Fronteras – Juan José Téllez

A lo largo del mes de noviembre, la Península Ibérica vivirá una serie de movilizaciones contra la OTAN, con motivo de la cumbre de dicha organización que tendrá lugar en Lisboa los próximos días 19 y 20. Con posterioridad, la Base de Morón utilizada habitualmente por la aviación militar de los Estados Unidos será escenario de otra movilización, poco después de que ya se haya cerrado con la administración norteamericana un Expediente de Regulación de Empleo que afectará a más de 170 empleados civiles.

En dicho contexto, el pasado domingo día 7 de noviembre, se celebró la Marcha a Rota, que alcanzó su vigésimo quinta edición y que reclama el desmantelamiento de este tipo de instalaciones. A su término, una comitiva se aproximó a la entrada del gigantesco acuartelamiento aeronaval para hacerle entrega del discurso que había sido leído al fin de aquella manifestación que reunió a más de dos mil personas.

Al otro lado del filtro lateral de la Base, el cabo educadísimo no daba crédito. En vez de encontrarse con la caricatura del pacifismo estereotipado, se dio de bruces con Nieves García Benito, una escritora que se le identificó con las siguientes palabras: “Mi hijo rescataba gente en el mar y murió por ello. Hay muchas formas de servir a un país construyendo la paz”, evocó a su hijo, un geógrafo que figuró entre los tripulantes de un helicóptero de Salvamento Marítimo fatalmente accidentado en aguas de Almería durante el pasado mes de enero. Miró a los ojos al soldado y le pidió que le prometiera que entregaría el documento a la máxima autoridad de la Base. El no sólo le dijo que si, sino que le dio el pésame.

La marcha a Rota, sin embargo, vino a coincidir con llegada a las dársenas del buque Juan Carlos I y con la despedida del Almirante Jefe de la Base Naval, el contralmirante José María Pelluz Alcantud, que no se retira por la presión de los pacifistas sino que, sencillamente, pasa a la reserva.

Antes, también desde la tribuna, tuve ocasión de leer las palabras que siguen:

Porque no queremos que la muerte armada sea el horizonte cotidiano de nuestra casa.

Porque no queremos que sobre nuestros sueños vuelen aviones cargados de presos secretos hacia las mazmorras sin ley donde se tortura a los derechos humanos.

Porque tampoco deseamos que la metralla que aniquila poblaciones civiles de lugares remotos viaje sobre las alas que anidan junto a nuestro playa o naveguen a bordo de tiburones de metal a los que hemos dado asilo en nuestras aguas.

Porque no deseamos ser cómplices ni vecinos de esa forma de terror que lleva puesto el pasamontañas de la guerra.

Por eso estamos aquí y por eso estuvimos más de veinticuatro veces antes. Armados de razón y desarmados de ira. Armados de paciencia y heridos de rabia. Muertos de miedo y muertos de vergüenza.

Emprendimos esta larga marcha a favor de la vida y en contra de la eterna edad de los metales, cuando el mundo se dividía en bloques y los imperios repartían su ambición de poder hasta que el más fuerte, el de los becerros de oro y el crimen de la opulencia, derribó telones de acero y banderas de revoluciones cansadas.

Por el camino, hubo quemaduras de NAPALM y aldeas destrozadas, tiranos alimentados por dólares o rublos, compraventa de armas y de esclavos, pequeñas ofensivas que provocaban grandes desastres fieramente humanos.

Fue entonces cuando Estados Unidos, en lugar del Plan Marshall que reconstruía a Europa, le compró al salvador de España un puñado de tierras en distintos confines de la Península para izar la bandera de las barras y estrellas sobre un país que ya era un largo valle de lágrimas.

Fue entonces cuando nos metieron en la OTAN, ya en plena democracia según dicen, sin aguiluchos sobre los estandartes pero con los buitres de siempre rondando desde mucho tiempo atrás esta antigua encrucijada de camino a la que llamamos Península Ibérica, que ojalá se convirtiera desde Lisboa a Morón, durante este mes de noviembre, en aquella balsa de piedra que soñó José Saramago, quien ya no puede acompañarnos en la aventura de echar a nadar nuestros mejores sueños.

Y fue entonces también, veinticinco marchas atrás, cuando empezamos a acudir hasta las puertas de la base, ya tocase elecciones o intentos de golpes de Estado, ya prometiesen el cambio o el así sí de la entrada en la Alianza Atlántica.

Nos dijeron por aquellos tiempos que España se desnuclearizaría. Ahora, veinticinco marchas después, seguimos sin saber qué ingenios nucleares cruzan nuestro aire o arriban a estos puertos. Ahora, veinticinco años después, los mismos que pregonaban que habríamos de estar en la OTAN para fabricar la paz, nos quieren hacer creer que la energía nuclear es la más segura de todas las energías.

Nos dijeron entonces que España no entraría en la estructura militar de la OTAN. Habríamos de preguntarnos entonces, por ejemplo, qué hace España y sus soldados en aquella Afganistán en donde en otros momentos Estados Unidos le pagaba a Bin Laden para hacerle la guerra a la Unión Soviética.

Nos ofrecieron promesas como los conquistadores brindan baratijas. Y lo siguieron haciendo con el correr de los años, cuando desde Torrejón y Zaragoza, desde Rota y Morón o Gibraltar, bajo bandera del Reino Unido, se apuntaban las miras telescópicas de las guerras de las galaxias contra Libia o contra Irak, o contra cualquiera que se moviese, fuese un déspota o no lo fuese, de la foto fija del pensamiento único y de la avaricia diversa.

Cambiaban los mapas y cambiaban los bandos, pero nosotros sabemos, veinticinco marchas después, que los arsenales siguen siendo parecidos, sólo que han ido fabricando nuevas y más sofisticadas máquinas para el asesinato colectivo y que han ido perfeccionando sus discursos.

Ahora hablan de exportar democracia en la punta de las bayonetas, cuando tan sólo pretenden exportar negociantes y transnacionales, bancos opulentos que nos arrodillan en la pobreza y que para obtener dividendos no tienen en cuenta los humildes daños colaterales que sufren aquellos que ya no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega.

Ahora, hablan de proteger a la mujer como ocurrió en Afganistán, pero diez años después del inicio de aquella contienda con el beneplácito de las Naciones Unidas y tras los atentados del 11 de septiembre, la mujer sigue siendo un blanco fácil, no sólo de las fuerzas de ocupación o de la guerrilla de los talibán, sino en la vida cotidiana, machacadas por tirios y troyanos, humilladas por propios e invasores.

Ahora, hablan de choque de civilizaciones entre el cristianismo y el Islam. ¿Qué podemos hacer entonces aquellos que no comulgamos con ruedas de molino ni creemos que la media luna sea un alfanje ni utilizamos a Yavhé para aniquilar palestinos? ¿Qué tipo de civilización puede creer que para preparar la paz haya que prepararse para la guerra?

A lo largo de veinticinco marchas, hemos venido hasta aquí acompañados por Rafael Alberti o por John Lennon, aunque también lo hemos hecho en otras ocasiones, cuando pensábamos que estaba seriamente en riesgo todo aquello que dicen defender quienes amartillan la pistola de la desconfianza frente a la desnudez del ser humano.

Ahora, volvemos a hacerlo, en un tiempo raramente nuevo, en el que las guerras también se libran sobre el parquet de las bolsas y en las colas del paro, cuando los tanques tienen a veces forma de consejos de administración y en una trinchera o en otra, siempre caen los mismos, los sin nada, los sin vida.

Y cuando ya sabemos y muchos que no lo sabían ya lo saben, que en las bases no amarran los perros con longanizas, y se niegan incluso a negociar convenios con los trabajadores civiles, España debería al menos negarse a negociar el próximo convenio bilateral con Estados Unidos, darle el mismo trato que da el Tío Sam a sus propios empleados.

O cuando se pone sobre el tapete un Expediente de Regulación de Empleo en la Base de Morón, nuestros gobernantes quizá debieran proponer un expediente de regulación de empleo contra sus C-17 Globemaster III o sus Eurofighter Typhoon, para que el supermán del miedo monte sus bases en la Casa Blanca o a la vera del número 10 de Downing Street.

Pero que nadie se engañe. No sólo Estados Unidos y Gran Bretaña son los dueños del Estrecho de Gibraltar ni son los únicos que dejan morir a los ocupantes de una patera frente a estas costas o los que reparan un submarino nuclear a riesgo de una población de miles de personas que ignoran sencillamente qué pueden hacer cuando la radiación llame al timbre de sus casas.

España también es cómplice de esa espiral de tinieblas, de esa violencia que arroja excelente resultados en la balanza de pagos, porque seguimos exportando armas hacia lugares a menudo sin libertad donde la metralla busca cuerpos culpables o inocentes. Y porque, como aquella dictadura que arrendaba su patria al mejor postor, seguimos ofreciendo nuestras pistas de aterrizaje y nuestros muelles a quienes dictan a mano armada una ley basada en los intereses de los mercados y no en la soberanía de los pueblos.

Por eso, desde hace veinticinco marchas, estamos aquí. Y lo seguiremos estando, a veces a puñados y otras en muchedumbre. La paz no se logra en un día pero si no se logra algún día es que el género humano no tendrá sentido.


Nayem Gareh

La diplomacia marroquí lleva veinte años intentando recabar apoyos a su visión del contencioso saharaui. Y se los ha cargado de un plumazo al asesinar a Nayem Gareh, un adolescente de tan sólo 14 años de edad. El trágico suceso del pasado 24 de octubre podría haberse explicado como un grave error, procediendo a dilucidar responsabilidades y a encausar a los gendarmes o a los militares que hubieran realizado los disparos sobre el automóvil en el que viajaban. Pero lejos de cualquier intento de arrojar luz y taquígrafos sobre el

particular, tardó cuarenta y ocho horas en ingeniar una coartada: un Nissan Patrol cargado de armas, decían, un delincuente habitual al volante, otros cinco heridos de gravedad, etcétera, etcétera.

Para colmo, a su familia no sólo le robaron su vida sino el derecho a enterrarle. Lo hicieron sus propios asesinos, en un lugar ignorado, sin duda para que su sepelio no se convirtiera en una nueva manifestación de protesta que sumar a ese campamento de Agdaym Izik, a las puertas de El Aaiún, donde ya veinte mil almas bajo ocho mil lonas exigen justicia sin que hasta ahora hayan ondeado sobre sus lonas banderas independentistas de la República Arabe Saharahui Democrática sino simples demandas de igualdad, migajas de tierra, perspectivas de futuro.

Apenas unas horas después de su asesinato, el muchacho fue enterrado con nocturnidad y alevosía. Eso sí, para guardar las formas, al padre medio ciego le llevaron a una remota oficina para que firmara un documento que no pudo leer porque es analfabeto. A cambio de 13.500 euros, renunciaba a cualquier tipo de acción legal contra los gobernantes. La ignorancia es barata y la arrogancia, repugnante.

Hamdi Lembarki

Hamdi Lembarki

En el caso de Nayem Gareh, llueve sobre mojado en el desierto. Cinco años atrás, Hamdi Lembarki fue asesinado a manos de dos policías que inicialmente fueron detenidos y condenados a diez años de prisión por el tribunal de Segunda Instancia en El Aaiun, una pena que fue rebajada a dos años al apelar, por lo que salieron de inmediato en libertad, siendo incorporados al servicio de inmediato.

Ahora, todo indica que ocurrirá lo mismo. La impunidad no es la mejor forma de consolidar un Estado de derecho, formula a la que Marruecos lleva aspirando sin éxito desde que Hassán II adhirió a su país a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, apenas unos años antes de su muerte.

Las balas que acabaron con la vida de Nayem Gareh también han rebotado contra la enésima intentona de desbloquear el proceso de paz, pendiente de un referéndum de autodeterminación que debiera haber tenido lugar en 1993 pero que todavía no se ha convocado. Durante el mes de noviembre que ahora comienza, si la autoridad lo permite y el tiempo no lo impide, marroquíes y polisarios volverán a encontrarse, por tercera vez, en una conferencia promovida en esta ocasión por Christopher Ross, el representante en la zona del Secretario General de la ONU, quien dos semanas atrás recorrió la región para convencer a las partes involucradas de incorporarse de nuevo a una ronda de negociaciones.

El asesinato del niño no fue inocente, pero quizá tampoco fuera casual. Tal vez a alguien le interese que su sangre derramada impida que las personas de buena voluntad, de un lado y otro del conflicto, puedan sentarse a la misma mesa. Tal vez el crimen pretendía que el Frente Polisario rompiera la baraja y no lo ha hecho. Sigue jugando sus cartas y ojalá la historia le reserve, por fin, una buena mano.


Mansur Escudero

Frente a la caricatura tan frecuente del Islam, Mansur Escudero (Almáchar, Málaga, 1947-Almodóvar del Río, Córdoba, 2010) representaba las esencias mejores de una religión cuyo nombre remoto significa paz. Fallecido el pasado día 3 de un infarto mientras cumplía con la oración de la mañana en su domicilio, su muerte le sobrevino cuando luchaba por un nuevo gesto simbólico, el de que se reconociera la historia de los moriscos españoles concediéndoles el Premio Príncipe de Asturias, justo cuando se cumplen cuatrocientos años de su expulsión de la Península.

El mismo era un morisco, pero no un fantasma. Representaba, en gran medida, el mejor imaginario de ese pasado histórico lleno de sombras pero rico en luces: licenciado en Medicina y Cirugía por la Complutense, se especializó en neuropsiquiatría. Discípulo de Carlos Castilla del Pino y forjado como él en el compromiso antifranquista, abrazó las enseñanzas del Corán en 1979, fruto de un proceso de reflexión personal que vino a coincidir en el tiempo con la progresiva recuperación en democracia de las viejas señas de identidad andalusíes. Sin embargo, mientras que otros conversos como el cordobés Abderrahman Medina enarbolaban el Corán como un hecho diferencial de la Andalucía mítica que era posible poner al día en un contexto político aunque lejos de los excesos reivindicativos de Al Qaeda. Escudero en cambio partía de un plano espiritual próximo al sufismo para defender la idea de que las creencias musulmanas podían ser compatibles con la razón, con la democracia y con el sentido contemporáneo de laicidad.

Así, en 1980, fundó la primera comunidad de musulmanes españoles, la Sociedad para el Retorno al Islam de España, que después se convertiría en la primera Junta Islámica de España. En 1996, se estableció en Almodóvar del Río, donde sigue teniendo su sede dicho organismo así como el Institutuo Halal, organismo dependiente de esta organización y único reconocido oficialmente en España para certificar productos y servicios con el sello Garantía Halal, para productos alimenticios destinados al consumo de la población musulmana y obtenidos bajo los rituales que fija la tradición coránica.

En 1995, junto con el almodovense Hashim Cabrera, funda la revista Verde Islam y en 1997 el portal islámico Webislam, así como una editorial en donde suelen publicarse obras que aportan una interpretación de las doctrinas de Mahoma y de sus seguidores, en las antípodas del fanatismo.

Lejos del fundamentalismo, venga de donde venga, otro de sus principales frentes de batalla estribó en la búsqueda de una solución ecuménica para el rezo en la Mezquita de Córdoba. Como bien se sabe, el monumento se mantuvo en pie tras su conversión en catedral católica, que mantiene dicho uso exclusivo en la actualidad, hasta el punto de que su cabildo se niega sistemáticamente a aceptar que creyentes de otras religiones puedan rezar en su interior: de hecho, durante la pasada primavera, dos turistas austríacos fueron detenidos tras intentar hacerlo, en compañía de un centenar de correligionarios que llegaron a enfrentarse a los guardias de seguridad cuando fueron a capturarles por lo que las autoridades eclesiásticas consideraron “un desagradable incidente”. En 2006, Escudero llegó a escribir al Papa una carta para que el nombre de Allah pudiera volver a pronunciarse entre los arcos de la Mezquita, pero fue inútil: el Obispado se siguió negando a ello, por lo que él protagonizó un acto de rezo público en el exterior del conjunto. Ahora, tras su fallecimiento, se sonrojaría tanto de que le llamen el San Francisco de Asís del Islam como debió de extrañarse por el hecho de que desde incluso partidos progresistas calificaran, en su día, aquella oración en la vía pública como una simple “payasada”. Polémico y radical le llamaban, sin embargo, desde la derecha extrema.

El director general de Relaciones con las Confesiones del ministerio de Justicia, José María Contreras, aseguraba que con la muerte del líder musulmán “se pierde al impulsor de un Islam más moderno”. Y el teólogo cristiano Juan José Tamayo defendía su memoria con las siguientes palabras: “Queda huérfana la comunidad musulmana española. Pero la orfandad se extiende a creyentes de otras religiones y a no creyentes de diferentes ideologías por la pérdida de una de las voces más audibles y respetadas de concordia, tolerancia y diálogo en la vida política, en la sociedad y en el de las religiones”.

Hace unas semanas, cuando Terry Jones, un telepredicador evangelista estadounidense amenazó en vano con quemar el Corán, despertando las simpatías y las iras de los iluminados de uno y de otro libro sagrado, Mansur Escudero se limitó a opinar: “El Corán es una revelación que está descendiendo siempre. El libro físico sólo es el reflejo de la palabra revelada. Quemar el libro, como pretende hacer el tipo ese de Estados Unidos, es una estupidez. No quemará más que un trozo de papel. Incluso si queman todos los coranes que hay en el mundo, el mensaje seguirá vivo en los creyentes”. Sin embargo, la muerte de ese siquiatra del alma supone sin duda una baja irreparable en las trincheras mundiales de la sensatez.


País hermoso, fascinante y cuajado de contrastes, desde el Bósforo a las chimeneas de las hadas que emergen de una Capadocia surrealista. ¿Qué pasaría en Taxin en el caso de que Turquía ingresara en la Unión Europea? ¿Imaginan bajo nuestras leyes del silencio a ese bullicioso barrio musical de Estambul, con edificios en donde se arraciman garitos de música tradicional, de jazz, de rock and roll o de humorismos varios, donde come y bebe una muchedumbre gritona? Habrá quien diga, y con razón, que peor sería admitir como socio de la Unión a un país que sigue machacando sistemáticamente a los kurdos: por cierto que, condenado en primera instancia, aún sigue en la cárcel el joven de dicha etnia que lanzó un fallido zapatazo en Sevilla contra el primer ministro Recept Tayyip Erdogan durante su reciente visita a la capital de Andalucía.

Erdogan está que se sale. Tras su victoria en las urnas del pasado domingo, en el referéndum sobre la reforma constitucional que limita el poder intervencionista del ejército, ha instaurado una democracia a la turca, por usar la misma expresión que el golpe de Estado supuestamente incruento que protagonizó el Ejército de dicho país en 1980 y que dicen que inspiró nuestro castizo 23-F del año siguiente. Por no hablar de la intervención militar en Chipre allá por 1973 so pretexto de evitar su anexión por Grecia. Ahora, en ese primer mundo que exporta libertades prêt-a-porter, hay quien se rasgas las vestiduras porque se luche contra el golpismo porque los militares turcos eran los presuntos garantes de la laicidad del Estado frente al peligro islamista en el país de la alianza de civilizacones. O sea que, ¿para impedir que los yihadistas lleguen al poder debemos aceptar la hipótesis del ruido de sables en vez del ruido de votos?

Es cierto que las enmiendas aprobadas el fin de semana fueron presentadas por el partido gobernante, AKP, islamista moderado. A juicio de la oposición, peligra el actual sistema judicial y el Estado puede terminar siendo confesional, algo que no ocurre en la Turquía que, a comienzos del siglo XX, reformó poderosamente Mustafá Atatürk, en ese eterno viaje hacia Occidente por parte de ese antiguo imperio cuya geografía se debate entre Europa y Africa. En cierta medida, Erdogan le ha enmendado la plana a aquel gran renovador de la realidad turca.

Pero el referéndum encierra muchas otras claves: hasta ahora, Turquía mantenía una estructura política similar a la de Francia con un claro reparto de poderes entre el primer ministro y el presidente de la República, un tal Abdullah Gül que hace poco ruido y que fue elegido por el Parlamento en 2007. Erdogan llegó al poder en 2003 y sus críticos le señalan ahora como un nuevo sultán cuya reforma constitucional puede deparar serios tijeretazos al poder legislativo del Parlamento.  Para ello, pretende aprobar una Carta Magna de claro contenido presidencialista, con mayores poderes para el jefe de Estado, un puesto al que presumiblemente aspiraría.  El empoderamiento de Erdogan podría vestir de democracia lo que en rigor constituiría una inercia con tufillo totalitario.

Sorprendentemente, todo esto parece haber satisfecho a la Unión Europea que viene ralentizando la posibilidad de que Turquía se sume a tal selecto club. En realidad, en materia de Derechos Humanos y a la vista de lo que viene ocurriendo en Italia y en Grecia durante los últimos años, no se sabe muy bien quien se está acercando a quién. Somos muchos quienes deseamos que un país de mayoría islamista enriquezca la heterodoxia cultural y religiosa del continente. Y no tememos como otros países comunitarios la competencia que pueda plantear su numerosa población a nuestros mercados comunes. Sin embargo, lo suyo sería que en materia de democracia, todos volviéramos a parecernos a la antigua Europa de la imaginación al poder, del bienestar y la libertad, la igualdad y la fraternidad;  que en paz descanse.


Si se supone que España es un país aconfesional, ¿por qué apenas tiene trascendencia el hecho de que más de un millón y medio de personas que viven entre nosotros, celebren este jueves el fin del ramadán? La religión católica es mayoritaria, claro, y todas sus celebraciones reciben la atención tumultuosa de la sociedad toda, de los poderes públicos y de los medios de comunicación.
Nadie parece dispuesto a pedir suplementos especiales en los periódicos para la fiesta del cordero ni que las televisiones transmitan las peregrinaciones a la Meca con el mismo entusiasmo que las alocuciones de Benedicto XVI desde la Plaza de San Pedro. Pero ya resulta algo más que una anécdota la presencia islámica en nuestro país, con un número altísimo de españoles que eligieron el Corán y cuya cifra se estima similar a la de los inmigrantes que practican dicha religión.
Actualmente, a escala europea, el número de musulmanes se estima en once millones, de los que más de cuatro millones viven en Francia y en su mayoría son magrebíes. Luego, Alemania con 2.500.000, en su inmensa mayoría de procedencia turca. En el Reino Unido, la cifra se aproxima cada vez más a los dos millones, medio millón de los cuales procederían de India y Pakistán.
Junto a la paulatina llegada a Europa de musulmanes procedentes de Asia y de Africa, como consecuencia de los procesos de independencia y de las migraciones políticas o económicas, numerosos europeos han abrazado la fe islámica, desde Cat Stevens a Roger Garaudy. Se trata de un proceso largo que ha terminado dibujando un Islam rico en matices que contempla desde unas características propias nacida de ese mestizaje de procedencias y que defienden en gran medida los jóvenes deseosos de romper sus ataduras con los países de origen de sus padres, a la poderosa línea salafista que algunos identifican erróneamente, en su conjunto, con el fanatismo violento que también existe como ha quedado sangrientamente demostrado en Londres o en Madrid.
Pero en su inmensa mayoría, buscan la paz, que a fin de cuentas es lo que significa Islam. Sin embargo, como el miedo guarda la viña, difícilmente la opinión pública termina distinguiendo entre unos y otros, por lo que no resulta raro que no sólo en Suiza se prohíban los minaretes de las mezquitas sino que en España tengan serias dificultades a la hora de abrirlas: los vecinos de Sevilla, por ejemplo, llevan diez años impidiendo que esto ocurra a pesar de que en dicha ciudad cuenta con numerosas mezquitas clandestinas, abiertas en garajes o en locales precarios sin ningún tipo de control respecto a sus imanes y las predicas del viernes.
Como eternos ciudadanos de segunda, no sólo ellos pierden. También quienes creemos firmemente en un Estado laico en donde todas las creencias se encuentren y se desencuentren a las claras del día. Lo contrario –el tapujo, la marginación, el ghetto, la mordaza—sencillamente terminará convirtiéndose en una peligrosa arma de relojería.


En San Petersburgo, en donde apenas llegó una nube de humo un domingo de agosto, no se han notado apenas los incendios que devastaron buena parte del país, pero allí hace tiempo que ardió el Estado, del todo a la nada como en un péndulo escalofriante. Del proteccionismo de la URSS a la liquidación de los servicios públicos, los últimos diecisiete años de vida en Rusia provocan que como algunos personajes de Tolstoi más de uno se pregunte cómo calentará su casa el próximo invierno.

Una sanidad pública depauperada, un sector turístico que intenta despegar a trancas y a barrancas, con la pobreza asomando sus orejas por entre los centros comerciales que todavía se benefician de un cierto proteccionismo estatal frente a los competidores extranjeros como Zara, a la que no se lo pusieron fácil a la hora de abrir su primera tienda en la antigua capital imperial de todas las rusias.

Por  sus calles se aprecia una pobreza digna pero también una patente desesperanza colectiva.  Remotos pero competentes clubes de jazz, en una ciudad en la que resulta difícil encontrar taxis y negociar su precio. A mansalva, el turismo sexual atrae a numerosos finlandeses mientras los viajeros asiáticos toman el palacio de invierno como si fueran bolcheviques: Lenin permanece inalterable frente a la Estación Finlandia y en el nombre que aún conserva la provincia.

La corrupción latente bien merecería una nueva novela de John Le Carré: el sampeterburgués Putin ha montado una red clientelar con sus viejos amigos de juventud, disparando los rumores en esta hermosa ciudad cuya construcción costó hace dos siglos cien mil muertos y que ahora vive, en gran medida, entre la envidia y el miedo. Ahora quiere jugar a Eiffel construyendo de extranjis una torre kistch que quizá provoque que la Unesco le retire el título de patrimonio de la humanidad.

Pero lo peor son las llamas que este verano acechó a buena parte del país como un símbolo de su política administrativa y económica. La privatización del servicio de guardabosques, por ejemplo, costó 70.000 empleos y podría ser una de las causas de la invencible extensión del fuego. Hoy por hoy, Rusia tan sólo cuenta con 22.000 bomberos sin demasiados medios ni recursos técnicos. El nuevo código de bosques ha descentralizado en teoría su gestión pero lo que ha provocado es que los magnates de la madera y del papel se beneficien de 800 millones de hectáreas pobladas de árboles en peligro de extinción. Se calcula que alrededor de 300.000 han resultado calcinadas bajo los incendios que llenaron Moscú de una humareda irrespirable.

En un país trufado de instalaciones nucleares cercadas por las llamas, quienes conocen algunos de los confines afectados, como es el caso de las regiones del Oeste, próximas a Ucrania, describen como en numerosas poblaciones, ya no existen siquiera compañías de bomberos porque nadie las financia y los depósitos anti-incendios se encuentran prácticamente abandonados. Más de cincuenta muertos arrojó el balance de dichos siniestros. Y lo peor estriba en pensar que pudieron ser muchos más.

Del puño de hierro de una dictadura centralizada, Rusia ha pasado al supuesto guante de seda de un régimen personalista, el de Vladimir Putin, que busca perpetuarse en el poder y que, incluso sobre las cenizas, no evita hacer campaña para las próximas presidenciales. Hace años, Bertolt Brecht citaba una vieja parábola de Gautama El Buda que, al acercarse a una casa que ardía, observó que sus habitantes seguían dentro. Les animó a escapar pero ellos le preguntaban si hacía frío afuera o si caerían en las brasas al salir de las ascuas. Así, los rusos. ¿Hasta cuándo seguirá aguantando dicho pueblo noble a un puñado de gángsters que no sólo juegan con su día a día sino que malbaratan su pobre democracia y trafican con aquel viejo sueño de libertad que fue capaz de seguir tenazmente vivo al otro lado del telón de acero? Quizá presentía todo ello Ana Ajmatova (1899-1966) cuando escribió: “No eres el que alguna vez conocí/ ni para esto re rescaté después/ de aquel fango ensangrentado”.


Hermosa y kistch exposición universal de Shanghai 2010. Miles de chinos se asoman al mundo sin salir de su país. Un pretexto ecológico, el de las ciudades habitables, recorre este enorme recinto a orillas del río Huang Gpu. Muy cerca, bajo los rascacielos de Pudong, el capitalismo mueve sus habituales juegos de Monopoly. En la ciudad vieja, todavía están en pie los edificios que albergaron a los antiguos sindicatos o al pionero Partido Comunista de China.

La economía china crece inexorablemente y a las autoridades locales les preocupa tanto crecimiento. Las calles son un muestrario de vehículos de alta gama. Y un pueblo acostumbrado a los hijos únicos y los visitantes de la Expo, poco acostumbrados a ver occidentales más allá de las grandes ciudades, se hacen fotografías con los guiris y con Miguelín, el bebé gigantesco, rubio y de ojos azules, que Isabel Coixet ha diseñado para que sueñe el futuro en el Pabellón de España.

¿Dónde queda allí el Pabellón de los Derechos Humanos? Nadie parece creer que ese asunto sea prioritario en un país en el que los expertos recuentan hasta 35 millones de muertes desde el inicio de la revolución hasta hoy. Los cambios en la economía que se han ido suscitando desde los años 70 no han afectado en demasía a los cambios en la política: un partido único, una férrea censura que alcanza a Internet y apenas aliviada en los medios que no se expresan en chino aunque se editen en el país, etc, etc. Una tormenta perfecta es la que vive China: todos los inconvenientes del liberalismo y ninguna de sus ventajas.

¿Cuántos gobiernos han denunciado al ejecutivo de Wen Jiabao por la reciente detención del escritor Yu Jie?. Una biografía sobre el mandatario, de próxima aparición bajo el título de El Mejor Actor de China, le ha llevado a la trena. Antes de detenerle, agentes de la policía secreta ya le habían advertido de que de publicar su obra, podría correr la misma suerte de Liu Xiaobo, otro escritor sentenciado a 11 años de prisión en diciembre pasado acusado de “incitación a subvertir el poder del Estado”, un cargo habitual en la legislación china y que pesa sobre cualquier suerte de disidencia. Como fundamento para su detención, las autoridades apelan a que criticar al presidente “daña los intereses del país y su seguridad”.

En la actualidad, según cifras de ongs y de organismos supranacionales, alrededor de dos centenares de miles de personas se encuentran internadas en China en los denominados centros de “reeducación por el trabajo”, donde se les fuerza a trabajar en régimen de esclavitud durante 16 horas diarias. Y más allá de la obsesión por la pintoresca secta del Falun Gong que supone la persecución sistemática de sus seguidores, según el Parlamento Europeo y Human Rights Watch, la mordaza es una prenda de moda en esta enorme nación de antiguos dragones.

Así, un periodista uigur acaba de ser condenado a 15 años de prisión. ¿Por qué? Por advertir a la opinión pública sobre el malestar que recorría su región y realizar luego declaraciones condenando el papel jugado por el Gobierno. Los uigures, que cuentan con su propia lengua, pertenecen a un grupo étnico que vive en las regiones del noroeste de la República y principalmente en una Región Autónoma, la de Xinjiang o Sin-kiang, aunque también se reparten por otros territorios chinos como la provincia de Hunan y más allá de sus fronteras, en Uzbekistán, Kazajistán y Kirguistán. Pekín –o Beijing como ahora se transcribe—les reconoce oficialmente junto con otras 55 minorías étnicas. Pero hace justo un año se lió la grande: los disturbios se originaron el 5 de julio de 2009 por varias cuestiones, como el hecho de que se estuviera incentivando a los jóvenes y especialmente a las mujeres a emigrar al sur del país desvinculándoles de su pueblo. Para colmo, una serie de asesinatos de los que fueron víctimas siguen sin aclararse y ese día la población se echó a las calles de la capital, Urumki, para exigir justicia.

El resultado fue, como ha denunciado Amnistía Internacional, un desmedido uso de la fuerza, detenciones masivas, desapariciones, torturas y malos tratos. “La versión oficial deja demasiadas preguntas sin respuesta: ¿Cuántas personas murieron realmente? ¿Quién las mató? ¿Cómo ocurrió y por qué?”, declara Catherine Baber, directora adjunta del Programa para Asia y Oceanía de Amnistía, que denuncia como un año después se han impuesto serias restricciones a la libertad de circulación y de expresión, así como a organizaciones comunitarias uigures.

“En lugar de sofocar las investigaciones, culpar a agitadores externos y crear miedo, el gobierno chino debe aprovechar el aniversario para emprender una investigación apropiada que incluya los motivos de queja que alberga desde hace tanto tiempo la comunidad uigur y que contribuyeron a los disturbios”, añadió Baber.

El periodista condenado a 15 años de cárcel por supuestos delitos contra la seguridad del Estado es conocido como Hairat Niyaz. La acusación se basó en textos que el periodista había escrito antes de los disturbios y en entrevistas que concedió a medios de comunicación de Hong Kong después de que estallara la violencia. Había sido detenido en octubre de 2009 porque, según la policía, ya había “concedido demasiadas entrevistas”. En estas entrevistas, Hairat Niyaz puso de relieve los crecientes motivos de queja contra la implementación de la denominada política de educación “bilingüe” que había provocado el despido de muchos maestros uigures, así como la emigración inducida de los más jóvenes con el propósito encubierto de hacerles perder su identidad.

Hay cambios en China, pero son lentos. Hace unos meses, las autoridades dieron a conocer un informe por el que denunciaban las vulneraciones de los derechos humanos por parte de Estados Unidos y otros países democráticos. Ahora, ya ha trascendido la posibilidad de que se reforme la Ley Penal a fin de limitar los delitos que pueden conducir a la pena de muerte. Al menos, el Congreso Nacional del Pueblo Chino, el supremo órgano legislativo del país pretende poner en marcha los mecanismos necesarios para ello durante una reunión que tendrá lugar durante el próximo mes de agosto. Por ejemplo, se baraja la posibilidad de excluir de la aplicación de dicha sentencia a los reos mayores de 70 años. Pero, claro, queda por ver qué delitos se excluirán del corredor de la muerte. En la actualidad existe una relación de 68 que pueden conllevar semejante sentencia, aunque 44 de ellos no presuponen la existencia de prácticas violentas: atracos, robo, narcotráfico o corrupción, por ejemplo. De hecho, hace una semana fue sentenciado a muerte por aceptar sobornos un tal Chen Shaoji, un alto asesor de la administración de la provincia de Guangdong, en el sur de China.

Como las comparaciones son odiosas, excuso comentarios macabros al respecto. Pero el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, que visitará Shanghai en las próximas semanas, podría tener un gesto a favor de la democratización del país, tal y como solemos escenificar con Cuba. Ese doble rasero respecto a una y otra situación sorprende entre los países del primer mundo, campeones de las libertades a primera vista. Pero según se mire.


Los portorriqueños siguen platicando en español, aunque cada vez sea más spanglish, pero España hace mucho que olvidó a Puerto Rico, aquella isla asociada con la de Cuba en el desastre del 98: Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas, cantaba Pablo Milanés hace un mundo. Y todavía hay un regusto hispano profundo a pesar de la bandera de las barras y estrellas que ondea sobre el palacio del Gobernador en San Juan y que reconoce a la isla como estado libre asociado a los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero hay una identidad profunda boricua que alienta en un amplio sector de la población portorriqueña que gusta más de bucear en sus señas personales que obedecer a metrópolis remotas: la que le liaron a un provocado Álvaro Mutis en la Universidad de Río Piedras cuando el escritor colombiano dijo allí que los yanquis tendrían que marcharse de la isla, entre grandes aplausos que se torcieron cuando añadió y que Puerto Rico volviese a la corona española de la que nunca tuvo que separarse.

Allí, en dicho recinto universitario, pasean algunas de las más ilustres sombras de nuestro exilio intelectual, desde Jorge Enjuto a Aurora de Albornoz, pasando por Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí cuyos modestos enseres y biblioteca aún se conservan entre dichas paredes.

Por el viejo San Juan con el castillo de San Felipe tan parecido a los baluartes de Cádiz, se cruzan las voces de Jennifer López o de Chayanne con la de Lidya Caro interpretando a San Juan de la Cruz. Y en un caserón derruido de la ciudad histórica los sanjuaneros que se marchan dejan un muñeco de peluche como símbolo del trozo de su alma que permanecerá para siempre entre sus calles. En las últimas semanas, esos muñecos deben haberse multiplicado porque la ciudad y el territorio entero que le rodea están que arden bajo los efectos de una crisis económica devastadora y por la mano de hierro crecientemente despótica de las autoridades locales.

Unos 60 mil puertorriqueños se echaron a las calles de la capital durante el pasado fin de semana. Se trataba de una movilización contra la violencia desplegada por la Unidad de Operaciones Tácticas (UOT) de la Policía, la fuerza de choque del Gobierno de Luis Fortuño en torno al Capitolio isleño durante las manifestaciones del pasado 30 de junio. La acción popular fue, a todas luces, unitaria y llevó a la marcha a representantes de buena parte de las organizaciones estudiantiles, sindicales, políticas, religiosas, ambientalistas, culturales y de otros sectores de la sociedad isleña.

Y es que, para colmo, tras el profundo malestar vivido durante aquella jornada de insurgencia, la ciudadanía contempló indignada como durante una entrevista concedida a la cadena estadounidense Fox, la versión del suceso ofrecida por el gobernador Fortuño se veía ilustrada por unas imágenes de las manifestaciones vividas recientemente en Grecia y en las que los manifestantes mostraban una actitud violenta que apenas tuvo que ver nada con lo ocurrido en Puerto Rico. Allí, el 30 de junio, las tornas se volvieron y fueron los manifestantes quienes sufrieron una brutal ofensiva policial.

El equívoco en las imágenes fue acompañado por la visión oficial de los hechos que ofrecía el gobernador. Esto es, que los “estudiantes universitarios intentaron interrumpir las operaciones normales del Capitolio” y que se ha ordenado una investigación respecto a aquellos sucesos. También había trabajadores entre los manifestantes que, en principio, tan sólo tenían la intención de llenar las gradas del Senado, algo que permite la Constitución.

El dramaturgo portorriqueño Roberto Ramos-Perea, basándose en los comentarios de más de un centenar de ciudadanos, ha hecho circular por la red una versión bien distinta de aquellos hechos y que es la que sigue:

“Son las 5:00 de la tarde del día 30 de junio de 2010, grupos de estudiantes, profesores y ciudadanos pidieron entrada a la Casa de las Leyes y fueron golpeados y torturados por la Polícia; hay numerosos heridos, mientras se moviliza la Guardia Nacional hacia el Capitolio. Choques violentos se esparcen por toda la zona del Parlamento y las represiones continúan.
Un golpe de estado constitucional acaba de consolidarse en Puerto Rico. Tras un año de que el actual gobierno del Partido Nuevo Progresista (PNP, partido que busca la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos), intentara y lograra exitosamente la toma de varias instituciones que sostienen el gobierno democrático de Puerto Rico, un ambiente de hostilidad seguido por temerarias acciones retadoras de la paz pública, han desembocado en acciones violentas y agresivas del actual gobierno, tanto contra los partidos de oposición, como del movimiento estudiantil organizado, los sindicatos, la prensa, así como de todos los sectores de la sociedad civil puertorriqueña.

Esta toma del control constitucional procede de la Rama Legislativa bajo la autoridad del Senador Lcdo. Thomas Rivera Schatz, apoyada por el gobierno central bajo el mando del Secretario de la Gobernación, el Lcdo. Marcos Rodríguez Ema, con el obvio propósito de tener a su disposición y sin disputa, el control de todos los organismos rectores judiciales, universitarios, económicos y civiles. Ante este panorama, el actual Gobernador, Lcdo. Luis Fortuño, funciona sin voluntad, sin opinión y sin presencia ni responsabilidad pública.
Con el control del Tribunal Supremo de Puerto Rico, la Junta de Síndicos de la Universidad de Puerto Rico, el pretendido control de los medios de comunicación, entre muchos otros, se atenta contra la genuina participación del pueblo puertorriqueño en todos los procesos democráticos protegidos por su Carta de Derechos.

Los incidentes comenzaron con el despido de más 20,000 empleados públicos con el pretexto de aliviar el gigantismo gubernamental y resolver el gravísimo déficit fiscal del país. Esta decisión ha provocado el caos económico, ha empeorado la prestación de servicios públicos y ha provocado la desesperanza en todas las familias puertorriqueñas. De la misma forma se instauró una grave persecución contra los institutos artísticos del país, estrangulando sus presupuestos y de esta manera evitar la propagación del arte como disidencia. Mientras el Gobierno favorecía con contratos de cantidades obscenas, a cientos de asesores, contratistas, y cabilderos asociados a su partido.

Continuaron los ataques con el nombramiento al Tribunal Supremo de cuatro Jueces afiliados y militantes al partido del poder logrando con ello la mayoría a favor del gobierno de todas las decisiones que por votación individual se hicieran en ese foro. Luego continuó con la eliminación y represión de la participación estudiantil en los procesos universitarios, la supresión de derechos de exención de matricula de atletas, artistas, entre otros, mientras obligó a los estudiantes de los 11 recintos universitarios del estado a declarar una Huelga que duró 60 días. Los estudiantes en Huelga lograron negociar a través de un tribunal de primera instancia, sin embargo, los referidos compromisos fueron invalidados por el Secretario de la Gobernación quien dijo que los acuerdos “no valen el papel en que están escritos”.

Este hecho precedió a la acción del gobierno central y del Senado de proponer un proyecto de Ley, aprobado en cuestión de horas, para aumentar cuatro miembros más a la Junta de Síndicos. Dichos miembros son incondicionales del partido en el poder. Los estudiantes universitarios de la universidad del estado, cuya vasta mayoría dependen de la beca de estudios federal, se enfrentan a una cuota anual recurrente de $800 dólares. Cuota que no pueden pagar y que se negarán a pagar obligados nuevamente a la consecuente Huelga. De esta manera, la administración central de la UPR arriesga la acreditación de la Universidad y podrá privatizar sus activos. En esta misma dirección, el Gobierno de Puerto Rico venderá los terrenos donde se ubica la zona del llamado “Karso” del Noroeste, que recoge un tercio de los abastos de agua de todo el país, para entregarlo a manos privadas que construirán un expreso de peaje sobre la referida zona, rica ecológicamente.

Pasando por alto muchos otros acontecimientos, el Presupuesto del país fue aprobado, junto con innumerables leyes que favorecen la privatización, la descolegización profesional, así como la repartición de fondos públicos a manos privadas sin tomar en cuenta las necesarias y obligadas vistas públicas de participación ciudadana, y apagando los micrófonos de las bancas del Partido de Oposición de manera despótica.
Los incidentes lograron un punto climático cuando esta pasada semana, el FBI (Federal Bureau of Investigation de los Estados Unidos) arresta por cargos de soborno, venta de influencias y otros a un senador del PNP, el senador Héctor Martínez, mano derecha del Senador Rivera Schatz. Una pugna pública salta a las noticias entre Rivera Schatz y este cuerpo federal castrense, en defensa de la supuesta inocencia del senador Martínez, quien ha sido asociado al narcotráfico y quien fuera grabado en medio de su acto de soborno. Como último de los muchos incidentes de violencia y temeridad del Presidente Senatorial, se censuró mediante la fuerza la entrada de los periodistas a las sesiones del Senado, privando al pueblo puertorriqueño de la discusión que se realizó sobre el presupuesto del país. Los incidentes llegaron a la violencia verbal y física entre senadores, y han elevado la indignación del país a un punto insostenible de ansiedad y rabia.

El Lcdo. Thomas Rivera Schatz ha tomado virtual control del país con sus actitudes tiránicas y fascistas, y no se descarta que desde sus mismas gradas se inicien esta semana procesos de persecución y violencia contra otros sectores del país, apoyados por el Secretario de la Gobernación de Puerto Rico.
Son las 5:00 de la tarde del día 30 de junio de 2010, grupos de estudiantes, profesores y ciudadanos pidieron entrada a la Casa de las Leyes y fueron golpeados y torturados por la Polícia, hay numerosos heridos, mientras se moviliza la Guardia Nacional hacia el Capitolio. Choques violentos se esparcen por toda la zona del Parlamento y las represiones continúan.

Este control de facto del poder político en la Nación Puertorriqueña viola todos los más elementales principios de la democracia y del gobierno participativo, por lo que enteramos al mundo de la actual situación de violencia contenida que existe en nuestro pueblo y que está a punto de estallar contra estos dos políticos que han tomado por asalto el poder del país. Aún cuando en Puerto Rico no existen las condiciones para un levantamiento armado popular por la obvia desigualdad de las fuerzas en pugna, una revolución de afirmación cultural y estudiantil comienza a tomar las calles y a rescatar los espacios robados por los autores de este golpe.

Exhortamos a todos los medios de comunicación del mundo a que den noticia de la actual situación de la Nación Puertorriqueña y solicitamos por ende su completa solidaridad”.

Lo cierto es que Puerto Rico mantiene un elevado índice de desempleo que ronda el 16,6 por ciento de la población sin una economía sumergida que lo palie parcialmente. A pesar de una leve mejoría en los datos del mes de junio, colectivos profesionales como la la Asociación de Economistas de Puerto Rico, que preside Martha Quiñones pone en duda el optimismo del Departamento del Trabajo y Recursos Humanos y habla de una fuerte emigración que lleva a que “muchas personas se están yendo del país”.

El gobernador Fortuño recordó el pasado junio que el Índice de Actividad Económica creció en mayo por cuarto mes consecutivo, lo que significaría, según su
interpretación, que Puerto Rico daba sus primeras señales de recuperación. Tras cuatro años de cifras a la baja, “la situación está estancada y no hay cambios”, subrayó Quiñones.”Existen contradicciones en cómo se llevan a cabo las políticas económicas. No se ve la luz al final del túnel”. Su déficit presupuestario sigue estando cercano a los 3.200 millones de dólares. A este paso, como en la añeja canción de Milanés, será definitivamente un ala caída al mar.


El maestro Joan Manuel Serrat nos hizo preferir hace un mundo la revolución a las pesadillas. Y entre todos los proyectos de rebeldía política del siglo XX, fuimos muchos quienes todavía tenemos el corazón atrapado por Cuba: todo un pueblo, sesenta años después de la guerra hispano-norteamericana, dejaba de ser por voluntad propia el patio trasero de la mansión imperial de Tio Sam, aunque semejante órdago le costase una extraña hermandad de sangre con los soviets.

El grado de intervención de la Casa Blanca en la isla no tiene parangón: lo mismo suele ocurrir con la mirada bizca de los medios de comunicación en general, que ponen la lupa sobre tan minúscula experiencia de socialismo real antes que sobre otros sistemas afines como el de China, mucho más poderoso desde el punto de vista comercial y militar, por ejemplo. Tampoco es de recibo que se le suelan exigir a los cubanos un certificado de calidad democrática que no reclamamos de otros países del área, que actúan bajo los hilos dóciles del nuevo orden mundial, sea cual sea ese nuevo orden.

Sin embargo, desde hace varias décadas, no se sabe a ciencia cierta donde empiezan y terminan la revolución y las pesadillas en la Perla del Caribe. Está claro, eso sí, que quien sigue vulnerando a porfía los derechos civiles en la isla es Estados Unidos desde su base de Guantánamo, más un infierno que un limbo legal, por mucho que la administración de Barack Obama, sin prisa pero esperemos que sin pausa, esté intentando limpiar las cloacas de Georges Bush. Claro que como aguardemos a que el Nobel de la Paz sea tan diligente en este asunto como en ajustarle las cuentas a las tropelías constantes de sus aliados del Estado de Israel, apañados vamos.

Preguntémonos, no obstante, qué es lo que queda del espíritu libertario de los barbudos en un país severamente vigilado por policías torpes, políticos burócratas y penas de muerte caprichosas. Es más, ¿qué es lo que resta de su espíritu igualitario cuando, particularmente desde el periodo especial, se han acrecentado las diferencias entre quienes están en la pomada del dólar y del euro y quienes frecuentan las casas de protocolo y las antiguas tiendas diplo, o cuentan con parientes y divisas de Miami o de Madrid, frente a quienes no tienen perritos que les ladre y viven esa Cuba alegre pero estoica de los pesos convertibles y de los sueños racionados?

Los furibundos partidarios del castrismo –un fenómeno sociológico al que no creo que haya que equiparar sine qua non con el alma original de la revolución—dirán que más penas de muerte hay en Estados Unidos, que más hambre se pasa en Africa y que peor atención sanitaria existe en otras islas caribeñas o en América Central. Pero es que ninguno de esos lugares gritó revolución: en ninguno de ellos alentó la esperanza de un socialismo de rostro humano, como en Cuba, donde han ido mustiándose los grandes horizontes como flamboyanes caducos.

La derecha clásica española aplaude sin reparos el neocolonialismo estadounidense, olvidando por cierto que con la caída de la fidelísima el viejo imperio español se desplomó en 1898 para diluirse en la noche de los tiempos. A nuestros conservadores no les importa en demasía aquella Cuba de Fulgencio Batista, rica en atropellos, injusticias sin cuento, que consagraba el bienestar de unos pocos frente a la pobreza de muchos. Incluso, hoy por hoy, llegan a justificar ese injustificable bloqueo que tan sólo sirve para estrangular al pueblo llano sea negro o criollo, y suministrar un perpetuo pretexto político a los excesos de los hermanos Castro.

Pero la izquierda canónica de nuestro país tampoco acepta de grado las críticas contra las tropelías del Gobierno cubano y de sus actuales presidentes casi mellizos, cuando precisamente suelen ser estos los primeros en proclamarlas en voz alta. ¿Aceptaríamos de la misma forma, en nuestro territorio, que un militar nos gobernase sin elecciones libres durante cincuenta años, sin periódicos con los que discrepar, sin partidos con los que enfurruñarnos? Incluso a quienes no nos gusta la democracia burguesa tampoco nos atrae demasiado una democracia endeble sea cual sea su apellido. Así, aplaudimos la huelga de hambre de la saharaui Aminetou Haidar y crucificamos la del cubano Guillermo Fariñas. ¿Coherente? ¿Etico? Simplemente curioso.

En las últimas horas, siete disidentes cubanos han llegado a España. Les seguirán otros, a lo largo de los próximos cuatro meses, hasta un total de 52 disidentes, considerados por organizaciones de derechos humanos como prisioneros de conciencia. ¿Cómo no suscitar oposición, dentro y fuera de Cuba, la ejecución por ejemplo de tres secuestradores en 2003 cuando ni siquiera pesaban sobre ellos delitos de sangre, que suele ser el pretexto para la última pena en la geografía universal de la barbarie donde todavía se aplica?

La llamada Ley 88 permite a las autoridades cubanas encarcelar a capricho a quienes publiquen críticas contra el sistema. Por ello, algunos la llaman la Ley Mordaza y fue la que se aplicó durante la primavera negra de aquel 2003 para justificar la detención de setenta y cinco personas: varios periodistas, pero también economistas, bibliotecarios o cirujanos, activistas del Partido Pro Derechos Humanos, Movimiento Democracia, o Movimiento Alfa 3, entre otras organizaciones como la asociación profesional de informadores Manuel Márquez Sterling, sin que falten sobre sus imputaciones el supuesto de actuar a sueldo de Estados Unidos.

¿Por qué salen en libertad y rumbo a España? Tiene mucha razón Luis García Montero cuando reprocha que se atienda antes a las sotanas que a los hijos de la revolución, aunque sean pródigos. Mucho gustaría pensar que las puertas de la prisión Nieves Morejón en Guayos o del Combinado del Este se abrieran por la presión de Amnistía Internacional y de otras organizaciones humanitarias, pero obedece a una negociación con el Vaticano, refrendada por el Gobierno español. ¿Se trata de un acto humanitario, de justicia, o de un toma y daca a cambio de que la Unión Europea modifique sus posiciones actuales respecto a Cuba?

Para evitar injerencias del exterior, Cuba podría empezar a negociar consigo misma: no toda la oposición interna está a sueldo de la CIA y en sus filas no sólo hay sediciosos yanquis sino simples socialdemócratas, troskistas o gente que han debido leer otra edición de “El capital” distinta a la que circula como catecismo dogmático. Incluso dentro de las filas del Partido Comunista Cubano y del actual Parlamento isleño, existen voces que difieren de la doctrina oficial y que plantean la búsqueda de balones de oxígeno para sus ciudadanos; por no hablar de algunos de los rostros más populares de su cultura, como Pablo Milanés,  Carlos Varela o, más recientemente, el propio Silvio Rodríguez, hasta hora un claro icono de los principios revolucionarios.

Se nos antoja encomiable procurar la liberación de los presos, pero también sería práctico intentar salvar los muebles de la revolución, sus conquistas –si es que todavía queda alguna en pie bajo las estreches de una lenta asfixia económica–, incluso sus espejismos. Enrocándose en sus posiciones jurásicas, sólo conseguirán caer como fruta ajada del viejo árbol de la historia. Y varias generaciones cubanas, de dentro y de fuera, se habrían sacrificado en vano durante varias décadas.


Aunque la crisis haya frenado el entusiasmo de muchas familias de acogida, los niños saharauis ya están aquí. Llevan un par de semanas en España, el país que les colonizó, que les abandonó a su suerte mientras el dictador Francisco Franco expiraba, y que sigue arrastrando tanta mala conciencia como falta de firmeza en el contencioso que enfrenta a Marruecos con la República Arabe Saharaui Democrática, en torno a un territorio ocupado por Rabat desde la Marcha Verde que siguió a los controvertidos acuerdos tripartitos de Madrid, puestos en cuestión por la asesoría jurídica del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Tras derrotar a Mauritania en 1979, el Frente Polisario fue capaz de echarle un pulso al gigante militar marroquí, que bombardeó a su población con napalm y fósforo blanco, utilizando para ello armamento exportado por diversos países, entre quienes volvía a figurar España. El armisticio llegaría en 1991, con la firma de un alto el fuego auspiciado por la ONU y supeditado a la convocatoria de un referéndum que habría de celebrarse al año siguiente. No hubo tal. Marruecos apeló y su convocatoria se demoró sine die a partir de diversos pretextos, especialmente el del censo: a estas alturas de la película y de la historia, ¿cuántos saharauis quedarán de aquel último censo español sobre el que ambas partes parecían estar inicialmente de acuerdo aunque discrepen en el porcentaje ulterior de añadidos a dicho balance demográfico?

Desde entonces, se han sucedido incumplimientos de acuerdos supranacionales, como los de Houston de 1997, ya que el proceso de identificación de votantes quedó en suspenso y la consulta sobre la autodeterminación sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes. Tampoco han faltado traiciones pagadas a buen precio por Rabat. Y deserciones en las filas saharauis, desgastadas por tan larga espera.

Casi veinte años después de la paz, lo cierto es que Marruecos mantiene un control férreo sobre los territorios bajo su dominio: prueba de ello es la represión sobre Aminnetou Haidar y los activistas que mantienen las tesis del Polisario. De hecho, en 2009 la Eurocámara expresó su preocupación ante la ONU por el deterioro de la situación de los derechos humanos en la región. Expresamente se refirió a los derechos de “libertad de expresión, asociación, manifestación y comunicación”. El Parlamento Europeo, en dicha resolución, añade además que la justicia marroquí de la zona está sesgada por la presión de protección del dominio.

El Gobierno de la RASD, por su parte, también controla hasta donde puede a la población que lleva dos décadas en el arenal de Tinduf y en los territorios ocupados, a un lado del muro que les separa de su memoria y de su genética, esperando el regreso a El Aaiún o a Dajla, a Bojador, a Esmara o al Río de Oro, las zonas de aquella antigua y remota provincia española. Pero, ¿cómo no hacerlo cuando la estabilidad de ese Estado en la hamada es tan frágil que sigue necesitando de la ayuda argelina o de la cooperación exterior?.

Para superar el estancamiento del proceso de paz, las Naciones Unidas designaron
a James Baker como Enviado Personal del Secretario General de las Naciones
Unidas para el Sahara Occidental que, en 2003, presentó un nuevo plan avalado por unanimidad por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a través de su Resolución 1495. Nuevamente, Marruecos mareó la perdiz y propuso una amplia autonomía del Sáhara Occidental, siempre y cuando quedara bajo su soberanía. A pesar del rechazo del Polisario y de numerosos países, lo cierto es que la posición marroquí ha ido ganando adeptos, sobre todo a partir de que su importancia estratégica como aliado de Occidente haya ido creciendo en una región, la del Magreb, minada cada vez más por Al-Qaeda.

Sin embargo, si tan buena voluntad tiene Marruecos a la hora de otorgar la autonomía a dicho territorio, ¿por qué no lo hace sin contrapartidas? Sería todo un gesto que haría aumentar la escasa confianza que despierta en este aspecto concreto de su política interior y exterior. Y es que, desde la independencia, Marruecos está obsesionado con la unificación de su país en base a fronteras más legendarias que históricas. Y, desde luego, sus objetivos inmediatos pasan por mantener su control sobre el Sáhara y ampliarlo a Ceuta, a Melilla y a los pequeños peñones e islotes del Estrecho, como puso de manifiesto el célebre y absurdo por ambas partes incidente de El Perejil, durante la última etapa del mandato de José María Aznar en La Moncloa.

A comienzos de julio, falleció  Mahfud Ali Beiba, miembro del Secretariado Nacional y presidente del Consejo Nacional saharaui, esto es, su Parlamento. Desde 1997, cuando se firmaron los últimos fallidos acuerdos, venia encabezando la delegación Saharaui en las negociaciones con la parte Marroquí en el marco de las Naciones Unidas. ¿Seguirá habiendo contactos? Cada vez más débiles, eso sí.

El Enviado Personal del Secretario General de Naciones Unidas para el Sahara Occidental, se llama Christopher Ross y durante su último y reciente encuentro con Miguel Angel Moratinos, ministro español de Asuntos Exteriores, recibió el pleno apoyo a su gestión por parte de la diplomacia española, últimamente tímida en este aspecto. La postura oficial de nuestro país pasa por “una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable que prevea la libre determinación del pueblo del Sahara Occidental en el marco de disposiciones conformes a los principios y propósitos de la Carta de las Naciones Unidas”.

Algo es algo, aunque siga sin existir reconocimiento oficial por parte de España a la RASD. Y no va a haberlo. Lo único que se pone en valor es la nueva resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que con el número 1920 fue adoptada el
pasado 30 de abril de 2010 y que renovó el mandato de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental (MINURSO). Más de lo mismo. Largas cambiadas.

Francia, el primer socio comercial de Marruecos, lo tiene claro. A comienzos de julio, el primer ministro francés, François Fillon, en presencia de su homologo marroquí Abás El Fasi, respaldó la propuesta de autonomía como “la base más pertinente para salir del estancamiento” actual de este conflicto. Ya el presidente Nicolás Sarkozy se había expresado en el mismo sentido. Lo sorprende es lo que añadió El Fasi a renglón seguido: “Muchos países han optado por esa solución, entre ellos España”. ¿Desde cuándo? Durante los últimos años, aunque sea con la boca chica, al igual que Estados Unidos. Hoy por hoy, el peor enemigo que tiene Marruecos en este contencioso es su propio orgullo y prepotencia. Los excesos marroquíes tanto en materia de derechos humanos como su intransigencia en las rondas de negociación de Manhasset y Armonk están provocando cierto recelo en la administración de Obama, aunque todo parezca, a primera vista, discurrir como la seda.

La última jugada al respecto ha sido el plácet del Consejo de Ministros al nuevo embajador marroquí en España. Su nombre es Ould Souilem y es precisamente un saharaui de Dajla, que sustituye en el cargo a Omar Aziman, depuesto a raíz de la crisis bilateral que motivó la la expulsión de Aminatou Haidar, a finales del pasado año. El nuevo embajador es hijo de Abdalá Ould Souilem antiguo alcalde de Villa Cisneros y procurador en las cortes franquistas, pero que se unió al Frente Polisario en 1975 y a lo largo de más de tres décadas desempeñó altas responsabilidades en la RASD, siendo embajador en varios países de América Latina, África y Asia, encargado de las relaciones con las comunidades saharauis en Mauritania y en los últimos años encargado de relaciones con los países árabes, con rango de consejero de la presidencia. Su designación se produjo meses después de que desertase de la RASD y se entregara a la causa marroquí. Está visto que Rabat sí paga traidores.