos, veinticinco marchas después, que los arsenales siguen siendo parecidos, sólo que han ido fabricando nuevas y más sofisticadas máquinas para el asesinato colectivo y que han ido perfeccionando sus discursos.

    Ahora hablan de exportar democracia en la punta de las bayonetas, cuando tan sólo pretenden exportar negociantes y transnacionales, bancos opulentos que nos arrodillan en la pobreza y que para obtener dividendos no tienen en cuenta los humildes daños colaterales que sufren aquellos que ya no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega.

    Ahora, hablan de proteger a la mujer como ocurrió en Afganistán, pero diez años después del inicio de aquella contienda con el beneplácito de las Naciones Unidas y tras los atentados del 11 de septiembre, la mujer sigue siendo un blanco fácil, no sólo de las fuerzas de ocupación o de la guerrilla de los talibán, sino en la vida cotidiana, machacadas por tirios y troyanos, humilladas por propios e invasores.

    Ahora, hablan de choque de civilizaciones entre el cristianismo y el Islam. ¿Qué podemos hacer entonces aquellos que no comulgamos con ruedas de molino ni creemos que la media luna sea un alfanje ni utilizamos a Yavhé para aniquilar palestinos? ¿Qué tipo de civilización puede creer que para preparar la paz haya que prepararse para la guerra?

    A lo largo de veinticinco marchas, hemos venido hasta aquí acompañados por Rafael Alberti o por John Lennon, aunque también lo hemos hecho en otras ocasiones, cuando pensábamos que estaba seriamente en riesgo todo aquello que dicen defender quienes amartillan la pistola de la desconfianza frente a la desnudez del ser humano.

    Ahora, volvemos a hacerlo, en un tiempo raramente nuevo, en el que las guerras también se libran sobre el parquet de las bolsas y en las colas del paro, cuando los tanques tienen a veces forma de consejos de administración y en una trinchera o en otra, siempre caen los mismos, los sin nada, los sin vida.

    Y cuando ya sabemos y muchos que no lo sabían ya lo saben, que en las bases no amarran los perros con longanizas, y se niegan incluso a negociar convenios con los trabajadores civiles, España debería al menos negarse a negociar el próximo convenio bilateral con Estados Unidos, darle el mismo trato que da el Tío Sam a sus propios empleados.

    O cuando se pone sobre el tapete un Expediente de Regulación de Empleo en la Base de Morón, nuestros gobernantes quizá debieran proponer un expediente de regulación de empleo contra sus C-17 Globemaster III o sus Eurofighter Typhoon, para que el supermán del miedo monte sus bases en la Casa Blanca o a la vera del número 10 de Downing Street.

    Pero que nadie se engañe. No sólo Estados Unidos y Gran Bretaña son los dueños del Estrecho de Gibraltar ni son los únicos que dejan morir a los ocupantes de una patera frente a estas costas o los que reparan un submarino nuclear a riesgo de una población de miles de personas que ignoran sencillamente qué pueden hacer cuando la radiación llame al timbre de sus casas.

    España también es cómplice de esa espiral de tinieblas, de esa violencia que arroja excelente resultados en la balanza de pagos, porque seguimos exportando armas hacia lugares a menudo sin libertad donde la metralla busca cuerpos culpables o inocentes. Y porque, como aquella dictadura que arrendaba su patria al mejor postor, seguimos ofreciendo nuestras pistas de aterrizaje y nuestros muelles a quienes dictan a mano armada una ley basada en los intereses de los mercados y no en la soberanía de los pueblos.

    Por eso, desde hace veinticinco marchas, estamos aquí. Y lo seguiremos estando, a veces a puñados y otras en muchedumbre. La paz no se logra en un día pero si no se logra algún día es que el género humano no tendrá sentido.


    Ignoro si sigue abierto en Shangai el Hotel de la Paz, o como quiera que se diga en mandarín. En realidad, su nombre fue un engaño dado que allí fue donde se reunieron Chang Kai Cheng y Mao Ze Dong o como quiera que se transcriba ahora, para acordar un armisticio que no llegó muy lejos. Lo paradójico es que, en su interior, una orquestina de viejos músicos de jazz tocaban, a tres yuans y a petición de la selecta clientela, cualquier standard al uso, desde el “Stormy weather” al “Bésame mucho”, pero también incluían una extraña versión del pasodoble “España cañí”, aunque la eñe no apareciera por ninguna parte en las partituras de su repertorio. Cualquiera que estuviese al corriente de la historia reciente del gigante asiático y contrastase la edad de aquellos humildes virtuosos que fabricaban el milagro de la música entre la humareda del local, cabría preguntarse cómo habrían sobrevivido a la revolución cultural que prohibió como instituciones burguesas a Beethoven, el teatro y las funerarias.

    Shangai es hoy un bosque de rascacielos – diez mil en los últimos quince años -, un nuevo Manhattan en el delta del río Yangtse, que en estos días celebra ya una Exposición Universal centrada en el urbanismo del futuro. Allí están todos. O estamos todos. A pesar de que el Gobierno chino perseguirá cualquier manifestación a favor de los derechos humanos. ¿Y no son esos derechos lo mejor que podrían exponer los gobiernos de hoy y los del futuro? La dama de Shangai se llama libertad y sigue oculta.

    Paradójica ciudad de Shangai, desde el clasicismo del Bund a la modernidad del Pudong: frente a su principal templo budista se alza el único grupo escultórico que yo conozco que rinda homenaje a un grupo de rock and roll. Contrasta ese tributo a los rockeros desconcocidos, que también escogieron como bandera el oficio de ser libres, con las actuales autoridades chinas que quieren que los mercados sean libres pero que siguen amordazando a sus ciudadanos.

    Sin que nadie diga esta boca es mía. Por mucho menos, los campeones mundiales de la libertad siguen manteniendo su bloqueo sobre Cuba. Quizá Confucio fuera quien acuñó aquel célebre proverbio que reza “quien no tiene padrino no se bautiza”. China es un tigre con los pies de barro, pero a pesar de ello cualquiera nadie se atreve aún hoy a despertarlo.


    A las afueras de Dákar, en Senegal, acaba de inaugurarse el Monumento al Renacimiento Africano. La celebración de La Reinassance africana viene a coincidir con el quincuagésimo aniversario de la independencia de dicho país respecto al colonialismo francés: se trata de un coloso de bronce de 49 metros de altura que domina las colinas próximas al suburbio de Ouakam, con vistas al Atlántico. La estatua ha sido diseñada por el arquitecto senegalés Pierre Goudiaby y levantada, con un presupuesto aproximado a diecinueve millones de dólares, por la empresa norcoreana Mansudae Overseas Project Group of Companies; en aras, claro, de los supuestos lazos de amistad entre ambos países que probablemente se traduzcan, más temprano que tarde, en contratos ventajosos. De momento, Corea ha obtenido un paquete de tierras cuyo destino final se desconoce pero que quizá tenga que ver con ese nuevo colonialismo territorial que sufre el continente y que también ha llevado a China a adquirir grandes extensiones de terreno en Africa como futura despensa en un tiempo venidero que quizá venga marcado por la escasez de víveres.

    El grupo escultórico representa a un hombre que carga en sus brazos a un niño que señala al mar y a una mujer de piernas demasiado generosas a juicio de los integristas islámicos. Pero el escándalo debiera ser otro. Por ejemplo, que se trate de una idea explícita del octogenario presidente Abdoulaye Wade, presente en todo lo que pretenda moverse en Senegal y que, al estilo de Egipto, también acaricia la idea de fundar una dinastía republicana y que su presidencia la herede su propio hijo. De hecho, Wade ha reclamado derechos de autor sobre este obra, hasta el punto de reclamar el 35 por ciento de los beneficios que genere, incluyendo por supuesto los que suponga como atracción turística.

    Wade comparó al gigante con el gusto de los cristianos por las estatuas. La oposición en cambio le llamó estalinista. Y los imanes, idólatra. Pero él seguro que estaba pensando en un negocio similar al de la estatua de la libertad, en Nueva York: “Es una afirmación del orgullo de ser africano, del orgullo de ser negro”, sentenció el reverendo Jesse Jackson durante el acto inaugural, a no muchas millas de la isla de Goré, en donde aún se conserva como museo el siniestro pabellón donde hacinaban a los esclavos antes de embarcarlos hacia ultramar. Alrededor de Wade y de Jackson, veinte dirigentes africanos y el ministro francés de Interior, Brice Hortefeux, representante de la grandeur perdida.

    “La mujer está completamente sometida al hombre. Es el hombre que toma las decisiones. Es el hombre como protector, y eso no se ajusta a la realidad africana”, analiza el historiador Penda Mbow, muy crítico con el mensaje conceptual que encierra el conjunto.

    El pueblo, mientras tanto, las ve venir: se dice que hay un cincuenta por ciento de paro, aunque aquí fallen las estadísticas más que una escopeta de caña. Cortes de luz frecuentes, alzas inflacionistas en el coste de la vida, obras eternas que concentran a un sinfín de vendedores ambulantes, corrupción a todos los niveles y escasas perspectivas de futuro, contrastan con la opulencia del monumento.

    Al menos, eso sí, Wade ha decretado el cierre de las bases militares francesas que quedaban sobre el territorio. Una medida que tiene mucho de simbólica, si se tiene en cuenta de que su Gobierno ha colaborado activamente en la puesta en marcha del Frontex y ha aceptado generosas donaciones del Plan Africa, puesto en marcha por el Gobierno español, en aras de evitar la salida de cayucos cargados de migrantes rumbo a Canarias: la Unión Europea compra a buen precio la vulneración de un par de epígrafes de la Carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas en relación con que ningún país podría impedir la salida de sus habitantes si así lo desearan.

    Que le pregunten por el Frontex a Yayi Bayam, en los suburbios de Thiaroye sur Mer: ella, que perdió a un hijo en el espejismo de la inmigración clandestina, preside la asociación de familiares de muertos y desaparecidos en ese mismo mar hacia el que señala el dedo del niño que corona el dichoso grupo escultórico. O a los repatriados, que fueron devueltos a Dákar, desde España, y que ahora se enfrentan a deudas contraídas que tardarán una vida en pagar. Que hablen también con las humildes vendedoras que brujulean entre las salinas del Lago Rosa, en pos de cualquier visitante que compre sus baratijas, sin clientela apenas desde que el rally París Dakar eludió dicha ruta por temor a la violencia yihadista en Argelia o en Mauritania.

    Senegal no es Nigeria, ni para lo bueno ni para lo malo. No alcanza su PIB, pero al menos es un país tranquilo, en líneas generales, donde conviven admirablemente cristianos y musulmanes y en donde ni siquiera revisten especial peligro los ocasionales brotes de violencia del sur. Siguen construyéndose cayucos, eso sí, aunque la pesca también mengüe. El turismo –incluido el sexual– se consolida como una fuente de divisas creciente. Y la música supone un potencial casi inagotable: a figuras ya emblemáticas como Youssoun D´our, que acaba de editar un homenaje al reggae, o Ismael Lö, hay que sumar los jóvenes Sidy Samb o Carlou D, y muchos otros a los que acaba de pasar revista Casa Africa en una iniciativa que ha concentrado en Dakar a muchos programadores de festivales españoles interesados por lo que allí se denomina World Music, una alternativa comercial a los ritmos tradicionales enormemente populares en el país. Pero a pesar de todo ello y de la energía de sus migrantes tanto en Europa como en América y Asia, el nivel de desocupación es alto y el de formación también.

    Hay mucha complicidad del primer mundo en los males que todavía aquejan al tercero. Sin embargo, el paso del tiempo también señala ya a otros culpables de la eterna postración de Africa. Con Senegal, otros diecisiete países africanos dejaron de ser colonias de Francia en 1960, siguiendo los pasos de Guinea, que abrazó la independencia dos años antes. Ha pasado medio siglo y su dependencia respecto a la antigua potencia colonial y otros actores del nuevo orden mundial sigue siendo crónica. Les ocurre a otras naciones del continente negro: ¿hasta cuándo podrán seguir explotando el victimismo, ese discurso que reprocha su atraso en exclusiva a los viejos imperios depredadores? Cincuenta años después de su independencia, Senegal en particular y Africa en general, debe renacer y sacudirse los nuevos yugos. Entre ellos, los que le han impuesto algunos de sus sátrapas, por muy democráticamente elegidos que fueran en su día. Si sigue mirando hacia atrás, esta gente terminará convertida, como la mujer de Lot, en una estatua de sal. O de bronce.


    Mariam Rawi no se llama Mariam Rawi pero me hablan en inglés sus ojos del exilio: su juventud madura crecida en el destierro forma parte de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA), una organización feminista creada en 1977 cuando Osama Bin Laden era el interventor de la guerrilla afgana contra la URSS, a sueldo de Estados Unidos.

    A quien quiera oírla, ella le cuenta –y ahora lo hace en una gira por Europa–, que la guerra de antes y la de ahora tan sólo constituyen formidables pretextos para el ajedrez de la vieja y nueva geoestrategia del mundo. Que ocho años después de que George Bush obtuviera carta blanca para declarar esa guerra tan estúpida o más que cualquier otra guerra, los grandes pretextos de entonces –la democracia, la dignidad de la mujer, la lucha contra el terrorismo—se antojan formidables coartadas: “La información que ofrecen los medios de comunicación occidentales es errónea –recalca Mariam Rawi aunque por seguridad su nombre no sea Mariam Rawi–. No existe una democracia consolidada sino que los 60 billones de dólares que ha recibido mi país de occidente lo han convertido en la segunda potencia mundial en materia de corrupción. La dignidad de la mujer se viola a diario y no sólo por la violencia de género, sino por los asesinatos, los secuestros y los bombardeos que sufre la población civil y especialmente las mujeres y niños. Y el terrorismo sigue sin ser combatido, como demuestra que ninguno de sus líderes fundamentales haya sido detenido o muerto”.

    Ella cuenta una historia ya conocida. Esto es, que no ha variado demasiado la posición de la Casa Blanca tras la llegada de Barack Obama al despacho oval. Y que resulta paradójico que ahora se pretenda incorporar a los talibán a un futuro gobierno afgano cuando se supone que la ofensiva se relacionaba directamente con dicho grupo tribal y sus prácticas: desde su feminicidio constante a su complicidad con Al Qaeda. También los chíies hostigaban a las mujeres afganas y formaron parte de la supuesta reconstrucción democrática de Afganistán desde el primer momento.

    No habrá solución para Afganistán, en un país en guerra. Eso denuncia Mariam Rawi cuyo verdadero nombre ni siquiera pregunto: ocho años después de esta masacre con salvoconducto de Naciones Unidas y gestionada por la OTAN, sólo se han enriquecido los corruptos, los señores de la guerra y los fundamentalistas. Y el mayor negocio de dicho país no sólo es la muerte sino también el opio.

    De ahí los ojos atónitos, la voz perpleja y el coraje mundial de Mariam Rawi, se llame como se llame.