Fronteras – Juan José Téllez

Rebeldes libios celebran la captura de un tanque gubernamental en Bengazhi. (Anja Niedringhaus /AP)

La realidad imita a Hollywood. Cuando los insurgentes libios parecían acorralados por Sitting Bull, llega el Séptimo de Caballería para intentar impedir que mueran con las botas puestas o simplemente descalzos. Los insurgentes y los otros libios a los que ha cogido en medio del saloon el fuego cruzado entre el gunmen Gadafi y los cowboys del desierto.

El Consejo de Seguridad de la ONU –el mismo que suele hacerse el longuis cuando Israel masacra a la franja de Gaza– acordó impedir que el coronel libio haga otro tanto con su propio pueblo. Algo es algo. Justicia selectiva, pero justicia a fin de cuentas.

Tras largos debates y cuando todo parecía perdido para los rebeldes –una amalgama de gente cabreada con Gadafi, entre quienes figuraban demócratas de diverso cuño, gente corriente cansada de las excentricidades y abusos de su líder, monárquicos nostálgicos de un antiguo rey, islamistas a un cuarto de hora de la yihad, primos de Al Qaeda y cuñados de los intereses occidentales en la región–, Naciones Unidas acordó una resolución que autorizaba el uso de la fuerza militar justo cuando las fuerzas leales y los mercenarios contratados por el coronel que llegó al poder después de un golpe de Estado en 1969, estuviera a las puertas de Bengasi.

El insólito órdago de Naciones Unidas, plusmarquista en lavarse la mano como Pilatos, no arredró a Muamar, que por toda respuesta se dedicó a intentar conquistar Bengasi antes de que medio mundo le conquistase a él. La resolución de los quince miembros del Consejo de Seguridad incluye la célebre zona de excusión aérea que, por sí misma, hubiera sido una buena medida cautelar hace una semana, antes de que la aviación machacara al pueblo libio como ha venido ocurriendo sin que nadie moviera una ceja, mientras Silvio Berlusconi miraba la balanza de pagos de Italia con dicho país y mientras Nicolás Sarkozy tragaba saliva ante la acusación explícita de que Trípoli hubiera pagado su campaña electoral: más leña al fuego para la victoria de Jean Marie Le Pen en las próximas elecciones francesas previstas para otoño.

A la zona de exclusión, ha seguido un ataque multilateral aliado en el que España se ha brindado a participar y un dispositivo de OTAN, que aunque mantiene dudas sobre la zona de exclusión aérea por las presiones de Turquía fundamentalmente, apuesta abiertamente por el embargo naval contra Trípoli. Se trata, a grandes rasgos, de intentar poner contra las cuerdas a Gadafi antes de que Gadafi ahorque con esas mismas cuerdas a su propia gente. En la capital rebelde, los gritos de algarabía parecían desmentir la hipótesis de que se tratase de una injerencia no deseada por parte de la población insurgente.

¿Lo es? Nadie en su sano juicio podrá creer que eso que llamamos la comunidad internacional se alza en armas por la exclusiva defensa de los valores democráticos. Claro que existen otros intereses y no hay más que ver los gráficos sobre el potencial armamentístico en la región para descubrir que el verdadero sheriff del Mediterráneo sigue siendo Estados Unidos a pesar de que Milwakee no limite con el mar de Alborán.

Sin embargo, aquellos que nos opusimos a la guerra de bloques, y no nos gustaba ni la Alianza Atlántica ni el Pacto de Varsovia, sigue sin gustarnos el nuevo orden mundial basado en la exclusiva supremacía de uno de aquellos bandos, a pesar de que los bárbaros de Bin Laden acechen en el Ponto Euxino del Imperio. Dicho esto, ¿qué alternativas tenemos frente a la OTAN y sus socios, una organización de la que formamos parte desde hace ahora treinta años, aunque el referéndum correspondiente tuviera lugar un lustro después? Durante la guerra de los Balcanes, que en muchos de sus escenarios no fue una guerra sino una matanza, la acción militar de la OTAN puso punto final a una espiral de barbarie a las puertas europeas. Claro que ni Europa ni Estados Unidos eran angelitos caídos del cielo y no actuaban guiados en exclusiva por su compasión hacia las mujeres violadas y los niños torturados por un puñado de salvajes. Pero, ¿hubiéramos debido permitir acaso que, salvadas sean todas las distancias, el Tercer Reich se hiciera con el norte de Africa, sin que los aliados movieran un dedo por la simple razón de que estos tenían sobrados intereses colonialistas en esa misma región?

Dicho esto, Libia no deja de ser un negocio lucrativo que muchas manos se disputan: 1.600.000 barriles de petróleo diarios, un PIB que se aproxima a 76.557 mil millones de dólares, con incremento anual de 6,7%. Más exportaciones anuales por valor de 63.050 millones de dólares, que sumados a 11.500 millones en importaciones, suponen una balanza de pagos más que saneadas, con reservas anuales de 200.000 millones de dólares, con una ridícula deuda externa de 5.521 millones. A pesar de todo ello, también es justo decir que frente a un estrechísimo margen de analfabetismo apenas superior al 5 por ciento y con indicadores de salud relativamente aceptables, aún se registra un 30 por ciento de pobreza, lo que da cuenta de un mal reparto de la riqueza. Como en medio mundo, dicho sea de paso.

La OTAN, desde luego, no es la solución. Antes bien, forma parte del problema, aunque esté bien que ahora venga a meterle las cabras en el corral a ese loco peligroso de Gadafi. Pero, ¿por qué no hace lo mismo con los psicópatas de Jerusalén? ¿Por qué tampoco Naciones Unidas actúa de la misma forma? La respuesta es sencilla: resulta a veces imposible hacer encaje de bolillos con su consejo de seguridad.

Hay una diferencia, la OTAN es prescindible e incluso nuestros militaristas entienden que Europa debería tener su propio aparato defensivo, aquella Unión Europea Occidental (UEO), que se apurgara en el baúl de los recuerdos. Policía bueno, policía malo, policía al fin de de cuentas.

Sin embargo, la ONU es nuestro último clavo ardiendo. Sin dicha organización, el caso estaría servido y el mundo sería la ley de la selva sin ningún tipo de mínimas cortapisas. Todos sabemos que en dicho contexto, siempre gana el más fuerte. La auténtica batalla –y la más difícil– estriba en democratizar la ONU e intentar presionar para que su Consejo de Seguridad no constituya un cepo para la voluntad libertaria de los seres humanos que, de vez en cuando y sin que sirva de precedente, no se muestran dispuestos a seguir aguantando que les pisen el cuello. Ni los sioux ni el gran padre blanco.


Cualquiera que comprobase las cifras que habitualmente trascienden sobre la economía marroquí, la primera impresión que tendría es la de que aún no resultan fiables. Cualquier análisis sobre la realidad de Marruecos a comienzos del siglo XXI choca, de entrada, con la inexistencia de un censo riguroso que permita comprobar, por ejemplo, el alcance de la diáspora emigrante o el del éxodo del ámbito rural a las grandes ciudades, cargadas de suburbios laberínticos en donde no existe padrón o es un disparate. Lo mismo cabe inferir de los cálculos sobre el desempleo, sobre la renta media de las familias o sobre la fiscalización de un país en donde empieza a aflorar una tímida burguesía entre una apabullante mayoría en la miseria –eso que antaño se llamara lumpen proletariado—y una oligarquía ajena por lo común a lo que ocurre en los barrios bajos.

En tales circunstancias cabría preguntarse por qué no estalla Marruecos a imagen y semejanza de otros países del norte de África. La explicación habría que buscarla en varios frentes: en primer lugar, habrá que considerar la dimensión religiosa que tiene Mohamed VI como rey de la dinastía alauita y comendador de los creyentes. Esta última función, le saca automáticamente de la melé política en un país profundamente islámico, aunque no sea tan propenso a los excesos integristas de su vecina Argelia. Con el rey, se puede bromear –le llamaron Su Majeski por su propensión a los deportes náuticos–, se puede cuestionar su riqueza y sus tramas familiares cuando se vendió inicialmente su imagen como la del “monarca de los pobres”, pero se le salva in extremis el trono y se culpa de la lentitud de las reformas al majzén, ese cúmulo de tenebrosos intereses y personalidades que alberga la administración, el ejército, la justicia y otros poderes fácticos del país.

Es cierto que tras heredar el reino de su padre, Hasán II, el joven monarca apuntó algunas iniciativas novedosas, parte de las cuales se tradujeron a la realidad cuando procedió a una notable reforma de la mudawana, el código de familia, que a partir de entonces ampara mucho más que nunca a viudas o a divorciadas. Fue incapaz eso sí de intentar poner freno a la escalada de la pobreza, una trinchera de la vida cotidiana en la que a veces se encuentra solo, como último clavo ardiendo, el voluntariado de Justicia y Espiritualidad, la organización fundamentalista del jeque Yasín, que aunque no puede legalmente concurrir a las elecciones, su presencia resulta imprescindible en los pueblos jóvenes que rodean a las grandes áreas urbanas y, desde sus mezquitas, se procura ayuda alimenticia y de cualquier otro tipo, para los desposeídos que cada vez confían más en ellos que en otras fundaciones relativamente públicas y auspiciadas por Palacio.

Mohamed VI y el actual Gobierno marroquí han logrado convencer a los habitantes del país que su principal propósito es conquistar el sueño de la integridad territorial de su reino, consolidando sobre todo sus posiciones sobre el antiguo Sáhara español y reivindicando, con mayor denuedo cada vez, sus derechos sobre Ceuta y Melilla, negados insistentemente por la diplomacia española, e incluso sobre Canarias.

Ese quizá fue uno de los errores cometidos por los promotores del llamado Movimiento 20 de febrero, que convocaron sus protestas inicialmente para el día 27, justo cuando el Polisario conmemoraba el trigésimo quinto aniversario de la creación de la República Arabe Saharaui Democrática, tras la Marcha Verde marroquí. A Rabat le faltó tiempo para azuzar el espantajo del independentismo saharaui como motor de las movilizaciones.

Estas se llevaron a cabo en diversos lugares del país, sin excesos violentos salvo en Alhucemas, donde varias personas murieron en un extraño incendio en la sucursal bancaria que supuestamente saqueaban. Al régimen le vino como anillo al dedo y desautorizó las protestas en su conjunto, a pesar de que, en general, fueron pacíficas, reivindicaban cambios moderados y una profundización en las libertades y garantías democráticas, especialmente en el aparato de la justicia. Nadie pedía la cabeza del monarca, ni la revolución islamista, aunque hubiese organizaciones presentes en las manifestaciones que tampoco le harían ascos a una y a otra opción. La represión policial fue considerable tanto durante dicha jornada como durante la siguiente. El primer fin de semana de marzo, cuando se esperaban nuevos incidentes, la tensión se rebajó en todos los aspectos y la normalidad volvió al país en espera del anunciado discurso del rey.

Marruecos, en su conjunto, sigue confiando en que la historia es lineal y avanza siempre hacia un mundo de progreso. Ese es el mensaje que intenta transmitir y aglutinar el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), el llamado Partido del Rey, que dio el campanazo en las elecciones municipales de 2009 y que se posiciona como una alternativa de nuevo cuño frente a los partidos tradicionales, principalmente el Istiqlal y el mosaico socialista, por no hablar del Partido Justicia y Desarrollo, el único integrismo tolerado pero que se vio seriamente en entredicho tras la fuerte campaña en su contra que siguió a los atentados de Casablanca de mayo de 2003. El PAM viene a ser, salvadas las distancias, algo así como una UCD a la marroquí, una organización reformista pero moderada.

Los marroquíes, a tenor de su progresiva implantación, parecen confiar antes en un Gobierno que le aproxime a la Unión Europea, más allá de los acuerdos puntuales y del trato preferente al que aspira con independencia de sus excesos represivos en el Sáhara o en el interior de su propio país, con prisiones atestadas y una criminalización del islamismo, con independencia que sea o no sea violento, que siga las consignas de Al Qaeda o se aparte llamativamente de ellas.

El pueblo marroquí, a primera vista, aspira al sueño del bienestar europeo, sin descuidar sus propias tradiciones y en una constante línea de ascensión social. Podría trazarse un cierto paralelismo con la España de los años 60, la del desarrollo tecnocrático, la que pasó de las alpargatas al 600. Sin embargo, no es así. Ni las deslocalizaciones, ni los salarios ni el consumo avanzan al mismo ritmo. Ese podría ser el mayor hándicap que aceche a nuestros vecinos del sur. Que se cansen de esperar que el maná de la democracia y del progreso les baje del cielo o de un palacio y quieran reivindicarlo con mayor ímpetu, con mayor impaciencia, con desesperación. Pero hoy no toca. Todavía. En Marruecos, la revolución puede esperar.


Lejos de poder participar como candidatos, tampoco los inmigrantes lo tendrán fácil a la hora de votar en las próximas elecciones municipales en España. Salvo aquellos que se encuentren ya nacionalizados o cuenten con doble nacionalidad, el resto no podrá tampoco postularse para resultar elegidos en dicha convocatoria. Y no hablamos, por supuesto, de comicios autonómicos o generales.

Esta vez y en virtud de la nueva Ley de Extranjería y de otras normas entre las que figura lo estipulado en la propia Constitución, se ha arbitrado la posibilidad de que puedan acudir a las urnas del próximo mes de mayo en los ayuntamientos españoles aquellos inmigrantes cuyos países de origen cuenten con un acuerdo de reciprocidad que beneficie en similares circunstancias a los españoles emigrados a su vez a dichas naciones. En concreto, el espectro electoral se reduce a Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia, Paraguay, Chile, Cabo Verde, Nueva Zelanda y Noruega. ¿Cómo fijar el criterio de reciprocidad respecto a comunidades de inmigración tan importantes en España como las de Marruecos y China? Cierto es que los españoles residentes en dichos países no pueden acudir a los colegios electorales porque su ley no los permite. Pero, acaso, ¿nuestro criterio de libertad, democracia y sufragio universal coincide con los que están vigentes en el régimen comunista chino o en el de Marruecos, que avanza hacia la democracia plena con una velocidad digna de caracoles? Escasa suerte tiene hasta ahora la campaña “Aquí vivo, aquí voto” que lleva reclamando desde hace años que se amplíe la horquilla del censo electoral a todos los residentes en este país que construimos colectivamente.

Pero, además, en dicha situación de excepcionalidad, figuran también Argentina y Uruguay, cuyas constituciones respectivas reconocen desde hace un mundo el derecho al voto de los extranjeros residentes en dicho territorio, lo que no tendría que suponer, por lo tanto, la necesaria firma de un acuerdo de reciprocidad con España. Dicha redundancia, sin embargo, sí ha sido factible en los casos de Chile y de Perú, donde también se permite votar con ciertas restricciones a los extranjeros con permiso de trabajo y residencia.

Para colmo, el proceso que se ha llevado a cabo para que puedan ejercer su derecho los inmigrantes de los nueve países extracomunitarios llamados a participar en las municipales, también ha sido kafkiano. En primer lugar, los aspirantes a la condición de elector debían inscribirse como tales. ¿Imaginan que los españoles en similares circunstancias tuvieran también que hacerlo? De ser así, en mayo acudirían a las urnas los alcaldes, los alcaldables y sus respectivas familias. Y mucho sería. ¿Por qué se exige dicho trámite a los extranjeros como una nueva zancadilla burocrática a su participación efectiva en este proceso electoral? La desinformación se extendía desde las propias Corporaciones locales a la oficina del Censo Electoral y a las dependencias de Interior y de Inmigración, que carecían en muchos casos de datos fiables para orientar a los interesados.

Además, ese derecho fue escasísimamente publicitado entre la comunidad inmigrante, por lo que muchos de los posibles votantes siguen sin tener idea de que les asiste ese derecho. Para colmo, el plazo para la inscripción, que concluyó el pasado martes y que antes tuvo que ser ampliado durante diez días, vino a coincidir con las vacaciones de Navidad por lo que el número de días laborales se redujo al mínimo. Para colmo, a cada uno de los extranjeros que pretendan decidir quien va a gobernar su pueblo, se le exigía un certificado de residencia, que tarda más de diez días en expedirse tras una cita previa de otros ocho o diez días, más el pago de siete euros por dicho documento. Era tan escandalosa dicha exigencia que finalmente fue eliminada, pero tan sólo veinticuatro horas antes de que expirase el plazo previsto.

¿A quien le interesa que los inmigrantes no voten en las elecciones? No sólo se trataría del ejercicio legítimo de un derecho, sino también de un formidable antídoto contra las organizaciones que pretendieran que los mensajes racistas y xenófobos formase parte del discurso político en la próxima campaña.


Los sin techo en España ya no son anécdotas: se llaman treinta mil, según han computado los voluntarios que intentan socorrerles. Pero pueden ser más: los censos que hasta ahora se han realizado responden tan sólo a un puñado de ciudades y no a todas las localidades del país. En ciudades de mediano porte, como Cádiz, ya son 90. En las grandes áreas metropolitanas, ni se sabe.

Algunos de ellos, sin portal de Belén, terminan muriendo en un banco o en la cabina de un cajero automático. De frío o de olvido, de alcohol de quemar o de cualquier paraíso artificial que echarle a su desesperación. Cierto que algunos no quieren que se les ayude, pero eso no es suficiente pretexto para no prestarles auxilio. O, al menos, intentarlo. A veces, la policía sólo se les acerca para invitarles a tomar el sol en un lugar distinto al alféizar de los escaparates comerciales.

Les suelen atender en los comedores sociales, esa sopa más solidaria que boba a la que cada vez acuden con más frecuencia la gente que no hace mucho soñaba con ser clase media. La crisis es una cola ante un plato de comida.

Indigentes, les llaman. Invisibles se sienten. Algunos de ellos han leído la Constitución y saben que es un libro que promete trabajo y vivienda. Pero también conocen la diferencia entre el verbo prometer y el verbo comprometerse. La agencia Moody´s no entiende de presupuestos de protección social ni de salud pública.

Sin nada, como diría Federico, hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Una manta y un caldo que en la noche quizá les acerquen un puñado de voluntarios. Una ducha pública y un albergue que sólo puede guardarles durante tres días consecutivos. ¿Cuántos días dura la condena a la exclusión? Cadena perpetua, casi siempre.

“Es difícil encontrar un trabajo –me dice Vicente—y sobre todo es difícil mantenerlo. No suelen darnos un salario suficiente. ¿Cómo voy a pagar una habitación? Y si no duermo bastante, porque tengo que hacerlo en plena calle, no puedo trabajar bien al otro día”.

Otros no quieren hacerlo. Nos contemplan desde un orgullo rebelde, aunque un tanto inútil. Esa mirada también es el Tercer Mundo. Quizá es que nos escuchan denunciar, sin conocer a ciencia cierta de lo que estamos hablando, la precariedad en la red de alojamientos, la escasez de plazas en los centros existentes, la falta de espacios de intimidad, habitáculos insuficientes, mal dotados y con apenas recursos para algo más que la simple y esporádica subsistencia. A veces, leen las editoriales de los periódicos y se carcajean cuando hablan de austeridad. Ni su imagen ni sus palabras suelen aparecer en los papeles, en los discursos, en el retrato robot de nuestros días.

Acaba 2010, el Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social. Casi nadie lo ha sabido. Los nuevos Herodes de este tiempo nuevo que se parece tanto a los viejos tiempos quizá hayan ordenado no darles cobijo. Quizá terminemos felicitando las pascuas con la estampa de un clochard bajo un puente o con una piqueta entrando a saco en un barrio de chabolas.


Carteles con un nombre sustituyen en los mesabancos escolares a tres niños palestinos, de casi 300 que fallecieron durante el ataque Plomo Fundido. Jebaliya. (AP)

Bajo un fuego mortífero, las llamas del suelo y que no del cielo, provocan un reguero de lamentables muertes en Israel. Sin embargo, hay otro incendio sin demasiado humo mediático que es el que aflige a Gaza, desde hace mucho. El mayor campo de concentración al aire libre, en esta hora de la historia mundial, hacina a buena parte de la población palestina, cuya población lleva 62 años condenada a la diáspora, al exilio o a la convivencia con colonos cada vez más voraces que, en pos del agua o de la tierra, les hacinan, levantan muros en su derredor y condicionan el certificado de calidad de su democracia al partido político que gane las elecciones. Y si es Hamás, como ocurre allí, se acabó lo que se daba.

Malos tiempos para la lírica cuando la respuesta del lado palestino parece que se hermana con la de otros pueblos de la cornisa norte de Africa: si no puedes con tus enemigos, miéntales a la bicha. El integrismo islamista va sucediendo así al viejo talante laicista de Yasir Arafat. Pero, ahora que se van a cumplir dos años de la terrible Operación Plomo Fundido, no parece de recibo que haya que enjuiciar a las víctimas sino a sus verdugos.

Bajo ese prisma, se ha celebrado e en Antequera el Primer Foro de Debate “Después de Gaza, ¿qué?”, organizado por la Asociación Europea de Cooperación con Palestina, que preside el doctor Jehan Kamel Suleiman Rashid, residente en Málaga desde hace años y que, en esta ocasión, ha contado con la colaboración de la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo, dependiente de la Consejería de Presidencia, así como la hospitalidad de la Diputación de Málaga y del Ayuntamiento de Antequera.

Entre sus conclusiones, figuran la necesidad de unificación de la postura palestina a pesar de las legítimas diferencias políticas que existan en su seno, así como una exigencia a los organismos internacionales, empezando por la Unión Europea, para que se resuelva la consecución de un Estado palestino con capital en Jerusalén. También se ha insistido en la necesidad de mantener la ayuda española y europea a Gaza, a pesar de que, como en anteriores ocasiones, los centros de salud o de enseñanza que hayan podido construirse allí hayan sido destruidos por los ataques israelíes.

Entre los asistentes al foro, figuran especialistas en la región como el periodista egipcio Abdel Al Bakouri, quien insistió en la voracidad territorial de Israel cuyas fronteras no fueron definidas en su nacimiento como Estado, el economista Khaled Ata, miembro de la Comisión Palestina de Reconciliación, o Helmi Al Araaj, presidente del Centro Palestino de Derechos Humanos (Al – Hourrayat) en Ramala y miembro del Consejo Nacional Palestino, quien denunció las vulneraciones en materia de derechos civiles y el alto número de palestinos cautivos en las cárceles israelíes frente al solitario soldado Gilat Shalid secuestrado por Hamás. También acudió a la cita la brasileña Socorro Gomes, presidenta del Consejo Mundial de la Paz, o el documentalista israelí Eitan Wetzler, autor de más de 400 películas que reflejan la vida cotidiana del pueblo palestino y cuyas posiciones recuerdan a las de algunos de sus compatriotas como la ONG Bethselem, que suele denunciar los excesos de dicho Estado contra el pueblo que ocupaba dicho territorio. Entre la representación española, figuraba el eurodiputado Willy Meyer, de Izquierda Unida, muy crítico con la posición comunitaria en Oriente Próximo, Joaquín Rivas, director de la Agencia de Cooperación Internacional de Andalucía, o Antonio Zurita, director ejecutivo del Foro Andaluz de Municipios para la Solidaridad Internacional, partidario a pies juntillas de proseguir con la línea de apoyo al desarrollo en la región pero también decidido a que la sensibilización con la causa palestina constituya una de las directrices fundamentales de dicha organización.

“La Operación Plomo Fundido, tal y como se conoce al violento y mortífero ataque israelí a la Franja de Gaza, durante los meses de diciembre de 2008 y enero de 2009, no sólo constituyó un formidable crimen de guerra por las numerosísimas bajas entre la población civil, incluyendo a decenas de niños, sino una maniobra de propaganda política del Estado de Israel, con dos mensajes claros. Uno de ellos, dirigido hacia el pueblo palestino, en el sentido de que sería inútil cualquier resistencia ante el poderío militar del sionismo; y otro, un mensaje a los países amigos de Palestina y las entidades que colaboran con dicha causa, a quienes se pretende hacer ver la inutilidad de invertir en cooperación al desarrollo o en recursos públicos en la zona, ya que en unas horas la maquinaria bélica israelí puede destruir centros de salud o escuelas que cuesta tiempo, esfuerzo y dinero levantar”.

Ese fue el primer punto de un decálogo de conclusiones que los asistentes aprobaron por aclamación, no sin antes largas discusiones y debates. Desde su punto de vista, ninguno de tales propósitos se habría cumplido: “El pueblo palestino no abandona la resistencia sino que, a pesar de sus legítimas diferencias internas, mantiene una actitud clara de rechazo unitario a cualquier atisbo de rendición. Y, a pesar de la crisis económica, al menos en la Unión Europea y muy especialmente en Andalucía, no se han recortado hasta el momento las ayudas dirigidas a Palestina; un pueblo que sigue estando en el corazón de los europeos, aunque no parezca prioritario en las decisiones de algunos de sus gobiernos. En este marco, cabe destacar el firme compromiso de instituciones como la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP) o el Fondo Andaluz de Municipios para la Solidaridad Internacional (FAMSI), al objeto de sentar las bases de una cooperación estable con Palestina y con la sociedad civil que presta su apoyo a esta causa; institucionalizando, entre otras acciones, una mesa de trabajo permanente y una red en línea, que permita seguir trabajando en la acción y en la reflexión respecto a la situación en Gaza y Cisjordania, ampliando su espectro actual, desde las diputaciones, ayuntamientos, universidades y sociedad civil en general, a otros organismos como el Parlamento de Andalucía”.

“La Operación Plomo Fundido es un episodio más en la política expansionista del Estado de Israel, enunciada en su día por Ben Gurion como una patria sin fronteras determinadas que pueden ir creciendo exponencialmente. Algunos de los presentes no descartan, de hecho, que tras el fracaso de las distintas hojas de ruta que se han venido planteando para la consecución de un Estado palestino, puedan existir nuevas hostilidades en la región a corto y medio plazo”, proponen en otro de sus postulados.

A juicio de aquellos que siguen llevando a Gaza en el corazón y aunque hasta el momento, Israel ha abortado cualquier posibilidad de Estado palestino, con capital en Jerusalén, “ese debe seguir siendo un objetivo claro, a fin de subsanar dicha asignatura pendiente desde finales de los años 40 y demorada eternamente por los intereses israelíes y de sus aliados. Por ello, debemos mantenernos firmes en la defensa escrupulosa del derecho internacional, por parte de las instituciones que debieran encargarse de su cumplimiento, en especial Naciones Unidas, que carece de capacidad ejecutiva para que se cumplan sus resoluciones, y el Tribunal de La Haya”.
“La falta de una acción determinante por parte de algunas potencias mundiales y el consentimiento tácito de otras ha permitido que no se tome en serio la Paz en Oriente Próximo –analizan– ni se vea con claridad la necesidad real de una solución pacífica y equilibrada para el conflicto palestino-israelí, que supone un claro riesgo para la seguridad y estabilidad de la región y para el mundo en general. Así, se hace necesaria una posición de mayor rigor por parte de la comunidad internacional, a fin de que Israel cumpla con las resoluciones de Naciones Unidas, y debemos reclamar de los gobiernos europeos y de la propia Comisión una actitud más enérgica que incluya incluso la revocación de los acuerdos preferenciales suscritos con Israel, hasta en tanto este país no cumpla fehacientemente con sus compromisos en materia de derechos humanos”.

Sin embargo, también apuntan hacia otras dianas en el capítulo de responsabilidades, como incumbe por ejemplo a Estados Unidos, un país “heredero en gran medida del colonialismo británico y francés en Oriente Próximo, y cuya política, incluso en la era de Barack Obama, sigue estando atenta a los intereses del sionismo y no a una alternativa de equilibrio que devuelva la paz y la convivencia a la región. En ese sentido, sorprende que Washington vete sistemáticamente cualquier condena al Estado de Israel por parte de la Asamblea de la ONU, e incluso pretenda borrar algunas resoluciones adoptadas en el pasado, so pretexto de que ya resultan anacrónicas”.

“En este sentido y tras la cumbre celebrada por la OTAN en Lisboa, no resulta especialmente tranquilizador el hecho de que dicha organización confirme su investidura como supuesta pacificadora del mundo, sin mandato expreso de Naciones Unidas, lo cual deslegitima aún más los frágiles recursos que todavía tienen las comunidades más vulnerables del planeta a la hora de buscar arbitraje en este último organismo”.

Algunos de los palestinos presentes en el encuentro tampoco obviaron una mirada crítica hacia algunos otros vecinos, en un discurso que inspiró otra de las conclusiones del foro: “Tampoco debemos obviar el olvido que, en cierta medida, dispensa el mundo árabe en general a la causa palestina. Tras abandonar el panarabismo de los años 70, los árabes siguen afirmando que la causa palestina es la causa de todos ellos, pero no obstante dicha convicción hasta el momento presente no se traduce en hechos”.
“Gaza, hoy por hoy, sigue siendo un enorme campo de concentración a cielo abierto –describen–. Bloqueada por tierra y por mar, su pueblo sobrevive en medio de una precariedad estremecedora, que no sólo debemos aliviar con prestaciones solidarias y programas de ayuda al desarrollo, sino con una complicidad clara a la hora de exigir que se cumplan los acuerdos internacionales y con campañas de sensibilización que incorporen de nuevo a la agenda informativa este viejo contencioso, sin que para ello sean necesarias nuevas masacres como las que han jalonado la historia de los últimos 62 años en dicho territorio”.

Con frecuencia este tipo de iniciativas suelen ser tachadas de antisemitas por parte del Estado de Israel, que olvida que no sólo los hebreos son semitas sino que también el pueblo árabe lo es. Pero tampoco la defensa de la causa palestina puede convertirse en un pretexto contra los judíos en general. Al menos, eso aseguran los participantes en el foro, que dejan meridianamente clara su posición: “No se trata de enfrentar a árabes con judíos ni a los seguidores de Yavhé con los de Alah. Más allá de la apariencia del conflicto religioso o étnico, en este caso, subsisten intereses económicos, políticos y estratégicos fundamentales, que son los que justifican la historia reciente de este largo y violento ejercicio de terror de estado. Dentro y fuera de Israel, coexisten organizaciones y personalidades que, aparentemente minoritarias, consideran que la implantación por la fuerza de dicho Estado y la expulsión, exterminio y humillación de los palestinos, no supone el mejor antídoto a la larga diáspora, holocausto y marginación del pueblo hebreo. Si no se respeta el derecho internacional, ello no supondrá sólo un ataque claro hacia el pueblo palestino o hacia el pueblo árabe en general, sino contra todos los defensores de la democracia y de los derechos humanos por los que también dieron su vida numerosísimos sefarditas y asquenazis”.

Mientras los discursos prosiguen, las resoluciones siguen sin cumplirse y los colonos avanzan en la toma de territorios e incluso forman patrullas para perseguir a los palestinos. Dos años después de la Operación Plomo Fundido, no vendría mal recordar aquellos veinticinco días en que los palestinos vivieron peligrosamente: 1.400 muertos de entre ellos, frente a 14 israelíes fallecidos en ese mismo periodo y lugar, por no recontar los más de dos mil heridos y los daños materiales ocasionados a porfía. Coartada para Al Qaeda y puching ball para el fundamentalismo sionista, la bandera palestina sigue incluyendo el color de la esperanza.


Nayem Gareh

La diplomacia marroquí lleva veinte años intentando recabar apoyos a su visión del contencioso saharaui. Y se los ha cargado de un plumazo al asesinar a Nayem Gareh, un adolescente de tan sólo 14 años de edad. El trágico suceso del pasado 24 de octubre podría haberse explicado como un grave error, procediendo a dilucidar responsabilidades y a encausar a los gendarmes o a los militares que hubieran realizado los disparos sobre el automóvil en el que viajaban. Pero lejos de cualquier intento de arrojar luz y taquígrafos sobre el

particular, tardó cuarenta y ocho horas en ingeniar una coartada: un Nissan Patrol cargado de armas, decían, un delincuente habitual al volante, otros cinco heridos de gravedad, etcétera, etcétera.

Para colmo, a su familia no sólo le robaron su vida sino el derecho a enterrarle. Lo hicieron sus propios asesinos, en un lugar ignorado, sin duda para que su sepelio no se convirtiera en una nueva manifestación de protesta que sumar a ese campamento de Agdaym Izik, a las puertas de El Aaiún, donde ya veinte mil almas bajo ocho mil lonas exigen justicia sin que hasta ahora hayan ondeado sobre sus lonas banderas independentistas de la República Arabe Saharahui Democrática sino simples demandas de igualdad, migajas de tierra, perspectivas de futuro.

Apenas unas horas después de su asesinato, el muchacho fue enterrado con nocturnidad y alevosía. Eso sí, para guardar las formas, al padre medio ciego le llevaron a una remota oficina para que firmara un documento que no pudo leer porque es analfabeto. A cambio de 13.500 euros, renunciaba a cualquier tipo de acción legal contra los gobernantes. La ignorancia es barata y la arrogancia, repugnante.

Hamdi Lembarki

Hamdi Lembarki

En el caso de Nayem Gareh, llueve sobre mojado en el desierto. Cinco años atrás, Hamdi Lembarki fue asesinado a manos de dos policías que inicialmente fueron detenidos y condenados a diez años de prisión por el tribunal de Segunda Instancia en El Aaiun, una pena que fue rebajada a dos años al apelar, por lo que salieron de inmediato en libertad, siendo incorporados al servicio de inmediato.

Ahora, todo indica que ocurrirá lo mismo. La impunidad no es la mejor forma de consolidar un Estado de derecho, formula a la que Marruecos lleva aspirando sin éxito desde que Hassán II adhirió a su país a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, apenas unos años antes de su muerte.

Las balas que acabaron con la vida de Nayem Gareh también han rebotado contra la enésima intentona de desbloquear el proceso de paz, pendiente de un referéndum de autodeterminación que debiera haber tenido lugar en 1993 pero que todavía no se ha convocado. Durante el mes de noviembre que ahora comienza, si la autoridad lo permite y el tiempo no lo impide, marroquíes y polisarios volverán a encontrarse, por tercera vez, en una conferencia promovida en esta ocasión por Christopher Ross, el representante en la zona del Secretario General de la ONU, quien dos semanas atrás recorrió la región para convencer a las partes involucradas de incorporarse de nuevo a una ronda de negociaciones.

El asesinato del niño no fue inocente, pero quizá tampoco fuera casual. Tal vez a alguien le interese que su sangre derramada impida que las personas de buena voluntad, de un lado y otro del conflicto, puedan sentarse a la misma mesa. Tal vez el crimen pretendía que el Frente Polisario rompiera la baraja y no lo ha hecho. Sigue jugando sus cartas y ojalá la historia le reserve, por fin, una buena mano.


Mansur Escudero

Frente a la caricatura tan frecuente del Islam, Mansur Escudero (Almáchar, Málaga, 1947-Almodóvar del Río, Córdoba, 2010) representaba las esencias mejores de una religión cuyo nombre remoto significa paz. Fallecido el pasado día 3 de un infarto mientras cumplía con la oración de la mañana en su domicilio, su muerte le sobrevino cuando luchaba por un nuevo gesto simbólico, el de que se reconociera la historia de los moriscos españoles concediéndoles el Premio Príncipe de Asturias, justo cuando se cumplen cuatrocientos años de su expulsión de la Península.

El mismo era un morisco, pero no un fantasma. Representaba, en gran medida, el mejor imaginario de ese pasado histórico lleno de sombras pero rico en luces: licenciado en Medicina y Cirugía por la Complutense, se especializó en neuropsiquiatría. Discípulo de Carlos Castilla del Pino y forjado como él en el compromiso antifranquista, abrazó las enseñanzas del Corán en 1979, fruto de un proceso de reflexión personal que vino a coincidir en el tiempo con la progresiva recuperación en democracia de las viejas señas de identidad andalusíes. Sin embargo, mientras que otros conversos como el cordobés Abderrahman Medina enarbolaban el Corán como un hecho diferencial de la Andalucía mítica que era posible poner al día en un contexto político aunque lejos de los excesos reivindicativos de Al Qaeda. Escudero en cambio partía de un plano espiritual próximo al sufismo para defender la idea de que las creencias musulmanas podían ser compatibles con la razón, con la democracia y con el sentido contemporáneo de laicidad.

Así, en 1980, fundó la primera comunidad de musulmanes españoles, la Sociedad para el Retorno al Islam de España, que después se convertiría en la primera Junta Islámica de España. En 1996, se estableció en Almodóvar del Río, donde sigue teniendo su sede dicho organismo así como el Institutuo Halal, organismo dependiente de esta organización y único reconocido oficialmente en España para certificar productos y servicios con el sello Garantía Halal, para productos alimenticios destinados al consumo de la población musulmana y obtenidos bajo los rituales que fija la tradición coránica.

En 1995, junto con el almodovense Hashim Cabrera, funda la revista Verde Islam y en 1997 el portal islámico Webislam, así como una editorial en donde suelen publicarse obras que aportan una interpretación de las doctrinas de Mahoma y de sus seguidores, en las antípodas del fanatismo.

Lejos del fundamentalismo, venga de donde venga, otro de sus principales frentes de batalla estribó en la búsqueda de una solución ecuménica para el rezo en la Mezquita de Córdoba. Como bien se sabe, el monumento se mantuvo en pie tras su conversión en catedral católica, que mantiene dicho uso exclusivo en la actualidad, hasta el punto de que su cabildo se niega sistemáticamente a aceptar que creyentes de otras religiones puedan rezar en su interior: de hecho, durante la pasada primavera, dos turistas austríacos fueron detenidos tras intentar hacerlo, en compañía de un centenar de correligionarios que llegaron a enfrentarse a los guardias de seguridad cuando fueron a capturarles por lo que las autoridades eclesiásticas consideraron “un desagradable incidente”. En 2006, Escudero llegó a escribir al Papa una carta para que el nombre de Allah pudiera volver a pronunciarse entre los arcos de la Mezquita, pero fue inútil: el Obispado se siguió negando a ello, por lo que él protagonizó un acto de rezo público en el exterior del conjunto. Ahora, tras su fallecimiento, se sonrojaría tanto de que le llamen el San Francisco de Asís del Islam como debió de extrañarse por el hecho de que desde incluso partidos progresistas calificaran, en su día, aquella oración en la vía pública como una simple “payasada”. Polémico y radical le llamaban, sin embargo, desde la derecha extrema.

El director general de Relaciones con las Confesiones del ministerio de Justicia, José María Contreras, aseguraba que con la muerte del líder musulmán “se pierde al impulsor de un Islam más moderno”. Y el teólogo cristiano Juan José Tamayo defendía su memoria con las siguientes palabras: “Queda huérfana la comunidad musulmana española. Pero la orfandad se extiende a creyentes de otras religiones y a no creyentes de diferentes ideologías por la pérdida de una de las voces más audibles y respetadas de concordia, tolerancia y diálogo en la vida política, en la sociedad y en el de las religiones”.

Hace unas semanas, cuando Terry Jones, un telepredicador evangelista estadounidense amenazó en vano con quemar el Corán, despertando las simpatías y las iras de los iluminados de uno y de otro libro sagrado, Mansur Escudero se limitó a opinar: “El Corán es una revelación que está descendiendo siempre. El libro físico sólo es el reflejo de la palabra revelada. Quemar el libro, como pretende hacer el tipo ese de Estados Unidos, es una estupidez. No quemará más que un trozo de papel. Incluso si queman todos los coranes que hay en el mundo, el mensaje seguirá vivo en los creyentes”. Sin embargo, la muerte de ese siquiatra del alma supone sin duda una baja irreparable en las trincheras mundiales de la sensatez.


País hermoso, fascinante y cuajado de contrastes, desde el Bósforo a las chimeneas de las hadas que emergen de una Capadocia surrealista. ¿Qué pasaría en Taxin en el caso de que Turquía ingresara en la Unión Europea? ¿Imaginan bajo nuestras leyes del silencio a ese bullicioso barrio musical de Estambul, con edificios en donde se arraciman garitos de música tradicional, de jazz, de rock and roll o de humorismos varios, donde come y bebe una muchedumbre gritona? Habrá quien diga, y con razón, que peor sería admitir como socio de la Unión a un país que sigue machacando sistemáticamente a los kurdos: por cierto que, condenado en primera instancia, aún sigue en la cárcel el joven de dicha etnia que lanzó un fallido zapatazo en Sevilla contra el primer ministro Recept Tayyip Erdogan durante su reciente visita a la capital de Andalucía.

Erdogan está que se sale. Tras su victoria en las urnas del pasado domingo, en el referéndum sobre la reforma constitucional que limita el poder intervencionista del ejército, ha instaurado una democracia a la turca, por usar la misma expresión que el golpe de Estado supuestamente incruento que protagonizó el Ejército de dicho país en 1980 y que dicen que inspiró nuestro castizo 23-F del año siguiente. Por no hablar de la intervención militar en Chipre allá por 1973 so pretexto de evitar su anexión por Grecia. Ahora, en ese primer mundo que exporta libertades prêt-a-porter, hay quien se rasgas las vestiduras porque se luche contra el golpismo porque los militares turcos eran los presuntos garantes de la laicidad del Estado frente al peligro islamista en el país de la alianza de civilizacones. O sea que, ¿para impedir que los yihadistas lleguen al poder debemos aceptar la hipótesis del ruido de sables en vez del ruido de votos?

Es cierto que las enmiendas aprobadas el fin de semana fueron presentadas por el partido gobernante, AKP, islamista moderado. A juicio de la oposición, peligra el actual sistema judicial y el Estado puede terminar siendo confesional, algo que no ocurre en la Turquía que, a comienzos del siglo XX, reformó poderosamente Mustafá Atatürk, en ese eterno viaje hacia Occidente por parte de ese antiguo imperio cuya geografía se debate entre Europa y Africa. En cierta medida, Erdogan le ha enmendado la plana a aquel gran renovador de la realidad turca.

Pero el referéndum encierra muchas otras claves: hasta ahora, Turquía mantenía una estructura política similar a la de Francia con un claro reparto de poderes entre el primer ministro y el presidente de la República, un tal Abdullah Gül que hace poco ruido y que fue elegido por el Parlamento en 2007. Erdogan llegó al poder en 2003 y sus críticos le señalan ahora como un nuevo sultán cuya reforma constitucional puede deparar serios tijeretazos al poder legislativo del Parlamento.  Para ello, pretende aprobar una Carta Magna de claro contenido presidencialista, con mayores poderes para el jefe de Estado, un puesto al que presumiblemente aspiraría.  El empoderamiento de Erdogan podría vestir de democracia lo que en rigor constituiría una inercia con tufillo totalitario.

Sorprendentemente, todo esto parece haber satisfecho a la Unión Europea que viene ralentizando la posibilidad de que Turquía se sume a tal selecto club. En realidad, en materia de Derechos Humanos y a la vista de lo que viene ocurriendo en Italia y en Grecia durante los últimos años, no se sabe muy bien quien se está acercando a quién. Somos muchos quienes deseamos que un país de mayoría islamista enriquezca la heterodoxia cultural y religiosa del continente. Y no tememos como otros países comunitarios la competencia que pueda plantear su numerosa población a nuestros mercados comunes. Sin embargo, lo suyo sería que en materia de democracia, todos volviéramos a parecernos a la antigua Europa de la imaginación al poder, del bienestar y la libertad, la igualdad y la fraternidad;  que en paz descanse.


Si se supone que España es un país aconfesional, ¿por qué apenas tiene trascendencia el hecho de que más de un millón y medio de personas que viven entre nosotros, celebren este jueves el fin del ramadán? La religión católica es mayoritaria, claro, y todas sus celebraciones reciben la atención tumultuosa de la sociedad toda, de los poderes públicos y de los medios de comunicación.
Nadie parece dispuesto a pedir suplementos especiales en los periódicos para la fiesta del cordero ni que las televisiones transmitan las peregrinaciones a la Meca con el mismo entusiasmo que las alocuciones de Benedicto XVI desde la Plaza de San Pedro. Pero ya resulta algo más que una anécdota la presencia islámica en nuestro país, con un número altísimo de españoles que eligieron el Corán y cuya cifra se estima similar a la de los inmigrantes que practican dicha religión.
Actualmente, a escala europea, el número de musulmanes se estima en once millones, de los que más de cuatro millones viven en Francia y en su mayoría son magrebíes. Luego, Alemania con 2.500.000, en su inmensa mayoría de procedencia turca. En el Reino Unido, la cifra se aproxima cada vez más a los dos millones, medio millón de los cuales procederían de India y Pakistán.
Junto a la paulatina llegada a Europa de musulmanes procedentes de Asia y de Africa, como consecuencia de los procesos de independencia y de las migraciones políticas o económicas, numerosos europeos han abrazado la fe islámica, desde Cat Stevens a Roger Garaudy. Se trata de un proceso largo que ha terminado dibujando un Islam rico en matices que contempla desde unas características propias nacida de ese mestizaje de procedencias y que defienden en gran medida los jóvenes deseosos de romper sus ataduras con los países de origen de sus padres, a la poderosa línea salafista que algunos identifican erróneamente, en su conjunto, con el fanatismo violento que también existe como ha quedado sangrientamente demostrado en Londres o en Madrid.
Pero en su inmensa mayoría, buscan la paz, que a fin de cuentas es lo que significa Islam. Sin embargo, como el miedo guarda la viña, difícilmente la opinión pública termina distinguiendo entre unos y otros, por lo que no resulta raro que no sólo en Suiza se prohíban los minaretes de las mezquitas sino que en España tengan serias dificultades a la hora de abrirlas: los vecinos de Sevilla, por ejemplo, llevan diez años impidiendo que esto ocurra a pesar de que en dicha ciudad cuenta con numerosas mezquitas clandestinas, abiertas en garajes o en locales precarios sin ningún tipo de control respecto a sus imanes y las predicas del viernes.
Como eternos ciudadanos de segunda, no sólo ellos pierden. También quienes creemos firmemente en un Estado laico en donde todas las creencias se encuentren y se desencuentren a las claras del día. Lo contrario –el tapujo, la marginación, el ghetto, la mordaza—sencillamente terminará convirtiéndose en una peligrosa arma de relojería.


En San Petersburgo, en donde apenas llegó una nube de humo un domingo de agosto, no se han notado apenas los incendios que devastaron buena parte del país, pero allí hace tiempo que ardió el Estado, del todo a la nada como en un péndulo escalofriante. Del proteccionismo de la URSS a la liquidación de los servicios públicos, los últimos diecisiete años de vida en Rusia provocan que como algunos personajes de Tolstoi más de uno se pregunte cómo calentará su casa el próximo invierno.

Una sanidad pública depauperada, un sector turístico que intenta despegar a trancas y a barrancas, con la pobreza asomando sus orejas por entre los centros comerciales que todavía se benefician de un cierto proteccionismo estatal frente a los competidores extranjeros como Zara, a la que no se lo pusieron fácil a la hora de abrir su primera tienda en la antigua capital imperial de todas las rusias.

Por  sus calles se aprecia una pobreza digna pero también una patente desesperanza colectiva.  Remotos pero competentes clubes de jazz, en una ciudad en la que resulta difícil encontrar taxis y negociar su precio. A mansalva, el turismo sexual atrae a numerosos finlandeses mientras los viajeros asiáticos toman el palacio de invierno como si fueran bolcheviques: Lenin permanece inalterable frente a la Estación Finlandia y en el nombre que aún conserva la provincia.

La corrupción latente bien merecería una nueva novela de John Le Carré: el sampeterburgués Putin ha montado una red clientelar con sus viejos amigos de juventud, disparando los rumores en esta hermosa ciudad cuya construcción costó hace dos siglos cien mil muertos y que ahora vive, en gran medida, entre la envidia y el miedo. Ahora quiere jugar a Eiffel construyendo de extranjis una torre kistch que quizá provoque que la Unesco le retire el título de patrimonio de la humanidad.

Pero lo peor son las llamas que este verano acechó a buena parte del país como un símbolo de su política administrativa y económica. La privatización del servicio de guardabosques, por ejemplo, costó 70.000 empleos y podría ser una de las causas de la invencible extensión del fuego. Hoy por hoy, Rusia tan sólo cuenta con 22.000 bomberos sin demasiados medios ni recursos técnicos. El nuevo código de bosques ha descentralizado en teoría su gestión pero lo que ha provocado es que los magnates de la madera y del papel se beneficien de 800 millones de hectáreas pobladas de árboles en peligro de extinción. Se calcula que alrededor de 300.000 han resultado calcinadas bajo los incendios que llenaron Moscú de una humareda irrespirable.

En un país trufado de instalaciones nucleares cercadas por las llamas, quienes conocen algunos de los confines afectados, como es el caso de las regiones del Oeste, próximas a Ucrania, describen como en numerosas poblaciones, ya no existen siquiera compañías de bomberos porque nadie las financia y los depósitos anti-incendios se encuentran prácticamente abandonados. Más de cincuenta muertos arrojó el balance de dichos siniestros. Y lo peor estriba en pensar que pudieron ser muchos más.

Del puño de hierro de una dictadura centralizada, Rusia ha pasado al supuesto guante de seda de un régimen personalista, el de Vladimir Putin, que busca perpetuarse en el poder y que, incluso sobre las cenizas, no evita hacer campaña para las próximas presidenciales. Hace años, Bertolt Brecht citaba una vieja parábola de Gautama El Buda que, al acercarse a una casa que ardía, observó que sus habitantes seguían dentro. Les animó a escapar pero ellos le preguntaban si hacía frío afuera o si caerían en las brasas al salir de las ascuas. Así, los rusos. ¿Hasta cuándo seguirá aguantando dicho pueblo noble a un puñado de gángsters que no sólo juegan con su día a día sino que malbaratan su pobre democracia y trafican con aquel viejo sueño de libertad que fue capaz de seguir tenazmente vivo al otro lado del telón de acero? Quizá presentía todo ello Ana Ajmatova (1899-1966) cuando escribió: “No eres el que alguna vez conocí/ ni para esto re rescaté después/ de aquel fango ensangrentado”.