Fronteras – Juan José Téllez

Perogrullo escribe recto con renglones torcidos. Tiene sobrada razón el consejo de la Liga Árabe al solicitar a la ONU la convocatoria de una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad para resolver la imposición de una zona de exclusión aérea sobre la Franja de Gaza a fin de proteger a los civiles de los ataques de la aviación israelí. O sea, se trata del mismo supuesto que decidió la imposición de la zona de exclusión sobre Libia, que supuso la práctica aniquilación de la aviación tribal que permanecía leal al coronel Gadafi y que limitó seriamente las acciones de guerra aunque no pudo evitar que hubiera nuevamente víctimas civiles bajo fuego amigo, enemigo o medio pensionista.

Unas mujeres palestinas se protegen del gas lacrimógeno disparado por las tropas israelíes durante unos enfrentamientos en Awarta, cerce del West Bank de Nablus, el domingo 10 de abril. (Nasser Ishtayeh / AP)

Muchos de quienes aplaudimos dicha decisión del Consejo de Seguridad, temíamos que la resolución fuera utilizada como coartada para una invasión terrestre que, por fortuna, hasta ahora no se ha producido aunque todos los indicios apuntan a que la acción militar ha excedido considerablemente lo previsto. Pero también algunos de quienes aceptamos dicha solución, por más que prefiriésemos otras vías diplomáticas y no violentas que no parecían viables, recordamos que esa misma zona de exclusión podría haber evitado más de mil cuatrocientas muertes palestinas durante el desarrollo de la Operación Plomo Fundido sobre la franja de Gaza a partir de diciembre de 2009.

Otra veintena de víctimas mortales llevan la firma de la aviación israelí en esa misma zona, en represalia por los ataques con cohetes lanzados desde la Franja y que ocasionaron diversos impactos al otro lado del muro, como el obús antitanque que hizo blanco contra un autobús escolar hiriendo de gravedad a un adolescente israelí. ¿Por qué no entra Naciones Unidas a mediar de esa forma en este conflicto tal como ocurre en el otro? ¿O por qué no actúa del mismo modo en Bahréin?

Quienes intentamos defender a la ONU de su progresivo descrédito, solemos entender que dicha institución es lo único que nos separa de la ley de la selva. Pero para consolidar su poder de árbitro sobre el nuevo orden mundial, debe intentar responder a una cierta coherencia que evite su paulatino desprestigio.

El texto aprobado por el Consejo árabe celebrado en El Cairo durante el pasado fin de semana condenó, por ello, el “doble rasero” ante el contencioso palestino-israelí y demandó al Consejo de Seguridad y al Cuarteto de Madrid -Estados Unidos, Unión Europea, ONU y Rusia- que asuman sus responsabilidades y detengan la “agresión y continuas masacres” de Israel. Además, de otros brindis al sol, como la pretensión de que se juzgue a todos los criminales de guerra israelíes, un supuesto ante el que la comunidad internacional se encoge de hombros desde hace mucho.

No parece viable que el Consejo de Seguridad, en el que Israel y sus lobbies gozan de un formidable poder de persuasión, apruebe siquiera una zona de exclusión similar a la de Libia. ¿Quién iba a desarrollar la misión, una OTAN igualmente sometida a los deseos de sus aliados de Tel Aviv, o una Europa que todavía confunde al igual que la propaganda sionista la vergüenza por el holocausto con la aceptación sumisa del expansionismo de Israel? Aquí, al más pintado nos quieren apuntar a un bombardeo: de repente, en la guerra mediática que nos aflige, reclamar el fin del bloqueo de Gaza significa apoyar al grupo terrorista Hamás, un reduccionismo idiota que recientemente pude sufrir en mis propias carnes a raiz de apoyar la segunda expedición marítima Rumbo a Gaza que tendrá lugar esta primavera.

Cierto es que Gaza no es un paraíso, que abundan las divisiones sociales, que hay un sector privilegiado y diversas organizaciones que, más allá de la política, intentan sacar provecho entre las ruinas de ese formidable campo de concentración a cielo abierto. ¿Qué opción les queda? Que hay integristas, claro. ¿No los hay, acaso, en Israel? Probablemente, en el seno de Hamás –que ganó las últimas elecciones por cierto– sigue existiendo un amplio sector que pretenda medidas contundentes contra Israel; lo mismo que en algunos tea parties del Likud, dicho sea de paso. ¿Que hay corrupción en Al Fatah? ¿No la hay en los partidos democráticos de medio mundo? ¿Por qué se le exige a los machacados palestinos un plus añadido de calidad democrática respecto al resto del mundo?

No parece tampoco probable a corto plazo que se levante el bloqueo sobre la Franja y se proceda a la apertura de los pasos fronterizos actualmente cegados. Pero esta nueva fase de hostilidades se viene produciendo en la región justo cuando el presidente palestino, Mahmud Abbas, ha promovido una iniciativa política que busca terminar con la división política entre su propio partido, Al Fatah, que controla Cisjordania, y el Movimiento de Resistencia Islámica Hamás, que ostenta el poder en la Franja de Gaza. Y es que lo que parece ser el propósito último de estas acciones estriba en acabar con dicho gobierno al precio que sea, aunque haya otros mil cuatrocientos muertos sin zona de exclusión que intente protegerles.

Estoy convencido de que, con el mismo aplomo que reivindicó la soberanía de Gibraltar durante la reciente visita del Príncipe Carlos a España, el príncipe Felipe demandará durante su viaje a Israel una solución pacífica al conflicto. O, al menos, que los muertos no los pongan los de siempre: la población civil de uno y de otro signo, que no suelen tener representante alguno en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.


Otra vez nos han tomado el pelo. A Naciones Unidas y a todos los ciudadanos que aplaudimos la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia y nos encontramos de la noche a la mañana con una guerra en toda regla que va más allá de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el pasado 17 de marzo y que, a grandes rasgos, decidía “establecer una prohibición de todos los vuelos en el espacio aéreo de la Jamahiriya Árabe Libia a fin de ayudar a proteger a los civiles”, autorizando tan sólo los vuelos humanitarios. Se dejaba bien claro que se autorizaba “a tomar todas las medidas necesarias” a fin de “proteger a los civiles que estén bajo amenaza de ataque en la Jamahiriya Árabe Libia, incluida Bengasi, aunque excluyendo el uso de una fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase en cualquier parte del territorio libio”.

¿Entre “todas las medidas necesarias” figura, acaso, esa toma de partido a favor de los rebeldes que parece haber adoptado la fuerza aliada que lleva a cabo las operaciones y cuyo mando acaba de ser asumido por la OTAN? Cierto es que la resolución permitía derribar aviones libios si estos persistían en atacar a la población civil. Y que incluía, por supuesto, el embargo de armas y la necesidad de establecer mecanismos para que Gadafi dejara de contratar mercenarios que atacasen a su propio pueblo. Sin embargo, lo que está hoy por hoy sobre la mesa es un ataque masivo y un apoyo explícito al derrocamiento del excéntrico coronel a quien la resolución 1970 adoptada el pasado 26 de febrero por el mismo Consejo de Seguridad, ponía en manos del Tribunal de la Haya, al tiempo que se condenaban activos de empresas, propiedades y bancos vinculados al dictador.

Entre los precedentes de estas medidas suele citarse como en 1991, EEUU, Reino Unido y Francia acordaron, por si cuenta y riesgo, sin una resolución de la ONU, la creación de una zona de exclusión aérea en Irak, por encima del paralelo 36, para defender al pueblo kurdo y en el contexto de la primera guerra del Golfo. En años sucesivos, la zona se ampliaría ilegalmente aunque sin sanción alguna por debajo del paralelo 32 y alcanzó finalmente al paralelo 33, en un carísimo dispositivo que se mantuvo en vigor en algunos casos hasta 2003, cuando se llevó a cabo la actual guerra que a su vez conllevó la caída y muerte de Sadam Hussein, sin que Naciones Unidas moviera un dedo a pesar de que ninguna resolución amparaba específicamente tales actuaciones.

En cambio, Naciones Unidas estableció en 1992, a través de la resolución 781 del Consejo de Seguridad, la prohibición del tráfico aéreo militar en Bosnia-Herzegovina, lo que sin embargo no evitó el terrible asedio a Sarajevo o la célebre matanza de civiles en Srebrenica. Hizo falta nuevas resoluciones del Consejo –786 y 816—para ampliar el operativo a medida que las hostilidades proseguían. Y, de hecho, la zona de exclusión duró tres años, hasta la firma de los acuerdos de Dayton que pusieron fin al conflicto.

¿Por qué ahora los aliados, incluyendo a España, no fuerzan la máquina para una nueva resolución que les ampare? Todos los indicios apuntan a que se está aprovechando la resolución 1973 como coartada y que lo que está en presencia es una clara toma de partido hacia los rebeldes –una amalgama de fuerzas que convergen en el rechazo a las prácticas despóticas de Gadafi pero que no presentan un frente cohesionado ni un mismo proyecto de futuro–, lo que suscita el rechazo de numerosos países árabes, incluidos aquellos que hasta ahora no han conocido revueltas internas como las que vienen sacudiendo a la región desde el pasado año.

Naciones Unidas hasta ahora excluye explícitamente la actuación de una fuerza terrestre, pero esa hipótesis no deja de barajarse y provoca un lógico temor a una colonización occidental similar a la que se ha llevado a cabo en Irak, afectando curiosamente a dos países cuyos líderes –el extinto Sadam Hussein y el contumaz Gadafi cuya caza y captura tampoco ha autorizado el Consejo de Seguridad—mantenían serias diferencias con Al Qaeda.

El 17 de marzo, en su 6498ª Sesión, el Consejo de Seguridad venía a satisfacer las expectativas de muchos que creíamos que, de nuevo, la ONU estaba tardando en actuar frente a una matanza de civiles. Ahora, mucho nos tememos que dicho organismo que sigue siendo nuestra última esperanza blanca ante los excesos particulares de los más fuertes del planeta, va a volver a ser el hazmerreir de la historia. Tras acabar literalmente con la aviación del régimen libio, ¿nuestras unidades aéreas –también las españolas—no tendrían que limitarse a vuelos de rutina sobre dicho espacio?

A todos, empezando por el Consejo de Seguridad a tenor de aquella Resolución, nos aflige el “deterioro de la situación en el país, la escalada de violencia y el elevado número de víctimas civiles”. Sin embargo, ir más allá de su letra y de su música supondría una clara injerencia que desestabilizaría aún más esa zona especialmente sensible del planeta y dejaría desautorizado nuevamente a Ban ki Moon, que tuvo que implicarse personalmente en esta resolución, y a todos quienes seguimos creyendo en el célebre edificio de la primera avenida a la altura de la calle 46 de Nueva York.

Cierto es que la resolución deplora tanto las “detenciones arbitrarias, las desapariciones forzadas, los casos de tortura y las ejecuciones sumarias”, así como “los actos de violencia e intimidación cometidos por las autoridades libias contra periodistas”, pero también la utilización de fuerzas mercenarias –sobre todo, soldados de fortuna procedentes de países situados más allá del desierto–. Sin embargo, uno de los epígrafes del acuerdo desautoriza el “uso de una fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase en cualquier parte del territorio libio”. Era algo más que un guiño a la comunidad árabe y su vulneración, cada vez más próxima a la luz de los últimos acontecimientos, exigiría al menos una nueva resolución de Naciones Unidas que difícilmente aceptarían China y Rusia, con derecho a veto en el Consejo de Seguridad.

Una nueva ilegalidad internacional en Oriente Próximo, que vendría a sumarse a las frecuentes irregularidades del Estado de Israel y a la invasión ilegal de Irak, sólo serviría como un nuevo y formidable pretexto para multiplicar el espectro del yihadismo en sus diferentes versiones. En cualquier caso, los aliados difícilmente podrían escudarse para ello en la polémica modificación del párrafo 11 de la resolución 1970 sobre el embargo de armas que autoriza a los estados miembros a que, “actuando a título nacional o por conducto de organizaciones o acuerdos nacionales, y a fin de garantizar la estricta aplicación del embargo de armas establecido en los párrafos 9 y 10 de la resolución 1970, inspecciones en su territorio, incluidos los puertos y aeropuertos, y en alta mar, los buques y las aeronaves con origen o destino en la Jamhiriya Árabe Libia, si el Estado en cuestión tiene información que ofrezca motivos razonables para creer que la carga contiene artículos cuyo suministro, venta, transferencia o exportación, estén prohibidos”. La modificación de la resolución anterior incluye “el suministro de personal mercenario armado”, lo que compromete seriamente a las posiciones de Argelia y Siria, también zarandeadas por revueltas internas y que aceptaron servir como puente para la contratación de fuerzas mercenarias y armas por parte de Tripoli. Al mismo tiempo, Naciones Unidas exhortaba “a todos los Estados del pabellón de estos buques y aeronaves a cooperar con estas inspecciones, y autoriza a los Estados Miembros a aplicar toda medida acorde con las circunstancias concretas para realizar esas inspecciones”. Sin embargo, nada se habla de inspecciones sobre el territorio libio que pudieran camuflar operaciones militares de distinta catadura.

Claro que Gadafi, cuyo ministro de Exteriores Musa Kusa anunció un inmediato alto el fuego, siguió bombardeando Bengasi y ello provocó el ataque sobre su aviación, hasta aniquilarla durante la pasada semana. También el ataque de las fuerzas aliadas habría aniquilado a numerosos civiles, a los que en principio pretendía proteger. Daños colaterales, según la jerga de los especialistas en Defensa. Tampoco estaban previstos por la Resolución 1973.

Quizá, visto lo visto, a estas alturas de la película, la OTAN tendría que limitarse a mantener una especie de guardería aérea que impidiera nuevas matanzas. Y dejar la guerra y los pozos de petróleo en manos de los libios. O, en cualquier caso, de los cascos azules.


Rebeldes libios celebran la captura de un tanque gubernamental en Bengazhi. (Anja Niedringhaus /AP)

La realidad imita a Hollywood. Cuando los insurgentes libios parecían acorralados por Sitting Bull, llega el Séptimo de Caballería para intentar impedir que mueran con las botas puestas o simplemente descalzos. Los insurgentes y los otros libios a los que ha cogido en medio del saloon el fuego cruzado entre el gunmen Gadafi y los cowboys del desierto.

El Consejo de Seguridad de la ONU –el mismo que suele hacerse el longuis cuando Israel masacra a la franja de Gaza– acordó impedir que el coronel libio haga otro tanto con su propio pueblo. Algo es algo. Justicia selectiva, pero justicia a fin de cuentas.

Tras largos debates y cuando todo parecía perdido para los rebeldes –una amalgama de gente cabreada con Gadafi, entre quienes figuraban demócratas de diverso cuño, gente corriente cansada de las excentricidades y abusos de su líder, monárquicos nostálgicos de un antiguo rey, islamistas a un cuarto de hora de la yihad, primos de Al Qaeda y cuñados de los intereses occidentales en la región–, Naciones Unidas acordó una resolución que autorizaba el uso de la fuerza militar justo cuando las fuerzas leales y los mercenarios contratados por el coronel que llegó al poder después de un golpe de Estado en 1969, estuviera a las puertas de Bengasi.

El insólito órdago de Naciones Unidas, plusmarquista en lavarse la mano como Pilatos, no arredró a Muamar, que por toda respuesta se dedicó a intentar conquistar Bengasi antes de que medio mundo le conquistase a él. La resolución de los quince miembros del Consejo de Seguridad incluye la célebre zona de excusión aérea que, por sí misma, hubiera sido una buena medida cautelar hace una semana, antes de que la aviación machacara al pueblo libio como ha venido ocurriendo sin que nadie moviera una ceja, mientras Silvio Berlusconi miraba la balanza de pagos de Italia con dicho país y mientras Nicolás Sarkozy tragaba saliva ante la acusación explícita de que Trípoli hubiera pagado su campaña electoral: más leña al fuego para la victoria de Jean Marie Le Pen en las próximas elecciones francesas previstas para otoño.

A la zona de exclusión, ha seguido un ataque multilateral aliado en el que España se ha brindado a participar y un dispositivo de OTAN, que aunque mantiene dudas sobre la zona de exclusión aérea por las presiones de Turquía fundamentalmente, apuesta abiertamente por el embargo naval contra Trípoli. Se trata, a grandes rasgos, de intentar poner contra las cuerdas a Gadafi antes de que Gadafi ahorque con esas mismas cuerdas a su propia gente. En la capital rebelde, los gritos de algarabía parecían desmentir la hipótesis de que se tratase de una injerencia no deseada por parte de la población insurgente.

¿Lo es? Nadie en su sano juicio podrá creer que eso que llamamos la comunidad internacional se alza en armas por la exclusiva defensa de los valores democráticos. Claro que existen otros intereses y no hay más que ver los gráficos sobre el potencial armamentístico en la región para descubrir que el verdadero sheriff del Mediterráneo sigue siendo Estados Unidos a pesar de que Milwakee no limite con el mar de Alborán.

Sin embargo, aquellos que nos opusimos a la guerra de bloques, y no nos gustaba ni la Alianza Atlántica ni el Pacto de Varsovia, sigue sin gustarnos el nuevo orden mundial basado en la exclusiva supremacía de uno de aquellos bandos, a pesar de que los bárbaros de Bin Laden acechen en el Ponto Euxino del Imperio. Dicho esto, ¿qué alternativas tenemos frente a la OTAN y sus socios, una organización de la que formamos parte desde hace ahora treinta años, aunque el referéndum correspondiente tuviera lugar un lustro después? Durante la guerra de los Balcanes, que en muchos de sus escenarios no fue una guerra sino una matanza, la acción militar de la OTAN puso punto final a una espiral de barbarie a las puertas europeas. Claro que ni Europa ni Estados Unidos eran angelitos caídos del cielo y no actuaban guiados en exclusiva por su compasión hacia las mujeres violadas y los niños torturados por un puñado de salvajes. Pero, ¿hubiéramos debido permitir acaso que, salvadas sean todas las distancias, el Tercer Reich se hiciera con el norte de Africa, sin que los aliados movieran un dedo por la simple razón de que estos tenían sobrados intereses colonialistas en esa misma región?

Dicho esto, Libia no deja de ser un negocio lucrativo que muchas manos se disputan: 1.600.000 barriles de petróleo diarios, un PIB que se aproxima a 76.557 mil millones de dólares, con incremento anual de 6,7%. Más exportaciones anuales por valor de 63.050 millones de dólares, que sumados a 11.500 millones en importaciones, suponen una balanza de pagos más que saneadas, con reservas anuales de 200.000 millones de dólares, con una ridícula deuda externa de 5.521 millones. A pesar de todo ello, también es justo decir que frente a un estrechísimo margen de analfabetismo apenas superior al 5 por ciento y con indicadores de salud relativamente aceptables, aún se registra un 30 por ciento de pobreza, lo que da cuenta de un mal reparto de la riqueza. Como en medio mundo, dicho sea de paso.

La OTAN, desde luego, no es la solución. Antes bien, forma parte del problema, aunque esté bien que ahora venga a meterle las cabras en el corral a ese loco peligroso de Gadafi. Pero, ¿por qué no hace lo mismo con los psicópatas de Jerusalén? ¿Por qué tampoco Naciones Unidas actúa de la misma forma? La respuesta es sencilla: resulta a veces imposible hacer encaje de bolillos con su consejo de seguridad.

Hay una diferencia, la OTAN es prescindible e incluso nuestros militaristas entienden que Europa debería tener su propio aparato defensivo, aquella Unión Europea Occidental (UEO), que se apurgara en el baúl de los recuerdos. Policía bueno, policía malo, policía al fin de de cuentas.

Sin embargo, la ONU es nuestro último clavo ardiendo. Sin dicha organización, el caso estaría servido y el mundo sería la ley de la selva sin ningún tipo de mínimas cortapisas. Todos sabemos que en dicho contexto, siempre gana el más fuerte. La auténtica batalla –y la más difícil– estriba en democratizar la ONU e intentar presionar para que su Consejo de Seguridad no constituya un cepo para la voluntad libertaria de los seres humanos que, de vez en cuando y sin que sirva de precedente, no se muestran dispuestos a seguir aguantando que les pisen el cuello. Ni los sioux ni el gran padre blanco.