Fronteras – Juan José Téllez

(AP)

León Paneta se estrenó como secretario de defensa de la OTAN, el pasado miércoles, anunciando a bombo y platillo que España se sumaba al escudo antimisiles que  presuntamente tiene como objetivo la defensa occidental ante un posible ataque de Irán o de Corea. Si es que su objetivo real no es, precisamente, el de atacar a Corea o a Irán, con las espaldas cubiertas.

El famoso escudo es una vieja aventura para fomentar la industria armamentística que la Administración Bush se sacó de la manga en el año 2000, recreando la guerra de las galaxias de Ronald Reagan. Los atentados del 11-S y la operación Justicia Duradera contra Afganistán provocaron que este formidable negocio para transnacionales como Lockeed se ralentizara a favor del trasiego de armas convencionales y de todo tipo que las sucesivas ofensivas contra Kabul y Bagdad fueron exigiendo. Sin embargo, Barack Obama relanzó este programa con la instalación de escudos antimisiles terrestres  en Polonia y Chekia o sobre soporte marino en el mar de China. Leer más


Rebeldes libios celebran la captura de un tanque gubernamental en Bengazhi. (Anja Niedringhaus /AP)

La realidad imita a Hollywood. Cuando los insurgentes libios parecían acorralados por Sitting Bull, llega el Séptimo de Caballería para intentar impedir que mueran con las botas puestas o simplemente descalzos. Los insurgentes y los otros libios a los que ha cogido en medio del saloon el fuego cruzado entre el gunmen Gadafi y los cowboys del desierto.

El Consejo de Seguridad de la ONU –el mismo que suele hacerse el longuis cuando Israel masacra a la franja de Gaza– acordó impedir que el coronel libio haga otro tanto con su propio pueblo. Algo es algo. Justicia selectiva, pero justicia a fin de cuentas.

Tras largos debates y cuando todo parecía perdido para los rebeldes –una amalgama de gente cabreada con Gadafi, entre quienes figuraban demócratas de diverso cuño, gente corriente cansada de las excentricidades y abusos de su líder, monárquicos nostálgicos de un antiguo rey, islamistas a un cuarto de hora de la yihad, primos de Al Qaeda y cuñados de los intereses occidentales en la región–, Naciones Unidas acordó una resolución que autorizaba el uso de la fuerza militar justo cuando las fuerzas leales y los mercenarios contratados por el coronel que llegó al poder después de un golpe de Estado en 1969, estuviera a las puertas de Bengasi.

El insólito órdago de Naciones Unidas, plusmarquista en lavarse la mano como Pilatos, no arredró a Muamar, que por toda respuesta se dedicó a intentar conquistar Bengasi antes de que medio mundo le conquistase a él. La resolución de los quince miembros del Consejo de Seguridad incluye la célebre zona de excusión aérea que, por sí misma, hubiera sido una buena medida cautelar hace una semana, antes de que la aviación machacara al pueblo libio como ha venido ocurriendo sin que nadie moviera una ceja, mientras Silvio Berlusconi miraba la balanza de pagos de Italia con dicho país y mientras Nicolás Sarkozy tragaba saliva ante la acusación explícita de que Trípoli hubiera pagado su campaña electoral: más leña al fuego para la victoria de Jean Marie Le Pen en las próximas elecciones francesas previstas para otoño.

A la zona de exclusión, ha seguido un ataque multilateral aliado en el que España se ha brindado a participar y un dispositivo de OTAN, que aunque mantiene dudas sobre la zona de exclusión aérea por las presiones de Turquía fundamentalmente, apuesta abiertamente por el embargo naval contra Trípoli. Se trata, a grandes rasgos, de intentar poner contra las cuerdas a Gadafi antes de que Gadafi ahorque con esas mismas cuerdas a su propia gente. En la capital rebelde, los gritos de algarabía parecían desmentir la hipótesis de que se tratase de una injerencia no deseada por parte de la población insurgente.

¿Lo es? Nadie en su sano juicio podrá creer que eso que llamamos la comunidad internacional se alza en armas por la exclusiva defensa de los valores democráticos. Claro que existen otros intereses y no hay más que ver los gráficos sobre el potencial armamentístico en la región para descubrir que el verdadero sheriff del Mediterráneo sigue siendo Estados Unidos a pesar de que Milwakee no limite con el mar de Alborán.

Sin embargo, aquellos que nos opusimos a la guerra de bloques, y no nos gustaba ni la Alianza Atlántica ni el Pacto de Varsovia, sigue sin gustarnos el nuevo orden mundial basado en la exclusiva supremacía de uno de aquellos bandos, a pesar de que los bárbaros de Bin Laden acechen en el Ponto Euxino del Imperio. Dicho esto, ¿qué alternativas tenemos frente a la OTAN y sus socios, una organización de la que formamos parte desde hace ahora treinta años, aunque el referéndum correspondiente tuviera lugar un lustro después? Durante la guerra de los Balcanes, que en muchos de sus escenarios no fue una guerra sino una matanza, la acción militar de la OTAN puso punto final a una espiral de barbarie a las puertas europeas. Claro que ni Europa ni Estados Unidos eran angelitos caídos del cielo y no actuaban guiados en exclusiva por su compasión hacia las mujeres violadas y los niños torturados por un puñado de salvajes. Pero, ¿hubiéramos debido permitir acaso que, salvadas sean todas las distancias, el Tercer Reich se hiciera con el norte de Africa, sin que los aliados movieran un dedo por la simple razón de que estos tenían sobrados intereses colonialistas en esa misma región?

Dicho esto, Libia no deja de ser un negocio lucrativo que muchas manos se disputan: 1.600.000 barriles de petróleo diarios, un PIB que se aproxima a 76.557 mil millones de dólares, con incremento anual de 6,7%. Más exportaciones anuales por valor de 63.050 millones de dólares, que sumados a 11.500 millones en importaciones, suponen una balanza de pagos más que saneadas, con reservas anuales de 200.000 millones de dólares, con una ridícula deuda externa de 5.521 millones. A pesar de todo ello, también es justo decir que frente a un estrechísimo margen de analfabetismo apenas superior al 5 por ciento y con indicadores de salud relativamente aceptables, aún se registra un 30 por ciento de pobreza, lo que da cuenta de un mal reparto de la riqueza. Como en medio mundo, dicho sea de paso.

La OTAN, desde luego, no es la solución. Antes bien, forma parte del problema, aunque esté bien que ahora venga a meterle las cabras en el corral a ese loco peligroso de Gadafi. Pero, ¿por qué no hace lo mismo con los psicópatas de Jerusalén? ¿Por qué tampoco Naciones Unidas actúa de la misma forma? La respuesta es sencilla: resulta a veces imposible hacer encaje de bolillos con su consejo de seguridad.

Hay una diferencia, la OTAN es prescindible e incluso nuestros militaristas entienden que Europa debería tener su propio aparato defensivo, aquella Unión Europea Occidental (UEO), que se apurgara en el baúl de los recuerdos. Policía bueno, policía malo, policía al fin de de cuentas.

Sin embargo, la ONU es nuestro último clavo ardiendo. Sin dicha organización, el caso estaría servido y el mundo sería la ley de la selva sin ningún tipo de mínimas cortapisas. Todos sabemos que en dicho contexto, siempre gana el más fuerte. La auténtica batalla –y la más difícil– estriba en democratizar la ONU e intentar presionar para que su Consejo de Seguridad no constituya un cepo para la voluntad libertaria de los seres humanos que, de vez en cuando y sin que sirva de precedente, no se muestran dispuestos a seguir aguantando que les pisen el cuello. Ni los sioux ni el gran padre blanco.


A lo largo del mes de noviembre, la Península Ibérica vivirá una serie de movilizaciones contra la OTAN, con motivo de la cumbre de dicha organización que tendrá lugar en Lisboa los próximos días 19 y 20. Con posterioridad, la Base de Morón utilizada habitualmente por la aviación militar de los Estados Unidos será escenario de otra movilización, poco después de que ya se haya cerrado con la administración norteamericana un Expediente de Regulación de Empleo que afectará a más de 170 empleados civiles.

En dicho contexto, el pasado domingo día 7 de noviembre, se celebró la Marcha a Rota, que alcanzó su vigésimo quinta edición y que reclama el desmantelamiento de este tipo de instalaciones. A su término, una comitiva se aproximó a la entrada del gigantesco acuartelamiento aeronaval para hacerle entrega del discurso que había sido leído al fin de aquella manifestación que reunió a más de dos mil personas.

Al otro lado del filtro lateral de la Base, el cabo educadísimo no daba crédito. En vez de encontrarse con la caricatura del pacifismo estereotipado, se dio de bruces con Nieves García Benito, una escritora que se le identificó con las siguientes palabras: “Mi hijo rescataba gente en el mar y murió por ello. Hay muchas formas de servir a un país construyendo la paz”, evocó a su hijo, un geógrafo que figuró entre los tripulantes de un helicóptero de Salvamento Marítimo fatalmente accidentado en aguas de Almería durante el pasado mes de enero. Miró a los ojos al soldado y le pidió que le prometiera que entregaría el documento a la máxima autoridad de la Base. El no sólo le dijo que si, sino que le dio el pésame.

La marcha a Rota, sin embargo, vino a coincidir con llegada a las dársenas del buque Juan Carlos I y con la despedida del Almirante Jefe de la Base Naval, el contralmirante José María Pelluz Alcantud, que no se retira por la presión de los pacifistas sino que, sencillamente, pasa a la reserva.

Antes, también desde la tribuna, tuve ocasión de leer las palabras que siguen:

Porque no queremos que la muerte armada sea el horizonte cotidiano de nuestra casa.

Porque no queremos que sobre nuestros sueños vuelen aviones cargados de presos secretos hacia las mazmorras sin ley donde se tortura a los derechos humanos.

Porque tampoco deseamos que la metralla que aniquila poblaciones civiles de lugares remotos viaje sobre las alas que anidan junto a nuestro playa o naveguen a bordo de tiburones de metal a los que hemos dado asilo en nuestras aguas.

Porque no deseamos ser cómplices ni vecinos de esa forma de terror que lleva puesto el pasamontañas de la guerra.

Por eso estamos aquí y por eso estuvimos más de veinticuatro veces antes. Armados de razón y desarmados de ira. Armados de paciencia y heridos de rabia. Muertos de miedo y muertos de vergüenza.

Emprendimos esta larga marcha a favor de la vida y en contra de la eterna edad de los metales, cuando el mundo se dividía en bloques y los imperios repartían su ambición de poder hasta que el más fuerte, el de los becerros de oro y el crimen de la opulencia, derribó telones de acero y banderas de revoluciones cansadas.

Por el camino, hubo quemaduras de NAPALM y aldeas destrozadas, tiranos alimentados por dólares o rublos, compraventa de armas y de esclavos, pequeñas ofensivas que provocaban grandes desastres fieramente humanos.

Fue entonces cuando Estados Unidos, en lugar del Plan Marshall que reconstruía a Europa, le compró al salvador de España un puñado de tierras en distintos confines de la Península para izar la bandera de las barras y estrellas sobre un país que ya era un largo valle de lágrimas.

Fue entonces cuando nos metieron en la OTAN, ya en plena democracia según dicen, sin aguiluchos sobre los estandartes pero con los buitres de siempre rondando desde mucho tiempo atrás esta antigua encrucijada de camino a la que llamamos Península Ibérica, que ojalá se convirtiera desde Lisboa a Morón, durante este mes de noviembre, en aquella balsa de piedra que soñó José Saramago, quien ya no puede acompañarnos en la aventura de echar a nadar nuestros mejores sueños.

Y fue entonces también, veinticinco marchas atrás, cuando empezamos a acudir hasta las puertas de la base, ya tocase elecciones o intentos de golpes de Estado, ya prometiesen el cambio o el así sí de la entrada en la Alianza Atlántica.

Nos dijeron por aquellos tiempos que España se desnuclearizaría. Ahora, veinticinco marchas después, seguimos sin saber qué ingenios nucleares cruzan nuestro aire o arriban a estos puertos. Ahora, veinticinco años después, los mismos que pregonaban que habríamos de estar en la OTAN para fabricar la paz, nos quieren hacer creer que la energía nuclear es la más segura de todas las energías.

Nos dijeron entonces que España no entraría en la estructura militar de la OTAN. Habríamos de preguntarnos entonces, por ejemplo, qué hace España y sus soldados en aquella Afganistán en donde en otros momentos Estados Unidos le pagaba a Bin Laden para hacerle la guerra a la Unión Soviética.

Nos ofrecieron promesas como los conquistadores brindan baratijas. Y lo siguieron haciendo con el correr de los años, cuando desde Torrejón y Zaragoza, desde Rota y Morón o Gibraltar, bajo bandera del Reino Unido, se apuntaban las miras telescópicas de las guerras de las galaxias contra Libia o contra Irak, o contra cualquiera que se moviese, fuese un déspota o no lo fuese, de la foto fija del pensamiento único y de la avaricia diversa.

Cambiaban los mapas y cambiaban los bandos, pero nosotros sabemos, veinticinco marchas después, que los arsenales siguen siendo parecidos, sólo que han ido fabricando nuevas y más sofisticadas máquinas para el asesinato colectivo y que han ido perfeccionando sus discursos.

Ahora hablan de exportar democracia en la punta de las bayonetas, cuando tan sólo pretenden exportar negociantes y transnacionales, bancos opulentos que nos arrodillan en la pobreza y que para obtener dividendos no tienen en cuenta los humildes daños colaterales que sufren aquellos que ya no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega.

Ahora, hablan de proteger a la mujer como ocurrió en Afganistán, pero diez años después del inicio de aquella contienda con el beneplácito de las Naciones Unidas y tras los atentados del 11 de septiembre, la mujer sigue siendo un blanco fácil, no sólo de las fuerzas de ocupación o de la guerrilla de los talibán, sino en la vida cotidiana, machacadas por tirios y troyanos, humilladas por propios e invasores.

Ahora, hablan de choque de civilizaciones entre el cristianismo y el Islam. ¿Qué podemos hacer entonces aquellos que no comulgamos con ruedas de molino ni creemos que la media luna sea un alfanje ni utilizamos a Yavhé para aniquilar palestinos? ¿Qué tipo de civilización puede creer que para preparar la paz haya que prepararse para la guerra?

A lo largo de veinticinco marchas, hemos venido hasta aquí acompañados por Rafael Alberti o por John Lennon, aunque también lo hemos hecho en otras ocasiones, cuando pensábamos que estaba seriamente en riesgo todo aquello que dicen defender quienes amartillan la pistola de la desconfianza frente a la desnudez del ser humano.

Ahora, volvemos a hacerlo, en un tiempo raramente nuevo, en el que las guerras también se libran sobre el parquet de las bolsas y en las colas del paro, cuando los tanques tienen a veces forma de consejos de administración y en una trinchera o en otra, siempre caen los mismos, los sin nada, los sin vida.

Y cuando ya sabemos y muchos que no lo sabían ya lo saben, que en las bases no amarran los perros con longanizas, y se niegan incluso a negociar convenios con los trabajadores civiles, España debería al menos negarse a negociar el próximo convenio bilateral con Estados Unidos, darle el mismo trato que da el Tío Sam a sus propios empleados.

O cuando se pone sobre el tapete un Expediente de Regulación de Empleo en la Base de Morón, nuestros gobernantes quizá debieran proponer un expediente de regulación de empleo contra sus C-17 Globemaster III o sus Eurofighter Typhoon, para que el supermán del miedo monte sus bases en la Casa Blanca o a la vera del número 10 de Downing Street.

Pero que nadie se engañe. No sólo Estados Unidos y Gran Bretaña son los dueños del Estrecho de Gibraltar ni son los únicos que dejan morir a los ocupantes de una patera frente a estas costas o los que reparan un submarino nuclear a riesgo de una población de miles de personas que ignoran sencillamente qué pueden hacer cuando la radiación llame al timbre de sus casas.

España también es cómplice de esa espiral de tinieblas, de esa violencia que arroja excelente resultados en la balanza de pagos, porque seguimos exportando armas hacia lugares a menudo sin libertad donde la metralla busca cuerpos culpables o inocentes. Y porque, como aquella dictadura que arrendaba su patria al mejor postor, seguimos ofreciendo nuestras pistas de aterrizaje y nuestros muelles a quienes dictan a mano armada una ley basada en los intereses de los mercados y no en la soberanía de los pueblos.

Por eso, desde hace veinticinco marchas, estamos aquí. Y lo seguiremos estando, a veces a puñados y otras en muchedumbre. La paz no se logra en un día pero si no se logra algún día es que el género humano no tendrá sentido.