Fronteras – Juan José Téllez

Café de Marrakech donde tuvo lugar el atentado (AP)

Desde las terrazas del café Argana, en Marrakech la Roja, podía contemplarse la Edad Media. Una turbamulta de ruidos y colores en el mismo lugar donde James Stewart y Doris Day asistieron al asesinato de un fulano que conocían en una de las primeras secuencias de “El hombre que sabía demasiado”, de Alfred Hitchcock. Allá, la muchedumbre de turistas todavía se cruza con los narradores de cuentos, los malabaristas con su propio circo a cuestas, los gnauas que mueven su borlón no muy lejos de donde un viejo apunta una vieja salmodia andalusí, los faquires que encantan serpientes al compás de la zanfoña, los vendedores de humo o los fabricantes de zumos que alinean la fruta con la precisión cartesiana de los ingenieros y la vocación de belleza de los artistas.

Es la Jemaa El Fna: la plaza del fin del mundo como algunos traducen dicha expresión árabe que identifica a este confín que era el último mercado de la civilización, patrimonio de la Humanidad según la Unesco. Allí, el jueves, un tipo pidió un zumo de naranja antes de inmolarse en la cocina, a mayor gloria de un dios que quizá no le perdone nunca y arrastrando a su paraíso sin huríes a casi una veintena de personas, en su mayoría infieles.

Hasta que se desvele la autoría del atentado, todo apunta a que se trata de un artefacto hasta cierto punto casero, una bomba de clavos y de acero con un poder mortífero redoblado por la proximidad de los hornos. ¿Estamos ante un yihadista solitario o un eslabón más de la franquicia Al Qaeda Magreb Islámico, a veces identificada en occidente por el acrónimo AQMI? Las primeras manifestaciones de los ministros del Interior, Taib Cherkaui, y de Justicia, Mohamed Naciri, hacen pensar, sin embargo, en “un acto criminal organizado”.

Ojalá que las autoridades marroquíes, empeñadas ahora en una reforma constitucional cuyo alcance final aún se desconoce, no cometan el mismo error que en mayo de 2003, después de la cadena de atentados en Casablanca, que costaron 45 vidas en el Hotel Farah, en la Casa de España, en un restaurante italiano, en la Alianza Israelí o en un cementerio judío. En aquel entonces, no menos de dos mil personas fueron víctimas de una redada generalizada que tan sólo fue eficaz a efectos de la represión indiscriminada pero que no contribuyó al esclarecimiento de los hechos. Ahora, desde el primer instante, no han faltado voces que vincularan el atentado del jueves con la reciente liberación de presos islamistas en un indulto parcial que siguió a las movilizaciones en pro de avances democráticos que llevó a cabo el Movimiento 20 de febrero, tanto el día que le da nombre como el pasado 20 de marzo.

Ya en 2003, se abrió un debate en Marruecos respecto a la conveniencia política de ilegalizar al Partido Justicia y Desarrollo, una organización islamista radical que muchos creen auspiciada en la sombra, en su día, por el propio Hasán II, a varios efectos. De un lado, frenar el avance de Justicia y Espiritualidad, el grupo integrista marroquí que lidera el jeque Yasin y su hija Nadia y que sigue siendo enormemente popular en los suburbios del país ya que auxilia a los desahuciados mucho más que las instituciones oficiales. Y de otro evitar que Marruecos importase organizaciones de esta índole de países enemigos como Argelia: ya en agosto de 1994, hubo otro atentado en Marrakech, cuando varios hombres armados irrumpieron en el vestíbulo del hotel Atlas Asni y acabaron con la vida de un grupo de turistas, en el que hubo dos españoles. Aunque se condenó por dicha acción a varios inmigrantes marroquíes en Francia  que formarían parte del grupo Kelkal, muchos observadores creyeron ver un cierto apoyo por parte del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, una organización surgida a raíz del golpe de Estado que evitó la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación (FIS) en Argelia, y que luego sirvió como germen para la gestación de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI).

Lo mejor que puede hacer las fuerzas policiales y la justicia marroquí es hacer bien su trabajo ya que en anteriores ocasiones las prisas –que no son buenas consejeras—precipitaron detenciones de supuestos terroristas sin prueba alguna a juicio de organizaciones humanitarias que entendieron que se vulneraban derechos procesales básicos como el necesario ejercicio de la defensa.

Mohamed VI, a partir de su discurso del pasado mes de marzo, parece apuntar en su línea de reformas que enunció diez años atrás cuando, a comienzos de su reinado, se presentó ante la opinión pública como “el rey de los pobres”. Su propia desgana o las presiones del majzén –el aparato administrativo que tradicionalmente viene ejerciendo el poder en Marruecos más allá de los partidos políticos–, coartó dicha tendencia y le convirtió en una caricatura de sí mismo, Su Majeskí, más propenso al boato que a la justicia. Ahora, con la reforma constitucional que puede suponer que, por primera vez desde la independencia de 1956, el monarca no se reserve los ministerios de soberanía –esto es, Interior, Defensa y Asuntos Exteriores—así como la designación del primer ministro, sea cual sea el resultado electoral.

Hace una semana, un importante miembro del Istiqlal, situado en el ala izquierda de este influyente partido nacionalista, me confesaba que la reforma constitucional era baladí sino se acompañaba de un mayor compromiso para evitar las abismales diferencias sociales que sigue padeciendo Marruecos. Justo el pasado martes, el Gobierno de Rabat anunciaba un incremento de salarios y de prestaciones sociales, como una medida de acompañamiento a las polémicas excarcelaciones y a la constitución del grupo que va a reformar la Constitución y que ya lleva trabajando en ello más de un mes.

Sabido es que la democracia no gusta demasiado en ciertos círculos islamistas –también es un error generalizar esta creencia–, pero tampoco es del agrado de sectores ultraconservadores marroquíes que quizá empiecen ahora a ver como se tambalean sus históricos privilegios. Marruecos, por otra parte, sigue siendo uno de los países más estables del norte de Africa, una región convulsa en la que permanece casi como un oasis en ese efecto dominó de las revueltas que desde comienzos de año se vienen viviendo desde Túnez a Egipto. Así que tampoco es de extrañar que Al Qaeda juegue sus bases en ese territorio desde donde también partieron los autores materiales de los atentados del 11 M en Atocha. Justo el año en que se conmemorará el décimo aniversario de los atentados de Nueva York y Washington, este siniestro ajedrez sigue en marcha. Mientras el yihadmismo capta adeptos en humildes barrios de Tetuán y de Casa –en el barrio de Sidi Manen estalló un cibercafé cuatro años atrás–, Estados Unidos también prosigue la construcción de la base de Tan Tan desde donde desplegar su nuevo sistema operativo contra Al Qaeda. La guerra, como ya sabe bien Marrakech la Roja, está servida.